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El pasado sin tiempo de los vascos se nos hizo más grandioso al enfrentarnos a tantos nombres de familias cuyas raíces se hundían, más que en sus viejos caseríos, en la tierra de esos caseríos, tierra sobre la que estuvieron sus anteriores viviendas, la antiquísima primera y las que la siguieron, que no serían como los caseríos de hoy. No sólo aprendí mucho de aquella experiencia, sino que aprendí desde dentro; aprendí estremeciéndome de vértigo al descubrir que el caserío de los Bildostegi se llamaba Bildotena, y al soñar después aquella misma noche que, en otro tiempo, es decir, en algún tiempo del Principio, bien pudo llamarse Bil, seguramente se llamó Biclass="underline" no había duda de que los Bildostegi seguían estando en su sitio, así como los Altube en su Altubena, que pudo llamarse Aldu, y antes, Alda, y antes, Ala… Martxel y yo avanzábamos de entusiasmo en entusiasmo al palpar cada hermanamiento familia-caserío, y en varias ocasiones él tuvo que conducirme a casa a lomos de un burro o en sus propios brazos, y ama me recogía y mimaba, me envolvía en mantas y me daba a beber infusiones de yerbas, y al pasársele el susto confesaba sentirse muy orgullosa de ser madre de un sensible muchacho que se conmovía hasta el extremo de desmayarse ante la profunda inmensidad del mundo vasco. Martxel decía: «Los Altube están en su sitio, no hay que moverlos, tendré a Andrea siempre cerca», pero lo decía para mí sólo, y más tarde habría yo de recordarlo, cuando la bruja consiguió romper sus relaciones, y comprendí que Martxel había vivido los últimos años bajo una extraña amenaza. ¿Qué le hizo sospechar que ama no era como simulaba? ¿Acaso se adelantó a ver las terribles señales que yo advierto sólo ahora? ¿Supo, ya entonces, que ella era una bruja? ¡Por Dios, siempre el tonto de Jaso!

Pronto descubrimos que nos movíamos sobre espejismos, y en esto Martxel intentó también ocultarme la verdad, pero, al cabo, en nuestro trabajo se impuso la eficacia a cualquier pasajero desaliento, el saber si los resultados que íbamos obteniendo eran reales o no. Yo me habría contentado con respuestas nebulosas, pero Martxel era implacable. Había sesiones inolvidables todos los atardeceres, a nuestro regreso, y discutíamos, ama y yo contra Martxel. «Únicamente sobre la casa tenemos alguna certidumbre, sobre el caserío, el nombre del caserío… y, aun así, con reservas», decía Martxel. «¿Quién nos asegura que los Eguskiaga de Eguskiagaena y los Altube de Altubena, y tantos otros, son sus legítimos propietarios, los que las habitan desde el Principio?» «¡Qué vieja me siento desde que sé lo de nuestro Principio!», decía Fabi. «La familia recibe el nombre de la casa que ocupa», seguía Martxel, «la familia que llega a una casa pierde su nombre y gana el de la casa. Lo que perdura es el nombre de la casa y no el nombre de la familia. Suponiendo que la primera piedra de Altubena -o la primera paja de nido, o la primera caña, o el primer barro, o el primer tronco- se colocara en el Principio…» «¿También lo dudas?», clamaba ama. «¿Tan poco confías en nosotros?» «… suponiendo que se colocara en el Principio», proseguía Martxel, «pudo ocurrir que sólo una misma y única familia lo haya habitado desde entonces, y que esa misma y única familia fuera bautizada al mismo tiempo que la vivienda primera, y acaso esta condición la cumplan los Altube, es decir, que los Altube hayan sido Altube desde el Principio…, y entonces sí que esta familia sería una de las del número mágico. Aunque, ¡cuidado!, que bien puede ocurrir que los Altube de hoy sean Altube desde hace sólo cuatro, cinco o diez siglos, que no fueran Altube al llegar a Altubena, hace sólo cuatro, cinco o diez siglos, que perdieran su nombre -el otro, el suyo- y recibieran el de la casa, y entonces no pertenecerían a ese número mágico, aun llamándose hoy Altube y viviendo en Altubena.» «¿Es que no tienes compasión de Jaso? ¡Mira cómo se le ha ido el color de la cara!», exclamó ama. Aquello resultaba casi insoportable de escuchar. Pero Martxel aún no había acabado: «Por otra parte, hemos de descartar toda esperanza de localizar los caseríos mágicos entre los ochenta y tres. Ni seleccionando nombres por sus viejas raíces lingüísticas obtendríamos una lista fiable: cada nombre de los ochenta y tres caseríos de la confusión disfruta de su raíz más o menos vieja, pero ¿cómo saber cuál es más vieja?, ¿tiene algún sentido nuestra idea de vejez cuando penetramos en zonas en las que la unidad de tiempo puede ser de cientos de miles de años?». «¡Nunca lo habría creído de ti, Martxel!», se dolía ama. «Me gusta soñar tanto como a ti o a Jaso…, pero dentro de una lógica», se defendía Martxel. «Creo en nuestras cosas tanto como vosotros mismos. Creo. Creo. ¡Por Dios, creo! Creo en nuestras leyendas», me cogía de los hombros, «¡creo en nuestras leyendas, Jaso!», me sacudía, «creo tanto en nuestras leyendas que acabo de hablar de cientos de miles de años para nosotros. ¿No comprendéis lo que esto significa?» «Me siento una antigualla», decía Fabi. «Escucha, mi pobre Jaso», decía ama, «las horribles palabras de tu hermano son fruto de su gran desilusión, pero es cosa pasajera, te lo aseguro, hijo: en pocas horas recuperaremos al verdadero Martxel y proseguiremos…» Yo le corté para preguntar cuándo reanudaríamos la búsqueda de la muchacha del cuadro, y Martxel me dijo que no debía desertar del sufrimiento. «Acabamos de afrontar lo que, sin duda, es lo más importante de todo», me dijo. «No vuelvas la espalda a la realidad, aunque ésta sea dolor.» «¿Por qué le dices eso?», exclamó ama, «¿por qué le hablas de dolor? ¡Del pasado de nuestro pueblo sólo recibimos satisfacciones!» Entonces Martxel se le acercó. «Tú eres la culpable, en ti se interrumpen los mensajes», le dijo, pero enseguida sonrió. «¡Mi vida por una leyenda! ¡Oremos para que el alma de tu bisabuelo se presente a nosotros y nos recite la leyenda que a ti se te olvidó, ama!» «Espero que no te estés burlando de nosotros, Martxel», suspiró ama. «¡Mi fe necesita urgentemente una prueba!», exclamó Martxel. «¡Yo creería en la más increíble leyenda que me transmitiera cuál es ese número mágico y los nombres de las viviendas que lo componían! ¿Le llegó a tu bisabuelo todo esto procedente de nuestro hondo pasado? ¡Mis razones necesitan urgentemente de una leyenda!» «Hay que preguntar a los abuelos si recuerdan esa leyenda», dijo Fabi, y así fue como la única que lo estaba tomando a juego puso en marcha lo que nos condujo a los Baskardo de Sugarkea.