– Tú me obligas. He de velar por el porvenir de mis hijos.
– De nuestros hijos.
– De mis hijos. Tú ya los has perdido.
– Has sabido quitármelos.
– Desertaste de ellos, de mí y de nuestro pueblo. Si prefieres a la otra familia, no sé por qué no te vas con ella.
– Hasta Dios perdona, sobre todo cuando sólo hay un error que perdonar.
Y entonces ama se permitía una ironía y exclamaba: «¡Uff, uff, uff…!», levantando la cara al techo con los labios haciendo pucheritos, parpadeando y concluyendo con una mirada de fingido espanto a los hijos que estuviéramos presentes, una mirada de advertencia, un aviso más para prevenirnos de aita (¡Dios!, ¿cómo he podido perder tanto amor y tanto entendimiento mutuo?). Ama parecía más fuerte si yo estaba junto a ella. Nuestro enemigo era aita. Ahora ella también es mi enemigo. ¿Y él?
«¿Por qué no te pones de una vez pantalones?», decía aita, y cuando lo decía yo recordaba que lo había dicho en más ocasiones: era una pregunta que brotaba de sus labios de tarde en tarde, aunque nunca se la oí antes de que ama la emprendiera con sus astilleros. Sin embargo, su mirada al pronunciarla sí que era como la mirada que solía dirigir a ama en silencio antes de que la pronunciara por primera vez. Luego comprendí que con sólo la mirada ya le decía lo que después le diría de palabra. Aita tiene conciencia de que es un gusano al lado de ama. Nunca se le enfrenta. Pienso que si se hizo capitán de empresa fue por ser alguien fuera de nuestra familia. Por eso no resiste que ama intente ganarle también en su propio terreno… ¡Sí, Dios, en el mismo terreno, por mucho que ella lo niegue! ¡Aita y ama son despreciables! Pero escúchame, bruja: tu Jaso ha cambiado, ya no es el tonto de antes, ya no le importa que destrocéis nuestra patria con la caca de vuestras industrias. ¡Sé que a Martxel tampoco le importa! ¿Por eso le heriste, obligándole a huir tan lejos? ¿Pretendías separarle de mí para recuperar mejor al idiota de Jaso? ¡Pues sabe que, aunque Martxel no esté a mi lado, él y yo seguiremos teniendo un solo pensamiento! ¡Él te odia y yo también te odio!… Aquel día la propia Andrea nos lo reveló: «Vuestra madre ha hablado con la mía», apenas logró decir entre ahogos de muerte. «Que empiecen a ponerse de acuerdo para la boda», dijo Martxel. «¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa?» Andrea nos miró a Martxel y a mí como si mi hermano y yo fuéramos una misma persona. «Vuestra madre ha hablado con la mía», dijo otra vez, y yo pensé que se le reblandecerían las mejillas de tanto llorar. «Claro, las bodas empiezan hablando las madres», dijo Martxel. «Ha llegado el esperado tiempo de las palabras desnudas.» Y Andrea seguía llorando y no se preocupaba de sus lágrimas y ni Martxel ni yo sabíamos por qué se ponía así…, ¿era por la emoción?…, pronto comprendí que había algo más. «Vuestra madre ha hablado con la mía», dijo por tercera vez, y añadió: «Tu madre ha hablado con la mía», y esto nos tenía que haber bastado, pero Martxel la tomó por los hombros y dijo: «El momento merece un beso», y entonces fue cuando ella pareció darse cuenta de que Martxel y yo éramos las dos únicas personas en el mundo incapacitadas para admitir aquella verdad sobre ama. Y fue como si Andrea se sobrepusiera a la ineficacia de sus frases y la emprendiera con dos niños imposibles. Se revolvió como una gata furiosa, desprendiéndose de las manos de Martxeclass="underline" «¡Ya no me puedes besar!, ¿no lo comprendes?», gritó. «¿Ni estando Jaso aquí? ¿Por qué no, si siempre…? ¿Qué te pasa?», y el pobre Martxel no sabía dónde meter el asombro de su cuerpazo repleto de músculos. Andrea dio la vuelta y se lanzó a una carrera de animal perseguido. «¡No nos veremos más! ¡La madre me ha dicho que lo nuestro se acabó! ¡Adiós, adiós, adiós para siempre!» Y Martxel tardó en echar a correr tras la espalda que gritaba aquellas palabras terribles. «¡Andrea, Andrea! ¡No sé de qué me estás hablando, pero nuestro amor está por encima de todas las cosas!», pero a ella la llevaban unos demonios más rápidos y no la alcanzó…
Entro en mi dormitorio, con ama detrás. Me sigue como un perro con mala conciencia, y resultaría excitante verla sufrir si no fuera porque su presencia me es insoportable. Advierto en sus pasos el susto que le acabo de dar con el escobón.
– ¡El cuadro, otra vez! -exclama.
Y va a la pared y sus dedos tocan el marco justamente cuando le grito:
– ¡Déjalo como está!
– Pero… ¿no ves que alguien lo ha vuelto contra la pared? Quisiera saber cuál de las chicas se empeña diariamente…
La aparto del cuadro de un empujón.
– ¡Soy yo! -digo. Abre los ojos como si acabara de ver al diablo-. Y tú lo sabes. Y cerraré mi puerta con llave para que no entres a cambiar lo que yo quiero que esté así para siempre… ¡Sabes muy bien que soy yo!
– Pero Jaso, ¿qué tienes contra el cuadro de la neskita? Lo subiste aquí cuando todavía eras casi un niño, ¿lo recuerdas? Quisiste tenerlo en tu habitación para poder contemplar a tus anchas la preciosa carita de vasca de…
– ¡Cállate!
– Por favor, Jaso, hijo, no grites así a tu madre.
– ¡Lo quemaré, con todas las demás mentiras! -digo.
– ¡Te gustaba tanto cuando eras pequeño! Te dormías con la luz encendida para poder verla hasta que se te cerraran los ojos, y luego tenía que venir yo a apagarla… ¿Cómo ahora, de pronto, parece que te hace daño ver la preciosa carita" de vasca de…?
– ¡Mentira, mentira, mentira!
– ¡Jaso, por Dios!
– El espíritu burlado empuñó la espada -cojo el atizador de la chimenea- y se dispuso a vengar tantos años de engaño y cabalgó hasta lo alto de la colina -doy un salto y quedo en pie sobre mi cama-, a fin de descubrir al monstruo traidor, y… ¡allí estaba!, solazándose en la contemplación de su propia obra, la gran ruina, y el vengador se abalanzó sobre ella y todo el bosque escuchó, complacido, el trueno de sus pulmones: «¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!».
La bruja corre al pasillo llamando a la chica y me deja solo. Desde ahora, lo suyo será huir. Cierro la puerta y oigo sus voces al otro lado de la madera… Martxel se sentiría orgulloso de mí: ¡estoy viviendo el verdadero final de la obra de teatro que escribió! Él mismo me lo dijo antes de partir: «Espero regresar alguna vez a esta maldita tierra y entonces será el momento de cambiar el final de Alma vasca, o de cambiarla toda, su espíritu y su intención, de modo que quienes la lean o la vean representada no se llamen a engaño sobre tanto mito como nos pudre». Se sentiría orgulloso de mí si me viera representar, por adelantado, las escenas que él escribirá cuando regrese. Me sentaré a su lado y podré corregirle con conocimiento de causa: «Ahí debes poner esto», y «lo otro», y «debe ser en esta escena cuando Patxo empiece a descubrir la mentira en que siempre le tuvieron», y «de modo que el resto ha de ser cambiado en la misma línea», y «en la última escena, Patxo llorará… ¡un baserritarra de cerca de dos metros llorando!, y ya no tendrá que recitar aquel ridículo discurso finaclass="underline" "Hasta el campo, y la tierra, y los árboles, y los montes, y las aguas del regato, y las paredes de nuestro viejo caserío parece como que se regocijan y alegran. Es que el Alma Vasca, que vive y palpita en ellos, se alegra y regocija con la vuelta del hijo a su antiguo hogar", porque ya no habrá vuelta al viejo caserío, porque el viejo caserío ya no pertenece a Patxo, le ha sido robado, no por el castellano que pretendía levantar una fábrica de papel en la tierra ocupada por la vivienda centenaria, sino por Lartaun, el señor Delatorre y amo de todas aquellas tierras y del río». Martxel escribió la obra hace tres años en sólo un mes, y me sentí tan feliz y tan pleno como si yo mismo la hubiera escrito. Con el cambio que él y yo introduciremos, el maldito ya no será el castellano, sino Lartaun. ¡Que lo oiga así nuestro pueblo engañado!: ¡Lartaun! ¡Lartaun! ¡Lartaun! El castellano atropellando al noble vasco…, ¡qué buen alimento para ingenuos! Así aparece aún en la obra de Martxel Alma vasca, escrita cuando él y yo éramos ingenuos: irrumpe el maketo y elige el bajo llano del caserío de Patxo para emplazamiento de su fábrica. Es amo de esa tierra el señor Delatorre de Lartaun, quien tranquiliza a Patxo: «Amigo mío, nadie te arrojará mientras el nombre de Lartaun resuene en estos valles». Patxo ama a Bilbiñe, hija de Lartaun, y ella le corresponde. El maketo engaña a Lartaun y se hace con la tierra deseada. ¿Cómo? Consigue que la apueste en las pruebas de bueyes, y la pierde. Llega una cuadrilla de peones a demoler el caserío, pero estalla una tormenta y los rayos funden el metal de sus herramientas; regresan con otras nuevas, y es entonces el huracán el que se las arranca de las manos; intentan la demolición por tercera vez, pero crecen como nunca las aguas del río y arrastran a los braceros del maketo, y nadie se atreve a sustituirlos, porque todo el mundo entiende que es el alma de la tierra la que provoca el rechazo. Se casan Patxo y Bilbiñe, y la obra termina con la bobalicona oración de «Hasta el campo, y la tierra, y los árboles…» y todo lo demás… Yo no me cansaba de decir, entre lágrimas a Martxeclass="underline" «¡Dios mío, así somos, así somos…», y ama, en muchos días, apenas hizo otra cosa que abrazarle, y consiguió que el cuadro artístico del Centro Navarro estrenara la obra en el teatro Amaga, y que todas las publicaciones vascas: Euskalduna, La Patria, Bizkaitarra, Baserritarra, Euskadi… se derritieran en alabanzas. Y, cosa natural, La Lucha de Clases, socialista, dijo que la atacaba, no sólo por nacionalista, sino por mala… Alma vasca reprodujo el enfrentamiento tradicional. ¡Cómo cerramos filas en torno a Martxel! Estábamos muy orgullosos de que la obra se entendiera como el gran mensaje que nuestro pueblo se enviaba a sí mismo y al resto del mundo como total expresión de su propio ser… ¡Dios mío!, ¿dónde quedó aquel maravilloso tiempo? Éramos Martxel y yo tan ingenuos, tan ignorantes… Todo, entonces, tan maravillosamente perfecto. ¡Muerte mil veces a la bruja!… Ahora Martxel entrará a saco en su obra, para cambiarla y para que se convierta en la bomba que acabe con el reino de los falsarios. No será el maketo el culpable de que Patxo pierda su caserío y sus tierras: el culpable será Lartaun, el señor Delatorre, el cual, sencillamente, vende su propiedad al castellano. ¿Por qué? Porque se opone, en secreto, al amor entre su hija y Patxo, porque se niega a que el simple aldeano emparenté con los altos Lartaun. Alma vasca terminará con la marcha del pobre Patxo a las Américas, despojado de la tierra que los suyos habían trabajado a lo largo de los siglos, y perdiendo a su novia vasca…, ¡traicionado por cuanto él creía que era suyo! Le diré a Martxel que ponga en boca de Patxo estos gritos: «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?», que lanza al rostro de Lartaun: los mismos gritos que Martxel lanzó a ama después de que Andrea le gimiera que jamás volverían a verse. Martxel corrió a casa, buscó a ama -y fue como si ella se hubiese escondido al regreso de su furtiva visita a Altubena- y la arrinconó con esos pobres gritos irredimibles: «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?», y Martxel lloraba las mismas lágrimas de confusión y dolor que deberá llorar Patxo, y acabó gritando lo mismo que deberá gritar Patxo: «¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!». Yo mismo interpretaré el personaje de Patxo por los frontones de todos los pueblos de Euskadi…, ¡yo, el tímido y enmadrado imbécil, denunciando el engaño y la mentira de ama, la traidora! Lo haré porque me asiste todo el derecho, como nos asistía a Martxel y a mí cuando nos vestíamos de baserritarras y recorríamos nuestra tierra en misión de purificación… ¡Dios mío!, ¿dónde quedó aquel maravilloso tiempo?… En 1901, en abril, Martxel y yo escuchamos en el Centro Vasco de Bilbao aquella conferencia de Arturo Campion contra el socialismo. Salimos enardecidos. Hasta entonces sólo a ama habíamos oído lamentarse del peligro que corría nuestro pueblo. Aquel gran hombre, Campion, vino a sacudir, con vendaval nuevo -o sólo a quebrar la monotonía del lloriqueo de ama-, la tragedia común. Allí, sentados, escuchándole, Martxel y yo lo decidimos todo sin palabras, sólo mirándonos. Nos conjuramos para actuar…