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»- ¡Aurken lo pintó, aunque no tuviera delante de sus ojos a la neskita como modelo!

»-Bien, bien, la encontraremos, no hay duda. Ha de estar entre nosotros.

»-Así es, Martxel, la encontraremos. Pero no sólo porque se encuentre entre nosotros, sino porque ese rostro somos nosotros.

»-A veces, Jaso, me sorprendes… ¿Quién te inspira para expresar tan cabalmente lo nuestro?

»-Dios.

»-No hay duda de que la encontraremos… ¿Y qué ocurrirá después?

»- ¿Eh?

»- ¿Qué haremos con ella?, ¿qué harás tú con ella?

»-Se la llevaremos a ama.

»- ¿Ama?

»-Nunca nos agradecerá bastante el que la hayamos encontrado.

»-Bien… ¿y luego?

»-La acompañaremos a mi cuarto a que se vea a sí misma en el cuadro de Aurken.

»-Y… ¿qué más?

»-La devolveremos a su caserío y podremos verla cuando necesitemos hacerlo.

»- ¿Devolverla? Mírate a ti mismo, Jaso: ¿acaso ignoras que la amas?

»- ¿Amarla?

»-Cuando tus sueños se concentran en una mujer es que la amas.

»-Bueno: la amo.

»-Así que no la dejarás irse…

»-Tú también la amas.

»- ¡Sí, pero yo ya tengo a Andrea!… ¿Por qué enrojeces? ¿Por qué dices: "se la llevaremos a ama", "la acompañaremos a mi cuarto", "la devolveremos a su caserío"…? No es cosa de todos, nuestra, sino tuya…, ¡tuya! ¿Qué harás con ella, Jaso, cuando la encuentres? ¡Dios mío!, ¿por qué te pones como un tomate?»

… o preguntándoles si había alguna muchacha de mi edad dentro del caserío, y, si la había, pasando a verla, después de tener que explicar a la familia que buscábamos a una que posó alguna vez para un pintor de Bilbao, y ellos, siempre, hasta ahora: «Por aquí no ha pasado nunca ningún pintor», y otra vez al camino, o al monte, en busca del nuevo caserío, del nuevo pueblo, al principio a pie, cuando las distancias no eran largas y podíamos regresar a casa por la noche, aunque en poco más de un año ya teníamos batido un territorio de treinta kilómetros de radio, y entonces ama nos compró caballos, también a causa de que mi mala salud se había resentido con estos viajes. «¿La habéis encontrado?», nos preguntaba ama, besándome…, ¿por qué no besaba también a Martxel?… Todo habría sido más fácil si Aurken no hubiera muerto. Nos lo dijo su hermana, cuando visitamos su estudio en Bilbao. Juro que fue decisión de ama, no mía. ¡Juro que ella se empeñó en colgarlo allí!… («¿Por qué no besa también a Martxel?») Desde que tuve el cuadro en mi habitación, pude mirar la carita sin remordimientos de conciencia. «Hola», le decía, y «Adiós, hasta mañana», o «Ya no me resignaría a dejar de verte al abrir los ojos». Desde entonces, me vestía y desnudaba detrás del biombo y, al acostarme, le susurraba las cosas buenas ocurridas durante el día, callando las malas, por no entristecerla, aunque mi cara me traicionara y yo leyera en sus ojos la súplica de que se lo contara todo. Ama, pues, la admitía en mi cuarto; ya lo digo: fue decisión de ella. «Así lo quiere», me decía. «Martxel también tiene a Andrea… y ama no sufre», y entonces recordaba yo que ella, ama, había dejado de besar a Martxel cuando mi hermano cumplió quince años… y no ocurrió lo mismo cuando yo los cumplí. Todo era, pues, diferente. ¿Diferente? ¿Éramos diferentes Martxel y yo? ¿Era ama diferente cuando miraba a Martxel que cuando me miraba a mí? ¿Eran diferentes Andrea y la figura del cuadro?

«-¿Cuándo se ha visto en enero una tarde tan soleada? ¿No os gustaría ir a Bilbao, al estudio del pintor Aurken?

»- ¿Para qué?

»-Hace ocho años le compré personalmente el retrato de la neskita. Creo que me gustaría saber quién es esa muchacha…, ahora la niña será ya una bella muchacha…, en qué parte de nuestra tierra vive… ¿Qué me dices a esto, Jaso? ¿Verdad que te haría muy feliz conocer de verdad a tu mejor amiga?

»- ¿Conocerla?

»- ¡Claro!, encontrarte con la persona viva que hay detrás de ese lienzo, satisfacer tu curiosidad de tantos años, y nosotros la nuestra. ¿Es que, Jaso, no sientes curiosidad por saber si Aurken se dejó en los pinceles alguna pureza más de la niña modelo, por saber cómo es ella ocho años después? ¿Por qué hablo de años? Entre los vascos, el tiempo no existe… No te preocupes, Jaso, que la neskita conservará su virginal encanto. Estoy segura… Mira: tenemos en el comedor el gran retrato que alguien le hizo a vuestra abuela a sus dieciocho años… ¿No es la misma que ahora?… ¡Oh, Jaso, hijo mío, no pongas esa cara, que tu neskita no será ninguna abuela, sólo han transcurrido ocho años! Aún te podrías casar con ella…

»- ¿Qué te pasa, Jaso?

»- ¡Qué tierna es la piel de tu hermano!, ¿verdad, Martxel? Enrojece con la delicadeza de una rosa…

»-Pronto se nos pondrá rojo enseñándole una flor.

»- ¡Qué sensibilidad tan enternecedora la de mi niño! ¡Ven, ven a los brazos de tu amatxo!»

Ella lo deseó. ¿Por qué? ¿Acaso me quería menos o había dejado de quererme del todo? Bueno, no, pues recuerdo que seguía siendo tan empalagosa, con sus abrazos y besuqueos. Y yo consintiéndolos, gozando de ellos, aunque sin dejar de pensar en la carita del cuadro, y temiendo que ella me lo leyera en los ojos y en el temblor de mis labios. Pero lo deseó, lo buscó, de ella fue la idea de visitar al pintor Aurken, de entregarme en cuerpo y alma a la mujer del cuadro… ¿Acaso no dijo ella misma que ya sería una bella mujer? Iba a entregar una mujer a su Jaso. Una mujer. ¡Bruja!, ¿por qué siempre lo resolvías todo sin consultarme?

«-¿Quién se morirá si su niño no se despide con un beso?

»-Tú, Ama.

»- ¿De verdad, de verdad? ¿Estás seguro?

»-Sí, de verdad. Estoy seguro.

»-Y ¿te gusta o no?

»-Me gusta.

»- ¿Mucho, mucho?

»-Sí, me gusta mucho, mucho.

»-Hijo malo: querrás que me muera cuando dejes de besarme.

»- ¡No, no! ¡Yo nunca dejaré de besarte!

»- ¡Oh, mi pequeño Jaso, mi niño!»

Lo deseó. Al menos lo hizo. Yo jamás le habría llevado a ella a ninguna parte del mundo a conocer a aita. Y ella, ¿le habría llevado a Martxel a conocer a Andrea, como me llevó a mí a conocer a la mujer del cuadro? Creo que ama ignoraba que Martxel y Andrea seguían viéndose como novios, que no habían interrumpido en un solo fin de semana lo que empezaron hace años, de niños; o entendía que no pasaba de ser un juego; o no lo quería saber del todo, confiando en una ruptura natural. Cuando lo supo, en febrero, hace ahora nueve meses, puso fin a esas relaciones con la maldad con que la muy bruja sabe hacer las cosas. En cambio, quiso que yo conociera a la mujer del cuadro. ¿Es que son diferentes Andrea y la mujer del cuadro? ¿Pude ahorrarme el pedirle perdón el día en que lo colgué en mi dormitorio, e igualmente ahorrarme tanta mala conciencia por creer que la traicionaba diariamente con aquella carita y aquellos ojos, vigilantes y perfectos, que ya tenían que conocer de mí tanto como la bruja? ¿Nos veía la bruja a Martxel y a mí con los mismos ojos? Le he dado mil vueltas; supongamos que le quisiera a él menos que a mí: ¿por qué, entonces, su brutal orden de que rompiera sus relaciones con Andrea? Alguien le habló; alguien, prostituido por el dinero, la convenció de lo inadmisible de aquel noviazgo; alguien la engañó, supo ganársela para la injusticia obligándola a comportarse como nunca lo habría hecho; alguien que quería borrar aquella mancha y aquella amenaza la forzó a que también creyera que necesitaba borrar aquella mancha y aquella amenaza… Me aferré a cualquier explicación que justificara la intolerable reacción de ama prohibiendo el amor entre Martxel y Andrea…, ¡pero no la encontré, no la había, no podía haberla! Si ama no besaba a Martxel, si le quería menos que a mí, ¿por qué le apartó de aquella mujer y por qué a mí me acercó a la otra? ¿Qué incomprensibles leyes regían sus celos?