¿Fueron capaces mis torpes Altube de advertir la rebelión de la muchachita?, ¿le concedieron al menos su justo valor?, ¿le dieron esa oportunidad? Era lo más que podía ofrecer Madia o Magda a mi tío, a todos ellos, a Altubena. ¿Por qué no comprendieron que era la que tenía la clave del triunfo o la derrota de Ella? ¿Por qué no la apoyaron, los muy zotes? Don Manuel disponía de una versión irreductible sobre el particular: «Aquello habría sonado a pacto con el enemigo, porque Madia o Magda no podía ser vista de otra forma, a pesar de todo. Nosotros hemos luchado siempre frontalmente». «Sí, maldita sea», replicaba yo; y añadía: «Pero ¿nada más que eso?». Y entonces don Manuel volvía bruscamente la cabeza hacia mí, simulando sorpresa o, más bien, asombrado realmente de oír otra voz expresando su propia mala conciencia: «¿Qué quieres decir?». Y yo: «En 1900, Isidora. En 1907, Madia o Magda… ¿Quiénes les seguirán y hasta cuándo, maldita sea?». Don Manuel iniciaba un confuso repliegue sobre sí mismo, lento, a fin de poder ir encontrando las palabras: «Tenemos legítimo derecho a defender lo que somos. Nosotros estamos aquí, son ellos los que vienen. Somos un pueblo primitivo que intenta decir que no se avergüenza de serlo». Resultaba penoso verle rebajarse hasta ese extremo. Nunca llegué a acostumbrarme. Había de pronunciar mis razones con cuidado de no resquebrajar con excesiva crueldad su caparazón. «Pero usted, en 1914, con veintiún años, pasó la ría para remediar algo que alguien dejó impresentable.» Don Manuel se encogía de hombros: «Cualquiera lo habría hecho. Incluso cualquiera de nosotros. No somos bárbaros». «¿Cualquiera? ¡No, no, no! ¿Cualquiera?», exclamaba yo, y nunca, en este punto del debate que se reproducía como una úlcera de estómago, podía evitar en mis ojos un vergonzante picor húmedo. «Usted ni siquiera estaba en este mundo cuando Isidora tuvo a su hija, ni cuando mi tío eligió la deserción; y, por tanto, debemos pensar que no le atañe ninguna responsabilidad generacional. Sin embargo, usted, habiendo nacido tres años después y habiendo esperado inútilmente veintiún años a que otro hiciera de caballero andante, hubo de asumir el imposible pecado colectivo de nuestro pueblo, cargó con la inexistente mala conciencia nacional, esgrimió la lanza, afirmó el escudo y avanzó en solitario… ¿Cualquiera?», y aguardaba cuanto fuera preciso a que él se atreviera a mirarme: «¿Por qué?, ¿por qué lo hizo?, ¿por qué lo intentó, a pesar de que la hija era tres años mayor que usted?», y los ojos que por fin me miraban habían perdido ya toda iniciativa, ni siquiera para replegarse, y desde el centro de una ciénaga pastosa me formulaban la súplica que nunca se atrevió a convertir en palabras: «¿Por qué no te callas? ¿Por qué no me dejas en paz con mis cosas? ¿Por qué no tienes la delicadeza de respetar mi cobardía?».
Doce meses enteros soportando la muchachita los dos cercos, el de fuera y el de dentro; un largo año de doble rebelión, pues también la hubo contra el desamor con que la trataban mis gentes de Altubena, y no sólo desde la primera aparición de Ella en su coche rojo. Deseo pensar que alguno, entre ellos, realizaría algún esfuerzo por aceptarla; aunque sólo fuera uno de ellos al rozarla accidentalmente en el pasillo y admitir que aquélla podía ser una buena ocasión para dedicarle siquiera el sonido gutural que, acaso, le debía desde hacía meses, no por amistad y menos por parentesco, sino por esa maldición que pesa sobre las partículas cósmicas sentenciadas a padecer las insoportables aproximaciones cíclicas y el falso saludo recíproco que no es sino el vano roce sonoro con el vacío azul. ¿Y mi tío? Me lo imagino gozando de una engañosa plenitud: a pesar de vivir no sólo enterrado en sus raíces sino amo ya de ellas, ni entonces su conciencia podría olvidar por encima de qué estragos lo había conseguido. ¿Defendió alguna vez a su esposa ante los suyos? Seguramente no; al menos, de palabra; ¿no bastaba con ser el responsable de su presencia allí? La tensión dentro de Altubena alcanzaría, también, a mi tío. ¿Llegó a pensar en secreto que Madia o Magda era no sólo una intrusa sino la más inadmisible mujer que podía haber impuesto a los suyos, exceptuando a Ella? Quizá se aferrara a este criterio para forzarse a creer que con Isidora habría sido diferente; suponiendo que se atreviera a pensar en Isidora; suponiendo que se atreviera a hacer resonar su nombre en su interior. Aunque nunca tuvo por qué temer el enfrentamiento o la comparación entre ambas: fue Madia o Magda la única que invadió Altubena, la única en consentir que el destino consumara con ella los presagios. De modo que Isidora y Madia o Magda no eran sólo mujeres diferentes. En la turbiedad en que entonces se enfangaba mi tío, el nombre de Isidora, su recuerdo, su pasión por ella, el inigualable futuro a su lado en Altubena -pero, no: sólo su nombre, y ni siquiera pronunciado, sino sentido; la música de su nombre ensordeciendo las trompetas apocalípticas de sus presagios correspondientes-, persistirían, irreductibles, a costa de la muchachita sacrificada.
Su rebelión contra los míos consistió en sobrellevar su inhóspita actitud durante un año, hasta que ya no pudo más. Un día, de pronto, mi tío escucharía de sus labios: «Vámonos de aquí». Él se quedaría de piedra, y entonces ella puntualizaría: «A ti tampoco te quieren». De modo que mi tío comprendería que Altubena había empezado a defenderse, es decir, a rechazarle. Tenía que haber advertido ya cómo chirriaba allí dentro aquella situación. Y se sentiría atrapado. Posiblemente, por primera vez en siete años, adquiriría conciencia de la realidad y se derrumbaría al descubrir que estaba privado de toda elección, porque, sin apenas darse cuenta, había dejado de pertenecer a Altubena: las viejas leyes, las suyas, se volvían contra él y le desahuciaban. Lo más dramático fue que no eligió a Madia o Magda por encima de los suyos, sino que simplemente era de Madia o Magda, y no sólo por sacramento. Parece que el primer movimiento de reincorporación a Ella se produjo a la vista incluso del caserío, en una de las apariciones del coche rojo que sería la última. Madia o Magda dejó sus quehaceres y, limpiándose las manos en su delantal, avanzó hacia él. Mi tío suspendió igualmente su trabajo y se sentó sobre una piedra, a medio camino entre el coche rojo y el caserío, en cuyo portalón la familia asistía en grupo a la escena. La llamada a mi tío no partió de Madia o Magda -lo que habría resultado más digerible- sino de Ella.
Y sólo horas después la brutal exigencia de mi tío a la familia, la venta de la primogenitura, la segunda profanación de Altubena. El hermano siguiente era Juan, mi padre, entonces de diecisiete años. No iba a caer sobre sus espaldas una deuda, sino dos, dos pagos por el mismo artículo que sólo valía uno, algo así como un error en algún libro de contabilidad, fácilmente subsanable en la primera revisión de cuentas; o como si unos campesinos, en su primera visita a la capital, hubiesen sido estafados por la embaucadora charlatanería de un timador. Quizá antes de aceptar mi padre debió de pensarlo dos veces, pues un simple conocimiento del límite de resistencia de la carne humana le auguraba un final prematuro: murió en 1920, reventado, sin conocer a su tercer hijo, es decir, a mí, y antes de la liquidación de ambas deudas con el banco. Pero era el Altube de turno y era lo que la familia y Getxo esperaban de él. En esta segunda ocasión no se trataba de defender las tierras de otro maldito rebaño de ovejas, sino de defenderlas de la intrusa -del Mal, de su sangre forastera, del misterio de su procedencia, del esposo que la había impuesto e incluso del coche rojo con Ella encima.