Fue entonces cuando las apuestas arreciaron, tanto a favor de uno como de otro. El clérigo de misa no pudo creer lo que leyó en los ojos del señor de Getxo.
– No es justo -dijo-. Yo soy un hombre de Dios y tú apenas le conoces.
– Estoy levantando una construcción propia sobre una tierra propia -dijo Jaunsolo.
– Yo te hablo del espíritu y tú me hablas de la materia -dijo el clérigo de misa-. La ermita ha de ser espíritu y. no materia.
– Te llamaré para que la bendigas -dijo Jaunsolo-. Te nombraré misero de mi ermita.
Así, pues, ya que el señor de Getxo se quedaba con todo, incluidos los diezmos, el clérigo de misa intentó salvar, al menos, el altar, y fue cuando empezó a poner a sus confesantes aquellas penitencias consistentes en apostar por Dios, en un desesperado intento de que los 47 de los 48 ancianos, cediendo a la voluntad mayoritaria de su tribu, expresada en las apuestas, sentenciaran que el altar no pertenecía a Etxe ni a Larreko, sino a Dios.
Creció la expectación en la pequeña muchedumbre al advertir cómo Ermo y los suyos daban por terminados los cimientos y asentaban sobre ellos la primera hilera de los muros. El señor de Getxo comprendió que no podía demorar más el enfrentarse abiertamente al problema.
– ¿A qué esperas para sacar el altar de tu recinto? -preguntó a Ermo.
– ¿Sacarlo? -repitió Ermo, sin interrumpir su trabajo, sin mirarle siquiera.
El señor de Getxo ordenó a sus escuderos trajeran un gran pellejo de txakolí y lo vació entre la pequeña muchedumbre, y luego pidió a todos que se sentaran en el suelo. Era mediodía y estuvieron platicando hasta el anochecer. Pero fue una reunión plácida, sin estridencias, ni siquiera por parte del Jaunsolo, como si admitiera de antemano la inutilidad de su esfuerzo. Se trataba, dijo, de hacer de la ermita de Getxo la mejor ermita del mundo, de abrillantarla con la mejor joya, aquel altar de San Pedro. La pequeña muchedumbre cambió de postura, inquieta. Prosiguió el señor de Getxo: «Ya es hora de que alguien ponga fin a nuestro viejo rompecabezas del Mostrador, que ya huele». Aquí la pequeña muchedumbre contuvo el aliento, indignada, diciéndose que el Jaunsolo se había excedido, que no podía pensar así.
– Basta ya de preguntarnos si la Mesa pertenece a Etxe o a Larreko -proclamó el señor de Getxo-. ¡Basta ya de perder nuestro tiempo apostando por uno o por otro! ¡Con la solución que yo os traigo la Mesa será de todos, todos usaremos en nuestra ermita el altar de San Pedro!
La pequeña muchedumbre no abrió la boca. Jaunsolo vertió su argumento definitivo:
– ¡Y la Mesa será de los vascos para siempre!
En general, a la pequeña muchedumbre le sonaron bien aquellas palabras. Sin embargo, ya en aquel tiempo, había algunos ejemplares de vascos que exigían más precisión en lo referente a bienes o dominios particulares tenidos por orgullo de todos los vascos.
– ¿Quién se quedará con las ofrendas que la gente entregue en la ermita con el mejor altar del mundo? -preguntaron estos pocos.
– Tales cosas ya no se llamarán ofrendas, como hasta ahora entre nosotros, sino diezmos -aclaró el señor de Getxo.
– ¿Quién se quedará con los diezmos? -insistieron los mismos.
– Pero ¿no os dais cuenta de que la Mesa no pasará a manos de un extranjero, sino del pueblo vasco? -recordó Jaunsolo.
– La ermita será del señor de Getxo, ¿sí o no? -cercaron los pocos.
Pareció que al Jaunsolo se le caía aún más su hombro caído.
– Sí -gruñó.
– Y el amo de la ermita se quedará con las ofren… con los diezmos.
– Sí.
– Y la Mesa quedará dentro de la ermita, cuya llave guardará el señor de Getxo.