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El hecho escueto fue una muchacha, de unos veinte años, frecuentando un tranvía cuyo conductor era un bien plantado muchacho de veintisiete; y provocando unos paseos nocturnos a solas con él. ¿Lo hizo por propio impulso de amor u obedeció a una treta fríamente elaborada? Si fue eso, el amor vino después. En cualquier caso, Ella se salió con la suya: aquello acabó en boda. Pero, antes o después, hubo amor. «¿Llamas amor a lo que hizo Madia o Magda con él?», exclamaba don Manuel. «¿Qué nombre tiene el sacrificio de un marido consentido por la esposa?» Y yo: «Tardó un año. Es decir, resistió un año. ¿Por qué todo un año, cuando habría bastado una convencional ocupación de Altubena de dos o cuatro semanas para cubrir el expediente de tomar la primogenitura antes de venderlo? Mantuvo a su marido en su mundo un tiempo innecesario, lo prolongó cuanto le fue posible. Es decir, se rebeló contra Ella. Hubo amor». No, no se conocerían cuando Madia o Magda subió al tranvía por primera vez sin el luto que llevaba desde su aparición en Getxo, aun siendo una niña; con su vestido a rayas de dos colores discretos y su sombrerito gris, ofreció una imagen nueva: exactamente la buscada por ellas para atraer la atención de mi tío. Habría sido Ella no sólo la inspiradora de la conjura sino de sus detalles, y al vivir el cambio de atuendo e imagen es posible que Madia o Magda descubriera que ella era, después de todo, una mujer, y que mi tío era no sólo un objetivo sino un hombre, y no cualquier hombre, sino, justamente, el que acabaría siendo su marido; de ahí a pensar que era el elegido para ella por otro destino superior sólo había un paso. La pobre muchacha viviría una recuperación de sus propios sentimientos vírgenes, liberada por primera vez de los indiscutibles sentimientos de su pariente o lo que fuera -con la que, hasta entonces, había compuesto un solo ser desesperado-, y no resulta difícil imaginársela dirigiéndose por primera vez al tranvía como una novia de blanco avanzando hacia el altar.

Bien fuera flechazo o enamoramiento gradual, ni ella ni nadie marcó el ritmo de las etapas siguientes. Hasta podría decirse que no hubo etapas: una inoperante proximidad de la que mi tío estaba ausente y a la que Madia o Magda se resignaba por timidez o falta de hábito no sólo en cuestiones de amor sino en cualquier cuestión humana al margen de la castradora supeditación a Ella; una joven de veinte años que, de pronto, descubre que en la vida existía algo más que los designios de la otra mujer; unos ojitos que no acertaban a desprenderse de su inveterada expresión de reto y defensa tratando de mirar la vigorosa espalda del tranviario, la maravillosa revelación de aquella carne inimaginable y desconocida oculta bajo el tosco uniforme que mi tío no podía abrochar en cuello y torso, por impedírselo sus medidas; extasiándose -desde el principio o a partir de algún momento- con la presentida apoteosis amorosa que sobrevendría sin remedio. De modo que resulta sensato suponer que, a partir del advenimiento del amor, Madia o Magda empezaría a compadecerse de mi tío, sabiéndole sentenciado a vender Altubena y, sobre todo, a sufrirla a ella por esposa: se adentraría con pavor por aquel mundo impensado, actuando por primera vez fuera de la concha inexpugnable que, hasta entonces, compartió con Ella, desnuda e indefensa, ignorante de los códigos que regían en el nuevo territorio. Se contemplaría mil veces en el espejo, avergonzándose por primera vez de su insuficiente cuerpecillo, de su rostro sin gracia; se palparía, quizá, con rabia de arriba abajo y, olvidando la predestinación, padecería el drama del amor imposible. Cabe el que planteara abiertamente su decisión de no seguir adelante: algo tan herético que Ella ni siquiera necesitaría mucho esfuerzo para devolverla a la razón. Para entonces la pareja ya tendría en su haber los suficientes paseos nocturnos no sólo para que Madia o Magda estuviera convencida de sus sentimientos hacia mi tío, sino para que se hubiera producido algún tipo de comunicación entre ellos. ¿Cómo empezarían? ¿Quién? Hasta mi tío saldría de sí mismo para entender que ella, fuera del tranvía, dejaba de ser una pasajera, en cuyo caso se enfrentaba a dos opciones: dedicarle un trato no profesional o desentenderse de la que había dejado de ser una obligación. Sospecho que mi tío ni siquiera se amparó en esto: simplemente, echaría a andar, mecánicamente, sin ver a la figurita que le esperaba, inmóvil, al final de los raíles; quizá habiéndola mirado un momento antes, pero sin verla del todo, porque, después de catorce horas atado a los mandos del vehículo, centrado en no atropellar a la gente, quedaba libre para seguir meditando sobre su soledad y la nunca comprendida traición de Altubena y su mundo. De modo que pudo ocurrir que mi tío ni siquiera notara la presencia a su lado de la muchacha; sobre todo en las primeras noches; y no a su lado, sino detrás: una Madia o Magda asustada, pisando sin ruido, ahogando la respiración forzada por las largas zancadas de mi tío, iniciando cada viaje sin un saludo y retirándose -al llegar frente al palacio árabe- sin una despedida; o, al menos, uno y otra pronunciados tan tímidamente que serían meros alientos, y volviéndose para ver cómo se alejaba la inabordable espalda del joven. Y luego, acaso, debiendo soportar la pregunta de Ella: «¿Ya lo habéis hecho?», con ese desprecio por las formas y esa dureza metálica tan suyos; la misma pregunta brutal todas las noches, que a Madia o Magda le haría dudar si proseguía con el acoso por amor o por obedecer a su pariente o lo que fuera; si la obedecía para progresar en su amor o había empezado a amarle sólo para redimirse de alguna manera. Suponiendo que todo esto fuera así, no duraría más de un par de meses: en otro caso, no les habría quedado tiempo para cumplir con los mínimos preceptos sentimentales que se espera existan en los prolegómenos de este tipo de consumaciones. Se casaron en diciembre, y Madia o Magda dio a luz a Cenobia en abril, es decir, el embarazo arrancaría de julio, lo que no significa, forzosamente, que la frontera entre el preámbulo y la consumación perteneció a julio; incluso habría que decir que no perteneció absolutamente a julio, pues parece establecido que no hay simultaneidad entre pérdida de virginidad y prendimiento, y Madia o Magda era virgen, era matemáticamente virgen: un pueblo que la espiaba desde su llegada a Getxo, con ocho años, lo estableció así para la historia. No pudo ocurrir de manera brutal, un macho cegado por el sexo atropellando a su confiada protegida; esto habría requerido una decisión por parte de mi tío, cosa que nunca ocurrió; era ella la única que allí aportaba alguna voluntad, por tímida que fuera; en realidad su misión pareció consistir en dulcificar las órdenes que emanaban de Ella, en procurar que mi tío no quedara expuesto a tanta brutalidad. Cabe pensar que llegó la gran noche de amor sobre el tálamo del camino y mi tío escrutaría el rostro del leve bulto que ya tenía en sus brazos y le preguntaría: «¿Quién eres? ¿Te he visto alguna vez?». Quizá ni siquiera esto: también en ese momento seguiría flotando sobre su propio naufragio, abandonado a la corriente que, a lo largo de siete años, le hacía chocar con los demás trastos que arrastraba la riada, por ejemplo, aquella figurita de la que, de tarde en tarde, el viento le llevaba su desesperado olor a colonia o el escandaloso sonido de su tacón contra una piedra; o tenía la nebulosa impresión de que pasaba de un asiento alejado en el tranvía a otro más próximo a su espalda, para olvidarla hasta el día o la semana siguiente. Pero, al menos para que su inconsciente dispusiera de alguna justificación, acostumbraría a percibir un tenue revoloteo de impulsos mortecinos incidiendo en sus remotos sentidos, siquiera una inútil y angustiosa voluntad de comunicación con ese mínimo de persistencia que permite sospechar que estamos en presencia de

otro. Acaso ni siquiera ella rompió el último hielo: me imagino algo así como un choque fortuito, un encuentro imposible de los dos cuerpos propiciado por una pérdida de equilibrio ocasionada por una torcedura de tobillo o un tacón tropezando contra una piedra; pero un tobillo o un tacón pertenecientes a Madia o Magda, no a mi tío, pues ni siquiera me lo imagino sirviendo de instrumento de un azar que pudiera llevarle a ella, ni tampoco volviéndose para atender a la muchacha posiblemente caída en el suelo. Se trató de algo brusco e inesperado también para ella: por mero impulso reflejo, mi tío sujetaría el cuerpecito entre sus brazos, se mirarían, acaso los ojos de la muchacha ya dolorosamente suplicantes, y mi tío enfrentado sin remisión a su irremediable destino.