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Dos siglos más y la iglesia, el templo cristiano, construido a un tiro de piedra de la ermita, sobre una leve colina y sobre una comunidad vasca ya ganada para lo nuevo, pero todavía fiel al tiempo en que el Catafalco apareció en la playa: tres siglos dándole vueltas a Etxe y a Larreko, sin haber llegado todavía a nada, ni tampoco los 47 de los 48 Fundadores; ahora, en el marco de una Venta sobre la que Ermo había levantado un piso y vivía en él con su familia, y ante un Mostrador del que habrán desaparecido las clavijas hundidas por Larreko en la dura madera a golpes de porra -y ni siquiera esta renuncia a toda posibilidad de que otros bueyes repitieran la odisea de los bueyes de Larreko, primero en la playa y luego en la Campa del Roble, ni siquiera esto movió a los clientes de La Venta a olvidarse de una maldita vez del asunto-, aunque no sus agujeros, cuya continuidad intacta se determinó por votación un sábado a una hora en que casi había pasado a ser domingo, y dentro del alboroto de las apuestas previas consiguientes: en su día, aquellos agujeros servirían para meter en ellos las curvas empuñaduras de los paraguas y así tener las manos libres para coger los vasos o descargar puñadas contra el Mostrador. La iglesia, el templo, irremediables, pero también un pueblo que no olvidaba: «Bai, bai, todo lo que queráis, pero… ¡cuidado, ¿eh?!… porque La Venta fue antes incluso que la ermita». Y la otra persistencia: la cháchara, el debate, el tira y afloja arrastrado a lo largo de siglos ante el Mostrador, sobreviviendo a edades y cataclismos, en un épico y vano gesto interminable de reproducir las voces de un pasado inútil que son parte de una identidad amenazada: de quién es la Madera, de Etxe, por haberla visto el primero en la playa, o de Larreko, por haberla subido con sus bueyes hasta la Campa del Roble…

Se los imaginaron cruzando la noche sin dirigirse la palabra, ni siquiera frases convencionales -ninguno de los dos acusaría la tensión del espacio muerto entre ambos-, de modo que cuando mi tío comunicó a su familia que se tenía que casar con Madia o Magda, el pueblo se preguntó si también lo habrían conseguido hacer sin palabras.

Nadie se lo acababa de creer, entre otras razones porque en los dos o tres meses siguientes no se observó ninguna anormalidad en el cuerpo de la muchacha. «Ella anda detrás de todo esto», fue el criterio que se implantó. No era preciso ser muy lince para sospecharlo. Cuando aún nadie se creía del todo lo del embarazo, la simple posibilidad de que hubiera podido sobrevenir convertía a aquellos paseos nocturnos en una trama maquiavélica urdida por Ella. Y entonces es cuando las cosas empezaron a encajar. El pueblo recuperó el sosiego que ignoraba hubiese perdido, al disponer de una explicación redonda a los continuos viajes de Madia o Magda en el último tranvía, cuya razón, por no molestarse en buscar otra, se depositara en el casillero general de las incógnitas de ellas.

El propio asombro retrasó la indignación. «Está haciendo colección de Altubes», se decía. «Un tiro tan bueno como el anterior», aseguraban los cazadores en La Venta. Se palpó una especie de fatalismo: de nada le había valido a mi tío Roque librarse de la minera, pues siete años después caía con otra maketa; y hubo unanimidad en suponer que, en vez de Madia o Magda, habría sido Ella, de no encontrarse ya casada con Santiago.

– ¿Qué vendavales de venganza levantaba en esa mujer el sonido Altube? -decía don Manuel-. ¿Por qué ese ensañamiento?

– Hambre, o quizá, ya, ambición -le replicaba yo-, y mera oportunidad de satisfacerlos. No empezó por Altubes sino por Baskardos: Efrén es Baskardo. Y no fueron Baskardos y Altubes, u otros nombres nuestros, de nuestro pueblo, es decir, no fue nuestro pueblo al que le correspondió la maldición de ser elegido por ellas, o por Ella, sino que ocurrió por mero accidente, e incluso podría decirse que no ocurrió… Getxo es un territorio de cazadores: ¿piensan aquellas dos palomas, padre e hijo, incluso con apellido familiar concreto, y aquellos dos tordos, incluso con apellido familiar concreto, que han sido abatidos no por los disparos ciegos de un irresponsable cazador dominguero sino por uno infernal que perseguía, justamente, sus apellidos, por haberlo dejado así escrito el dios Linneo en su Biblia animal? Ocurrió, sencillamente; es decir, no ocurrió.

Pero, sí, era demasiado para que don Manuel lo aceptara. Se trataba del segundo despojo de Altubena en siete años. Me atrevía a apuntar: «Quizá nos equivoquemos y en aquella segunda vez…». «En aquella segunda romería», me cortaba él. Y yo: «Hay elementos para pensar que hubo algo de…, sí, ¿por qué no?…, amor». «¿Amor? ¿Amor?», exclamaba él, con los tres surcos horizontales en la frente. «Sí, de acuerdo», tenía que admitir yo, «las dos bodas trajeron el mismo despojo, pero en la segunda alguien la dulcificó con una luz inesperada… Está bien, está bien, quizá no por mucho tiempo… ¿Un año?… Pues un año: desde que el matrimonio eligió Altubena por residencia hasta que Ella se impuso a Madia o Magda y la obligó…, ¿cómo la obligó?…, a salir de allí para siempre para vivir en el palacio árabe, con lo que el traslado entrañaba de abandono de la primogenitura y la venta a su hermano, mi padre, es decir, el segundo despojo… Así fue, nada que alegar… Pero tanta sordidez fue levemente redimida por algo insólito, viniendo de ellas, incluso viniendo de Madia o Magda… Y no se trató sólo de un año: ¿acaso no cuentan los meses precedentes de viajes en tranvía y paseos nocturnos? Allí había una mujer enamorada…» «¿Enamorada? ¿Enamorada?», casi gemía don Manuel. Seguramente, cuando Ella comunicó a su…, bueno, a Madia o Magda su plan, la muchacha aún no habría visto nunca a mi tío Roque, o pocas veces: vivían los dos en San Baskardo, no muy lejos el uno del otro, aunque era como si pertenecieran a galaxias distintas. Por aquel tiempo la playa de Arrigúnaga no era, aún, el escenario aglutinador de edades y clases, excepto, quizá, en las grandes bajamares, cuando los habitantes de los contornos las aprovechaban para pescar en las peñas. Mi tío era un excelente pescador de pulpos y eskarras, podía caminar por las peñas con los ojos cerrados hasta los últimos confines de la bajamar. Oí decir a los abuelos que, en los años anteriores a su boda con Madia o Magda, pasaba no pocas noches en la playa; un día, el abuelo le siguió y le sorprendió bañándose desnudo. Madia o Magda no sólo no pisaba la playa, sino que apenas salía del palacio árabe. Al pueblo le costaba imaginárselas fuera de esa guarida, se había acostumbrado a asombrarse cuando aparecían fugazmente en cualquier otro punto del territorio que nunca las consideró suyas, ni ellas lo pretendieron. Es muy probable, pues, que mi tío no hubiera visto nunca a Madia o Magda antes de tenerla sentada en el tranvía, a su espalda. Aunque no le prestaría demasiada atención, no aprovecharía las ocasiones que ella le brindó volviendo al día siguiente, y al otro, y al otro. El pensamiento de mi tío estaba por entonces en otra parte, en otra persona, en otro drama. Sin embargo, la vio; al menos advertiría su bulto ocupando un asiento, y su mirada resbalaría con desgana por la figurita -esta vez sin el luto riguroso- que, posiblemente, no dejaba de mirarle a él; siquiera permitiendo que ella ocupara el ámbito de sus ojos por una fracción de segundo. Por fuerza, las versiones que han quedado han de diferir entre sí más de lo esperable en estos casos, toda vez que no arrancaron de hechos contemplados por la gente, sino intuidos. Por ejemplo, nadie pudo saber en qué momento empezó Madia o Magda a enamorarse de mi tío -según la versión que yo comparto-, no sólo porque nadie oyó de labios de ella una confidencia semejante, sino porque nadie se la podía imaginar haciéndola, con lo que se descartaba el lo sé por alguien a quien se lo dijo una persona que se lo oyó a la mismísima interesada. No sé con certeza si estuvo enamorada, ni si existieron entre ellas tensiones por tal motivo, pues cuanto pueda yo decir ahora procede de meras sospechas, de interpretaciones absolutamente personales de lo escuchado a segundos o terceros.