Quiero que lea en mis ojos que ya no me importa que haya muerto Sabino Arana, y estoy seguro de que me lo lee, pero la muy bruja hace como que no, y es porque si admite que me lo lee tendría que admitir también sus innombrables traiciones a Martxel y a mí.
– Hablemos, Jaso, hablemos -me dice-. Quiero saber por qué mi hijo me huye… Pero, mi pequeño Jaso, ¿verdad que no es así, que son imaginaciones mías? Dime que soy una tonta. Háblame, Jaso…
– El cielo ha empezado a enviarnos señales -digo.
– No sé de qué me hablas, pero sigue, no te calles -dice ella.
– Ayer brotó de la cumbre del Serantes una columna de fuego -digo.
– ¡Qué cosas se te ocurren! -dice, avanzando de nuevo hacia mí. Le doy la espalda y empiezo a subir las escaleras. Me sigue.
– Hace una semana se vio un rebaño de ballenas en el Abra y se tragaron ocho botes con hombres y todo -digo.
– ¡Qué gracia, Jaso, qué buen humor tienes! -dice ella-. También tu hermana está contenta… ¿No la oyes cantar? Ballenas aquí…, ¡qué ocurrencia!
– El martes no pudieron enterrar a tres muertos porque ellos se negaron a que los dejaran sobre aquel suelo de peña -digo.
– ¿Quiénes son ellos? -dice ama.
– Los tres muertos. Es que luego no podrían abrir en la peña el túnel hasta la mar -digo.
– ¡Qué tontería! -dice ama.
– ¡Pues tú nos lo contaste a Martxel y a mí cuando aún te creíamos! -digo.
Me he vuelto para gritarle y ella se ha parado. Pero cuando de nuevo quiere acercarse y me dice: «¿Qué te pasa, Jaso?», le doy la espalda y sigo subiendo las escaleras, con ella detrás.
– En la misa del domingo la estatua de San Baskardo sudó sangre -digo.
– Si fuera verdad, don Eulogio me lo habría dicho -dice ella.
– ¿Por qué, por una vez, no dices lo que sientes: que no es verdad, que nada de lo que nos decías era verdad?
También me he vuelto para gritarle.
– ¿No te bastan tantas señales del cielo para comprender que alguien está pudriendo el mundo con sus traiciones? -le digo.
Sus ojos han dejado de acercarse y me miran con un grado de horror que es sólo un pálido reflejo del gran horror que esta bruja ha echado sobre todo lo nuestro y sobre nosotros.
– No cesan de producirse las señales -digo-. «¡Cuidado, cuidado!», nos advierte el cielo. Pero no son avisos para que nos arrepintamos o tomemos nuestras medidas… ¡Es la destrucción que se precipitará sobre nosotros irremisiblemente! Están perdidas todas nuestras esperanzas.
– ¿De qué hablas, Jaso? -dice ella.
– Alguna vez, Martxel escribirá una obra en la que su infortunado personaje grite: «¡Muerte mil veces a la traidora!», y se lanzará así contra ella… -Y arrebato el escobón a la chica que está barriendo y voy contra ama usándolo como lanza y apuntando al centro de su frente.
– ¡Por Dios! -dice ella, apartándose, y qué bueno es ver el miedo en sus ojos.
– ¡Señorito! -oigo a la chica.
He arrinconado a ama contra el gran tiesto con la palmera del rincón del pasillo.
– ¡No me gusta este juego, Jaso! -dice ama.
– ¿Juego? -digo.
Fabiola no seguiría cantando si este escobón fuera una lanza y yo la hundiera en el centro de la frente de la traidora y resonara en toda la casa su grito de horror. ¡Qué justo final para la embaucadora!
– ¿Verdad que nunca harías daño a tu madre, hijo? -dice ama-. Si algo he hecho bien en esta vida ha sido educar a mis hijos… ¿Qué estás mirando como una pánfila? ¿Es que ya no queda trabajo?
La chica se mueve hasta quedar entre ama y yo.
– Necesito el escobón, señorito -me dice.
Fabi, sin dejar de cantar, se asoma a la puerta de su dormitorio. Sus ojos azules se clavan en mí con un brillo de complicidad. «Gracias, Jaso», me susurra, sin interrumpir su canción.
– ¿Le vas a devolver su escobón a la chica? -dice ama.
Fabi canta mientras recorre con su gran peine su larga cabellera rubia. Si la bruja que tengo ahí delante no me hubiera contado siempre que hay lamias, creería que existen y que Fabi es una de ellas. «¡Qué carta tan maravillosa!», susurra Fabi, entre palabra y palabra de la canción. «Nunca te lo agradeceré bastante, Jaso.» Es a ama a quien se lo tiene que agradecer. Desde hace siete meses yo hago todo lo contrario de lo que quiere la bruja, y la bruja quiere que Fabi y Román no tengan relaciones. Fabi está de nuevo en casa después de un año en un convento. La bruja la ha traído para que pase con nosotros el primer aniversario de la muerte de Sabino Arana, y luego las navidades. Como la bruja no la pierde de vista, me he prestado a llevarle sus cartas a Román y las de él a ella. Estoy seguro de que a Martxel le gustaría oír esto. ¿Acaso no quería que yo le acompañara a Ceilán? Durante aquellas semanas de desesperación me tuvo a su lado. «No llores, todo se arreglará», le decía yo. «Andrea no puede ser más que tuya. Siempre lo ha sido y Dios hará que se cumpla el mejor destino para los dos.» Ahora, ¿quién le hablará así en el otro extremo del mundo? Sin embargo, la bruja no quiso que yo le acompañara. ¡Era doloroso ver llorar a un hombre tan fuerte como Martxel! «Es imposible que esté ocurriendo esto», le decía yo. «Ha de ser un mal sueño. No, no. Ama no ha dado ese paso.» Era en febrero, cuando aún ama seguía siendo para nosotros Ama, cuando no podíamos admitir que nos hubiera engañado desde el principio. ¡Ciegos, ciegos! ¿Acaso no había ya fundado sus astilleros, sus propios astilleros, que ella misma dirigía a través de aquel equipo de ingenieros ingleses? Se las arregló para conseguir el capital necesario, vendió tierras e interesó en el asunto a miembros del Euskeldun Batzokija, y sigo oyendo sus palabras: «Mientras ellos acceden en solitario al poder económico, sin importarles traer la maldición a nuestro pueblo, ¿qué hacemos nosotros, los desplazados, dejando en manos de otros nuestro destino? Camilo Baskardo es uno de los culpables. ¡Mi propio marido! He luchado inútilmente por recuperarle. De manera que me enfrentaré a él, ¡a mi propio marido! Pero mis hijos son maravillosos y están conmigo». Se ganó a varios de los fundadores del Partido, incluso de la Junta, y creo que hasta al propio Sabino Arana también. Y así empezó. Creo que ella llegó a advertir alguna confusión en las miradas de Martxel y mías, porque un día nos dijo: «¿Sabéis que el padre del Maestro fue también dueño de astilleros? ¡Qué coincidencia!, ¿verdad?». Pero ¿en qué se diferenciaba su empresa de las de aita? Martxel y yo nos dejamos engañar cuando nos decía, igualmente, que sus tres mil obreros eran todos vascos. «¿Os dais cuenta?», nos decía. «Si vuestro padre hiciera lo mismo en sus minas y fábricas, si los demás dueños de industrias amaran a nuestra patria tanto como lo juran de palabra, en Euskadi no habría maketos ni esas ideas infernales y ateas que pretenden cambiarnos, es decir, destruirnos.» ¡Cómo nos gustaba escucharla! Todo lo que ella hacía tenía que estar bien, porque era Ama. Y tenía que estar bien porque no estaba bien para aita. «Eres el hazmerreír de todos», le decía aita. «¡Una mujer fundando y dirigiendo unos astilleros! ¡Esas cosas están reservadas a los hombres! ¿No eres tú la que defiende las viejas costumbres de nuestro pueblo? ¿Cuándo se ha visto entre nosotros que una mujer se salga del lugar que le corresponde e invada el de los hombres para intentar moverse como uno de ellos? ¿Por qué no te pones de una vez pantalones? ¿Sabes lo que comenta don Eulogio? No puedo decírtelo delante de nuestros hijos.» Ama parecía no escucharle; seguía con lo que estuviera haciendo, aunque de golpe levantaba el rostro o lo volvía hacia aita con esa lentitud con que uno atiende a las cosas que sólo merecen desprecio – ¡y qué satisfacción sentía yo al ser testigo de que le daba el mismo trato que a un gusano!-, y le decía a media voz: