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Lo deseó. Lo hizo. La vi derrumbarse cuando supimos por la hermana que el pintor Aurken había fallecido. «Necesitábamos de él una información. Quizá usted nos la pueda proporcionar», suplicó ama. «Se trata de un retrato que su hermano pintó hace ocho años.» Aquella mujer nos explicó que Aurken era muy desordenado con sus cosas, que vendía toda su producción y no llevaba cuenta de nada. «No buscamos el cuadro, que lo tenemos en casa, sino a la modelo», dijo ama, «una preciosa niña.» La hermana exclamó: «¡Vaya usted a saber!». Y ama, muy excitada: «¿La vio usted?, ¿la conoció?, ¿dónde vivía?». La hermana gruñó que cómo iba a recordar si conoció precisamente a aquella modelo, si ignoraba a qué retrato se refería. La excitación de ama aumentó: «¡Era inconfundible, de no olvidarla nunca: una carita de ángel vasco, unos ojos…! Pero mi pequeño Jaso se lo explicará mejor…». Y yo sufrí un sobresalto y me mordí los labios y Martxel hizo aspavientos, tocándose su cara y mofándose así cruelmente del enrojecimiento de la mía. «Habla, Jaso, como si estuviéramos solos en casa», dijo ama. Le supliqué con la mirada, con el retraimiento de mis hombros. «Expresa tus sentimientos, Jaso. Nadie debe avergonzarse de expresarse como es», dijo ama. No era sólo mi maldita timidez; no era sólo eso. Luché por no cruzar mi mirada con la de ama, pero de pronto descubrí en el fondo de sus ojos el fulgor de la letanía que yo ya estaba emitiendo: «…carita de ángel vasco, ojos de inmarchitable pureza, carne tierna y recia, cuello inquebrantable, dulcísimo mentón roqueño, nariz racial, orgullosa cabeza serena, frente santificada por Dios…», aquel maldito ejercicio literario que, sentados ante el cuadro, ama y Martxel me ayudaron a redactar para mi profesor particular de lengua y que acabó siendo la enfervorizada retahíla que hube de aprender de memoria y recitar como un tonto cuando ella me lo pedía o cuando yo mismo, en la soledad de mi habitación, se lo dedicaba al icono que presidía mis noches. «Es Jaso, mi hijo pequeño», dijo ama cuando concluí. Supongo -ahora, hoy- que aquella mujer pensaría que éramos una familia de locos. «No sé de quién me hablan», dijo. «Haga memoria, por favor. Fue hace ocho años, no más: no era un cuadro que llevara tiempo pintado, Aurken le estaba dando los últimos toques cuando yo llegué… ¿No me recuerda usted? Quizá me abriera la puerta…», dijo ama. «Hace ocho años teníamos una criada», dijo la mujer. «O quizá nos cruzáramos en alguna parte de esta casa, en el estudio de su hermano, por ejemplo… Y usted se preguntará: "¿Por qué esta señora se queja de que yo no la recuerde si ella no me recuerda a mí?". ¡Ah!, pero es que yo, al verme ante el cuadro, dejé de ver cosa alguna que no fuera aquella carita sin igual… Pero ¿acaso importa el que usted no me recuerde? ¿Qué importo yo? ¡Lo único que importa es la niña! ¿No la recuerda? No ha transcurrido tanto tiempo…», dijo ama. «Lo siento, no la recuerdo. Es posible que mi hermano pintara el retrato sin modelo, sólo de memoria, con la idea fija en una cara vista en cualquiera de sus paseos», dijo la mujer. «Sólo falta que usted me diga ahora que se la inventó… No, esa cara existe, hay muchas semejantes en nuestra tierra… ¿Cómo iba a pintar el exigente de Aurken una cara de memoria si tenía a mano la real? Pero ¿dónde, dónde la tenía?, ¿de dónde la trajo?», dijo ama. «¿Por qué no se lo preguntó a él?», dijo la mujer. Si yo la miraba sentía que debíamos marcharnos, porque estoy seguro de que nos tomaba por locos; pero cuando miraba a ama habría sido capaz de golpear a la mujer para obligarla a estrujarse la memoria. «Es que entonces no imaginé la importancia que llegaría a tener para nosotros. Fue Jaso, con su sensibilidad quien… ¿No es verdad, Jaso? Dile a esta señora lo que representa la neskita… ¡Por Dios!, ¿tampoco recuerda usted si procedía de un caserío, si llegaba con ropas aldeanas o si se las ponían aquí? ¿No recuerda si usted misma la vestía? Quizá recuerde que, por aquellos días, había de lavar más prendas, o plancharlas, o simplemente guardarlas bien plegadas hasta la sesión del día siguiente…», dijo ama. «Hace ocho años teníamos una criada», repitió la mujer. «Oh, sí, sí, pero una criatura como aquélla forzosamente hubo de llamar su atención, como llamó la mía cuando la vi en el cuadro… ¡Dios mío, pero si yo ahora estoy sintiendo la presencia de esa niña entre estas paredes…! Porque estuvo aquí, sentadita en el estudio, mientras su hermano la pintaba… ¿Aún conserva usted el mismo estudio?», dijo ama. La mujer contestó que sí con una súbita pizca de humedad en sus ojos, y ama quiso saber si nos permitiría pasar a él. Nos hizo la mujer una seña y la seguimos pasillo adelante, entre dos paredes con cuadros hasta el techo. Ama se precipitó por la puerta del estudio, exclamando: «¡Estuvo aquí, la siento todavía! ¿No quedará alguna pista que nos lleve a ella? Un boceto con una dirección, el primer boceto para ese cuadro, cuando él apenas conocía a la niña y necesitó… Aunque es de suponer que viniera acompañada de algún familiar… ¿No hablaba usted con esta persona mientras su hermano pintaba? Haga un esfuerzo», dijo ama. «Ni siquiera recuerdo el cuadro. Mi hermano hacía muchos, sin parar, uno detrás de otro, y a veces pintaba varios a un tiempo», dijo la mujer. Ama ya no sabía por dónde tirar. Aquella mujer tampoco ayudaba, y entonces la odié, no ahora: sé que soportaba a ama por elemental corrección…, pues ya habría descubierto que representaba una comedia. Estoy seguro de que lo sabía. Se anticipó en varios años a Martxel y a mí. ¡Y era su obligación habernos revelado la verdad, en vez de condenarnos a varios años más de sometimiento a la bruja!… Nadie habló en un rato, mientras ama recorría el amplio estudio fisgoneando aquí y allá, poniéndose de puntillas o agachándose para observar mejor algo que había llamado su atención, acariciando superficies o levantando objetos para mirar debajo, abriendo, incluso, un armario ropero, buscando, sin duda, las ropas con que posó la niña. Al cabo, se volvió y me atrevo a decir que sólo en mí clavó su mirada rota. «Jaso, Jaso», susurró, y ya no pude resistir el dolor de su expresión muerta y me precipité hacia ella, aunque no caí en sus brazos, sino que fueron los míos los que la acogieron, y algo así nunca antes había ocurrido. «¡Qué importante era para ti!», susurró. «¡La buscaré, Ama, la buscaré!», le dije, le prometí, le juré. ¿A quién se lo estaba jurando? ¿A ella?, ¿a mí? Me encontré perdido. Se lo juraba a ella y no la hería. Me lo juraba a mí, pero sólo porque ella así lo deseaba. ¿Qué ocurría en el mundo? Luego, vino la vibrante conferencia de Arturo Campion y nuestro peregrinar en busca de la modelo y la insoportable pregunta de Martxeclass="underline" «¿Qué harás con ella cuando la encuentres, Jaso?». Vivimos aquellos tontos años en la creencia de que estábamos salvando a Euskadi. ¿Lo creía también Martxel? Él no es como yo, pero se comportaba como si lo creyera. Sí, sí que lo creía: estaba tan engañado como yo. Escribía apasionadas reseñas sobre nuestros viajes, que publicaban las revistas vascas, especialmente

La Patria, semanario de Sabino Arana. Se disputaban sus trabajos. En dos o tres ocasiones el propio Sabino Arana los mencionó en algún artículo suyo, animándole a seguir en su «tarea salvadora» -así la calificó expresamente-, y poniéndole como ejemplo. Mi hermano adquirió cierto renombre y, hacia el final del pasado verano, le ofrecieron la tribuna del Centro Vasco de Bilbao y pronunció dos conferencias, bajo el título general de «¿Qué hacemos por la salvación de nuestro pueblo?», por las que fue muy felicitado. Entre la mejor juventud vasca nació una conciencia de superación y se organizaron grupos para misiones semejantes a la nuestra, pero su tiempo de actividad no pasó de unos meses. Ello me convenció de que a Martxel y a mí nos animaba un espíritu distinto y superior, consecuencia de haber tenido nosotros, y ellos no, una inspiradora tan especial como ama. Nunca me sentí tan unido a ella como entonces; nunca ama, Martxel y yo formamos un solo cuerpo tan impecable. Era como la consumación de nuestros sueños; no precisamente el vivir ya en la Euskadi soñada, sino algo mejor: la marcha, juntos, hacia esa Euskadi a través de un camino empedrado por el enemigo. En sus reuniones del Bizkai Buru Batzar, ama sacaba siempre el tema de sus dos hijos y sus viajes místicos de purificación, y aquellos hombres -ella era la única mujer- decían: «Bien, bien, adelante, adelante», y Sabino Arana decía: «Es un honor tener entre nosotros a la madre de esos muchachos… Y ¿qué hace tu hija, Cristina?», y ama le contestaba: «Ésa, para casa», y Sabino Arana asentía con la cabeza… ¡Qué feliz era ama contándonos todo esto! ¡Y qué acierto el suyo al disponer que Fabiola no nos acompañara! ¿Lo dispuso o simplemente nuestra hermana eligió por sí misma otro rumbo? Hacía versos a los pájaros y a las flores, se quedaba mirando la luna por las noches y le pedía a aita que le trajera libros de poesía, pero en varios años él sólo le regaló dos o tres; con su desconfianza hacia cuanto viniera de aita, ama se ocupó de que don Eulogio los leyera previamente y nuestro párroco devolvió sólo uno, yendo los otros al fuego. Fue Dios quien determinó que una mujer no se sumara a nuestros viajes, en los que vi cosas que nunca había visto, tuve conocimiento de bajezas horrendas, aprendí de la vida negruras que hubiera preferido ignorar. Miraba yo a Martxel y él sonreía. «¿Cómo esperas desterrar ciertos pecados si no sabes que existen?», exclamaba. Él nunca se escandalizaba, viera lo que viese; nunca se sorprendía de nada. Y no sólo no se estremecía ante aquellas fealdades, sino que parecía comprenderlas e, incluso, aceptarlas; parecía que sólo por mí las combatía, para seguir preservándome de toda contaminación. ¿Y él? Saltaba a la vista que ponía todo su calor en la lucha; era un orgullo para mí que mostrara tal ahínco en la eliminación del mal. Así era, sin duda. Pero quedaba aquella sonrisa suya, tan burlona, asomando fugazmente, a pesar suyo. Llegué a la conclusión de que Martxel rechazaba el nauseabundo comercio de la carne entre nosotros, los vascos, por fidelidad a lo que éramos y deberíamos seguir siendo, pero lo admitía en otros. Era tan fuerte como para eso.