Y ocurrió que, en uno de aquellos días, Ermo no pudo acudir a la cita por hallarse con cólico. Viendo a los hombres apostados en el altar, mustios y silenciosos, el clérigo de misa se puso frente a ellos, obedeciendo a lo que después calificaría de inspiración divina. Uno y otros permanecieron, frente afrente, mirándose largo rato, y entonces el clérigo de misa recordó que llevaba encima una pequeña bota llena de txakolí, y la sacó de su faltriquera y llenó los cuencos que, desde hacía un siglo, nunca faltaban sobre el Mostrador; los hombres de Getxo bebieron gravemente, sin dejar de mirar al clérigo de misa, y de pronto uno llamado Esne le dijo señalándole el pecho:
– Me duele aquí.
– La mala conciencia -se apresuró a vaticinar el clérigo de misa, llenándole por segunda vez el cuenco.
– No sé lo que me pasa -añadió Esne.
– Ya te digo yo lo que te pasa -dijo el clérigo de misa-. Cuéntame, hijo mío, cuéntame. Suelta tu sapo.
Se arrancó Esne con un discurso a chorro lento, y si se paraba el clérigo de misa le pedía: «Adelante, hijo mío, adelante. Suelta todo el sapo», y más txakolí al cuenco. Al cabo, Esne se había vaciado y el de negro le absolvía.
Como Ermo no acababa de llegar, el resto del grupo se fue desahogando con el clérigo de misa, bien de uno en uno, de dos en dos, e incluso de doce en doce, es decir, a coro, hablando todos a la vez, y al clérigo de misa le resultaba muy difícil recoger lo de cada uno. Observó que la confesión era más profunda a medida que en su bota descendía el nivel del txakolí. Les dio la absolución en grupo.
Al día siguiente, ya con Ermo en el Mostrador, los hombres de Getxo volvieron a él. En un extremo, solo y encogido, el clérigo de misa rumiaba, añorante, su mezquina victoria de la víspera. Después, entre quiero y no quiero, fue resbalando a lo largo del Mostrador hacia la tentadora tertulia centrada en Ermo; tomó un cuenco y bebió, como todos, y al instante se sintió uno más del grupo estruendoso. Hasta entonces, siempre había defendido a su dios con palabra mesurada; a lo más, con sermones apasionados; pero el hacerlo a gritos y contra adversarios que gritaban más que él y se atrevían a enfrentar a simples hombres -a unos tales Etxe y Larreko- contra Dios, y, lo que era más increíble, a apostar por esos miserables mortales contra Dios, sonaba a reto herético por demás excitante. Se sumergió en la discusión hasta el agotamiento, él y el de Murua contra todos, y apostando con los bienes del Murua, porque él no los tenía. Luego, el exceso de txakolí trincado trajo la segunda fase, la de las tartamudeantes confidencias a media voz, y aquí sí que se sintió más en su terreno el clérigo de misa, atreviéndose a soñar que la confesión cristiana había conquistado la tertulia; para que la ilusión fuese más real, se pegó, codo con codo, a Ermo, y así las palabras dolientes de los solitarios desamparados parecían llover sobre ambos por igual, y si el clérigo de misa cerraba los ojos podía imaginarse el único confesor. Antes de la desbandada, procedió a una absolución general.
La confraternidad recién nacida -o, más bien, el babel reinante en la tertulia- hizo que sólo una semana después tres hombres de Getxo pidieran al clérigo de misa confesión.