Выбрать главу

»-Coja a su hermano por los pies y llevémosle a mi cama. Por esa puerta. Esperemos que sea sólo un desmayo. ¿Le pasa con frecuencia? ¿Está enfermo?

»- ¡Jaso, perdóname, no quise decirlo! ¡Soy un bruto, olvida mis palabras! ¡Perdóname, perdóname! ¡Jaso, oh, Jaso, mi pobre hermano!»

Encontramos en un caserío del interior un rostro de muchacha que era el mismo del cuadro. Sí que habíamos visto otros que nos hicieron dudar, pero en esa ocasión Martxel y yo nos dijimos con las miradas: «Es ella, ¡por fin!». Aunque enseguida supimos que jamás había posado para ningún pintor. Bueno, es lo que nos dijeron aquellos Arroebarrena. La chica tenía menos de veinte años, y era como tener el cuadro delante. ¡Qué precioso perfil de vasca! La familia tenía que estar en un error. «Recuerden, recuerden», les pedíamos Martxel y yo. Pero ellos se mantenían muy seguros: «No conocemos a ningún pintor, ninguno ha visitado nunca nuestra casa, ni Adela ha ido nunca a casa de ninguno a que la pinte». Martxel les preguntó cuánto tiempo llevaban viviendo allí, y le contestaron que unos cien años. «¿Cien años? ¿Seguro? ¿No hará menos tiempo?», les preguntó Martxel, y yo no sabía adónde quería ir a parar. «Porque ustedes proceden de la costa», añadió Martxel. «En Getxo hay un caserío Arro. ¿No vivían ustedes en él hace sólo ocho años y un pintor de por allí, llamado Aurken, no usó a Adela de modelo para un cuadro?» Esta vez la negativa de los Arroebarrena fue tan rotunda que esperé de Martxel una retirada. Por el contrario, sus ojos brillaron con excitación al preguntarles: «¿Cien años? Y ¿de Arro de Getxo?». Contestaron que sólo sabían con certeza que ellos eran Arroebarrena y que en tiempos de su bisabuelo la familia cambió de casa. «Hay muchos Arro en Euskadi, pero apuesto mi mano derecha a que ustedes son los Arro del caserío Arro de Getxo», dijo Martxel, más bien exclamó, con entusiasmo. «¿Por qué demonios abandonó vuestro bisabuelo el caserío raíz?» Los Arroebarrena no lo sabían. «Esto hay que arreglarlo», concluyó Martxel.

Cabalgando de regreso me explicó que era preciso reintegrar a los Arroebarrena a su hogar milenario y desalojar a sus actuales ocupantes, que no tenían ningún derecho a vivir allí. Recordé que en Arro vivían los Pagandura, que abonarían renta o serían propietarios del caserío, y por tanto tenían derecho a habitarlo. «¡Hablo de derechos históricos!», exclamó Martxel. Y entonces lo entendí. ¡Dios mío!, era como reinstaurar el antiquísimo orden en nuestra desordenada tierra.

Martxel reveló atropelladamente a ama su plan, y por el rostro de ella fue extendiéndose un amanecer. «¡Sólo a Jaso se le ha podido ocurrir esto!», exclamó, abrazándome. «¿Quién, antes que él, había puesto el dedo tan precisamente en nuestra verdadera esencia? Si nuestro pueblo debe regresar a lo que fue, nada mejor que devolver cada apellido a su solar de origen… ¡Jaso, Jaso, si viviera el Maestro para ver que a Euskadi le ha salido otro salvador!» Martxel me miró y calló, y yo tampoco tuve valor para rectificar a ama. «¡La vuelta de las sangres a sus orígenes! Ni yo misma había llegado a tanto… ¡Jaso, mi pequeño Jaso!… Me limité a comprar caseríos para que dueños irresponsables no arrojaran de ellos a nuestros baserritarras y los demolieran con fines bastardos…, ¡pero esto de Jaso ha de recibir las mayores bendiciones de Dios! ¡Es colocar a las viejas sangres en los nidos precisos en que arrancó la historia de los vascos! Nos pondremos a ello y lo conseguiremos… Dicen las leyendas que nuestra historia comenzó aquí, en Getxo: ¿no es como una predestinación? Y que cada tronco eligió un techo y no se movió de él a lo largo de los milenios… Sólo en estos tiempos de perdición que vivimos algunas familias desprecian la tradición y, por ce o por be, cogen sus bártulos y marchan a otra parte… ¡Jaso, Jaso, qué oportunamente has sido inspirado por Dios!» Al buen Martxel no le importó que yo me quedara con toda la gloria.

La propia ama nos acompañó a Arro a tratar con los Pagandura. La escucharon con la boca abierta de asombro. «Estamos bien donde estamos», dijeron. Entonces ama les habló de la leyenda, de la vinculación entre sangre y primer emplazamiento; de los Arroebarrena, salidos de Arro hacía cien años, y de la necesidad de que volvieran. «Los Pagandura no son de Arro», les dijo ama. «No, pero nos hemos hecho», contestaron ellos. «Arroebarrena viene de Arro, cada nombre debe volver a su raíz», exclamó ama. «¿De dónde son los Pagandura?» Ellos se encogieron de hombros. «Lo averiguaremos y entonces os invitaremos igualmente a trasladaros a la raíz de vuestro nombre.» Los Pagandura replicaron algo penoso: «Tonterías». Ama se encendió: «No sé qué les ocurre a otros pueblos con sus leyendas, pero las leyendas de los vascos son verdad». Y ellos: «Así será, si usted lo dice, señora marquesa, pero nosotros estamos bien donde estamos». Finalmente, hubo que recurrir al dinero, a la oferta de 2000 reales hecha tras dos o tres meses de visitas y de charlas inútiles en la cocina o bajo la parra. Lo estuvieron pensando otro mes. Aceptaron, con una sola condición: se esperaría a tener recogida la cosecha.

Quedaba la otra parte: los Arroebarrena. Ama se emocionó al ver el rostro de Adela y también le costó admitir que no fuera la modelo del cuadro. Intuí que esta segunda negociación se desarrollaría sin graves impedimentos: no se trataba de sacar a alguien de su casa, sino de llevarla a ella. Y los Arroebarrena, por muy ignorantes que fueran de nuestras leyendas, debían de sentir el frío de vivir desplazados de las tejas señaladas para ellos por Dios. Se les advirtió el orgullo de proceder de un antiquísimo caserío de la costa. Ni ama ni Martxel ni yo tocamos la posibilidad de que no fueran los descendientes directos, aunque Martxel me repitió por lo bajo que se jugaba la cabeza a que sí. En quince días aceptaron, y no hubo que recurrir a los 2000 reales. Sólo pidieron los gastos de viaje e instalación. Como los Pagandura estaban en renta, ama se entrevistó con el propietario de Arro para hacerle una oferta de compra. Ante la resistencia de Antonio Sagarduy, hubo de pagar el doble de su valor material, pues el otro valor, el que no tenía precio, el Sagarduy ni lo olió. Así, pues, ama se hizo con una de nuestras raíces legendarias. Aquella tarde nos sentamos con Fabi ante el fuego de la gran chimenea del salón y ama contó a nuestra hermana aquella gran victoria de nuestra causa. Se la contó con ese recogimiento del que siempre sabía contagiarnos cuando nos desgranaba leyenda tras leyenda. Aquellas sesiones inolvidables no tuvieron principio; quiero decir que me gustaba pensar que nadie las inició, ni siquiera ella, ama, sino que eran como el ser de la familia, porque en ellas éramos más familia que nunca, porque aita nunca, nunca, estuvo en ninguna: existían, precisamente, porque él nunca las contaminó; como fruto de esta garantía nacieron. Indefensos como estábamos los cuatro en el salón, expuestos a cualquier irrupción insoportable, nunca ocurrió lo tan temido, nunca supimos a qué distancia se encontraba de nosotros el ectópago, si fuera o dentro de casa, y ni la tonta de Fabi profanó ninguna sesión comentando: «Ésos son los pasos de aita entrando en casa», o «ha dicho aita que hoy no cenará en casa», o «me gustaría tener un ojo en África para ver cómo caza aita», o «aita está con unos señores en su despacho». Era como si las sesiones implantaran su propia discriminación… Pero el enemigo estaba dentro, las sesiones se equivocaron al aceptar a alguien indeseable. ¡Muerte a la bruja que las destrozó! Legiones de signos presagian los peores males… Mi cabeza estalla de dolor. ¡Oh, maldita, maldita, tu engaño no debió durar tanto!… Nunca aletas de gran tiburón habían cortado el mar frente a la playa de Arrigúnaga. Por las noches, la luz de la luna es de color sangre. Las corrientes depositan en nuestras costas cientos de ahogados de todo el mundo. Los niños no pueden jugar porque han olvidado cómo se juega. La liebre que por los cielos persigue el cura errante con escopeta es negra… ¡Oh, maldita, mi odio me impide concentrarme para fraguar la venganza! Mi cabeza está llena de erizos… Y el pobre y grotesco Jaso preguntó entonces a su hermano cuándo proseguirían la búsqueda de la muchacha del cuadro, pero Martxel estaba enfrascado en la elaboración de un censo de caseríos de Getxo no ocupados por sus legítimos fundadores, tarea iniciada ya en aquella inolvidable sesión: él y ama estrujándose la memoria para recordar, no sólo nombres de caseríos, sino todos los nombres, todos los caseríos, y entre los registrados entonces y durante las caminatas de los días siguientes salieron más de ochenta, y ama dijo que no era posible… «No, no es posible, no eran tantos al principio.» «¿En qué principio?», preguntó Fabi. «No se trata de cualquier principio, sino del Principio», dijo ama, «del verdadero Principio, Principioooo…» y pronunció tan graciosamente la palabra, prolongando las oes como si el sonido surgiera del túnel más profundo imaginable, que Martxel, Fabi y yo reímos a coro, y a cosas así me refiero al decir que aquellas sesiones eran la verdadera familia. Pero Fabi insistió en saber qué era ese Principio, y del rostro de ama huyó toda concesión y yo me dispuse a pisar suelo sagrado, como en tantas ocasiones. «Los vascos presumimos de buena memoria», dijo ama, «pero ¿qué memoria resiste el tiempo de los vascos? Y como nada hemos dejado escrito… Aunque, ¿cómo pedir escritura a gente que en ese Principio apenas sabía hablar?» Fabi perdió la paciencia y golpeó el suelo con el pie: «¡Pregunto en qué principio!». Yo conocía muy bien la respuesta de ama, por habérsela oído tantas veces desde niño, lo mismo que Martxel; la tonta de Fabi, aun estando entre nosotros, siempre parecía vivir en otro mundo… Según la más vieja de nuestras leyendas, la primera noticia que habla de Getxo se refiere a los asentamientos de varias docenas de familias, «no llegadas de ninguna otra tierra», precisaba ama, y esperaba mi consabida pregunta: «Si no llegaron de otra tierra, ¿de dónde llegaron?». Ella se inflaba al contestar: «Unas veces mi bisabuelo decía que del cielo, y otras, que de la mar», y nuestro juego me exigía una protesta (o se la exigía a Martxel, era lo mismo): «La gente no puede vivir en el cielo, y en el agua se ahoga»… También en eso nos engañaba la bruja, ahora lo sé: lo ignoraba todo sobre la leyenda, o casi todo, y no le disculpa el que su bisabuelo lo ignorase igualmente: nos engañaba al transmitirnos como auténticas muchas noticias que se inventaba, o, al menos, las soñaba, y quizá ella misma acabara creyéndolas. A veces, sin embargo, renegaba de su propia memoria, como al suponer excesiva la relación de más de ochenta caseríos fundacionales. «¿Por qué no?», protesté. «¿Cuántos eran, según tu bisabuelo?» Ama se desesperaba: «¡No lo sé, no lo recuerdo!». «Si no lo sabes o no lo recuerdas, ¿cómo sabes que no eran ochenta?» No, ahora no se trataba de un juego, porque ama sufría de verdad, porque yo necesitaba saber el número de familias, clanes, caseríos, chozas o cavernas existentes en ese Principio en nuestra tierra (sin saber, exactamente, por qué necesitaba saberlo), y porque para nosotros era nueva la cuestión, nos sumergíamos por primera vez en aquella entrañable lejanía. Estábamos también en el salón de nuestras sesiones inolvidables, y ama repetía: «Os estoy fallando», y Martxel contaba, una y otra vez, los nombres de la larga lista que sostenía en las manos, y Fabi desesperaba de saber qué era ese Principio, y yo no sabía cómo tranquilizar a ama. «¡Vaya madre que tenéis que no lo recuerda!», casi sollozó. «No, no lo recuerdo… ¡Ha pasado tanto tiempo desde que me lo contó! ¡Y si yo hubiera sabido que ahora iba a ser tan importante…, o mi bisabuelo! ¡A él le correspondía haberlo sabido… y habría grabado a fuego en mi memoria ese misterioso número del Principio y yo lo habría conservado hasta este gran día! ¡Pero soy tan culpable como él por no haberlo presentido! Odiad a vuestra madre, hijos míos…» «Ochenta y tres, siempre ochenta y tres», dijo Martxel, levantando de golpe el rostro de la lista. «Ochenta y tres», dijo Fabi, «un número como otro cualquiera. ¿Por qué son muchos caseríos?» «¡Dios mío, es lo único que sé, que son muchos!», dijo ama. «Mi bisabuelo hablaba teniéndome sobre sus rodillas y yo sí podía llegar hasta el número que él repetía con veneración…, ¡porque entonces yo sólo sabía contar hasta el medio centenar! ¿Está claro por qué sé que no son ochenta y tres?» «¡Medio centenar! ¡Cincuenta!», dijo Martxel. «¡Los caseríos podrían ser entre uno y cincuenta! Suponiendo que tu abuelo conociera con exactitud el número… ¿Lo conocía? ¿Se puede conservar intacto un número a través de los milenios? ¿Acaso podía saber él si era el auténtico o el falso?» «En cualquier caso, ya no importa, porque ama no lo recuerda», dijo Fabi. «Es justo que hasta mi propia hija se burle de mí», dijo ama, llevándose un pañuelo a los ojos. Y añadió: «Escucha, Martxeclass="underline" no llames sólo auténtico a ese número, porque es mágico. ¡Sí, mágico!, porque todo en el pasado de los vascos tiene un significado, y esto también lo tiene, y muy especialmente, por pertenecer de lleno al Principio». «Pero ¿alguien me quiere explicar qué es el principio de qué?», dijo Fabi. Aquella misma tarde, antes de anochecer, Martxel y yo nos pusimos a la tarea, porque él había dicho: «Los caseríos están ahí, sean veinte, cincuenta o cincuenta mil». Y Fabi se quedó con ama para escuchar de sus labios lo que era el Principio; es decir, para remediar su desinterés por el gran tema que, para ella, parecía haber sido hasta entonces una de tantas cuestiones despreciadas por una damita desabrida que empezaba a vivir.