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Poco sabían de aquello el abuelo y la abuela, y me apresuré a consolar a ama diciéndole que la culpable no era ella sino ellos, mis abuelos, el eslabón generacional roto para la transmisión de la leyenda. Y entonces fue la propia ama la que dio un paso hacia los Baskardo de Sugarkea, al sugerir buscar a ancianos de otras familias que fueran depositarios de lo que tan intensamente buscábamos. Giramos varias visitas, pero las respuestas de los ancianos eran irritantes: «Algo de eso ya tenemos oído, pero no sé». «¿Las casas más viejas?… ¡todas! ¿Veis en San Baskardo alguna casa nueva?» «Yo creo que entre nosotros no hay nombres de antes y nombres de después: todos son de la misma hornada.» Uno de aquellos aitxitxes comentó que en una de las piedras del caserío Arrigúnaga había tallada una figura de persona con cola de pez, y fuimos a ese caserío, el más próximo a la playa, y era verdad: una mujer con cola de pez, una sirena. La única en no sorprenderse fue ama. ¿Qué nos quería transmitir semejante talla? «Es como si Arrigúnaga hubiera sido, en algún tiempo, vivienda de peces», dijo Martxel, «¡y ello sí que sería señal de antigüedad!» «Les he pedido mil veces a los Zanurruza que saquen del muro esa piedra y la tiren al mar», dijo ama. «¿Así que ya la conocías?», dijo Martxel. «¿Por qué nunca nos hablaste de ella?» «Porque es la prueba de un pecado», dijo ama. «¡Pero si parece una lamia!», exclamó Fabi. «¡Pues de ningún modo es una lamia!», pronunció ama con ardor. «¿Qué es?», preguntó Martxel, e insistió: «¿Qué es, ama?». «No os lo puedo decir», dijo ama. «¿Existió alguna vez?», preguntó Martxel. «Por desgracia, sí. Y no me hagáis hablar más», dijo ama. «¿No buscábamos pistas viejas?», dijo Martxel. «¡Esta sirena es la cosa más vieja que nos queda en Getxo! Es posible que Arrigúnaga sea uno de los caseríos mágicos. ¿No es de agradecérselo a esta sirenita? ¿Qué nos está diciendo? ¿Acaso su forma te obliga a preguntarte de qué tipo de padres nació una criatura con medio cuerpo de mujer y el otro medio de pez? Creo que nos ocultas alguna leyenda que habla de un vasco que tuvo amores con una merluza…», y Martxel se reía, y yo dije: «¿Cuándo nos ponemos otra vez a buscar a la muchacha del cuadro?». Ama se secaba los ojos con su pañuelo. Había en la expresión de Martxel un brillo de triunfo que me hacía daño. «¡Acabo de sacar a la luz la cana al aire de uno de nuestros venerables antepasados!», exclamó. «¿Cuándo nos ponemos a buscar a la muchacha del cuadro?», grité. «¡Quiero empezar a buscarla ahora mismo!» «¿Y qué harías con ella si la encontramos, Jaso?», me lanzó el odioso Martxel. «¡Mira, ama, qué rojo se ha puesto Jaso!», exclamó Fabi. Martxel se mesó los cabellos. «Necesitaremos Dios y ayuda para sacar de Arrigúnaga al Zanurruza», dijo. Y ama: «Eso, después de que encontremos el tronco de los Arrigúnaga, y nosotros lo encontraremos, ¿eh, Jaso?».

«¿Hay en Getxo más caseríos con sirenas talladas en sus piedras?», preguntó Martxel. «No», dijo Isidro Zanurruza. Venía de la huerta y no oímos sus pasos. Era un viejo todavía tieso y fuerte, y vivía solo. Ama se enzarzó con él en un toma y daca de preguntas y respuestas, tranquilo Isidro, nerviosa ama, y con un Martxel metiendo baza de continuo. Nada importante nos contó Isidro; ni siquiera sabía cuántos años llevaban los Zanurruza viviendo en Arrigúnaga. Nos retiramos con ama llorando silenciosamente. «¡Ea, ea, que hace un par de horas no sabíamos de ningún caserío mágico y ahora ya tenemos uno!», dijo Martxel. «Pero ¿dónde estarán esos Arrigúnaga?», dijo ama. En los días siguientes, Martxel y yo proseguimos nuestra búsqueda, y aprovechaba yo las visitas a los caseríos para volver a preguntar por la muchacha del cuadro. Sin embargo, cuando ama venía con nosotros, no me atrevía a mencionar a la modelo. Y Martxel tampoco lo hacía, porque le había dado muy fuerte lo del número mágico. Era como ir dando palos de ciego. Transcurrían las semanas y no avanzábamos. No encontramos más sirenas talladas, según nos aseguró Isidro Zanurruza; ni ninguna otra pista vieja. Ama reconfortó nuestro ánimo con una de sus frases únicas: éramos un pueblo tan viejo que nuestras ataduras con el pasado se habían convertido en polvo. «Nuestro caso es único y a la Historia le ha pillado de sorpresa», decía, y Martxel y yo recogíamos cuidadosamente aquellas palabras que llegaban a hacernos desear, incluso, el no encontrar nunca lo que buscábamos. De pronto, en una de aquellas noches, desperté sobresaltado y descubrí el rostro de Martxel sobre el mío. «Ven a hablar con ama» «¿Qué le pasa?», exclamé. «No le pasa nada, está dormida, por eso la vamos a despertar.» «Se trata de aita, ¿verdad?», exclamé. «No, no se trata de aita. Es que necesito decirle algo estupendo que se me acaba de ocurrir.» «¿Y ha de ser ahora?» «Cuando lo sepas, sentirás que tú tampoco puedes esperar.» De puntillas y en camisón, entramos en la alcoba de ama. Hacía ya cuatro años que no se cerraba por dentro por las noches. Martxel y yo quedamos a un lado y a otro de su cabecera. Era la primera vez que yo la contemplaba dormida y el descubrimiento me dejó suspenso. Dios mío, Dios mío, qué hermosa era. «Ama, ama», susurró Martxel, y encendió la vela de la mesilla, tomó la palmatoria, se sentó en el borde de la cama y acercó la llama al rostro de ama. Yo también me senté. Despertó. «¿Qué pasa?» Mis dedos rozaron su cabello, para tranquilizarla, y Martxel le dijo: «Sólo queríamos hablarte», y añadió, sin esperar su aprobación: «¡Los Baskardo de Sugarkea!». Ama se incorporó de un solo impulso, quedó sentada, con el gorro de dormir un poco descompuesto, y del todo despierta. Miró a Martxel y me miró a mí. «¿Estáis locos?» Y volvió a mirar a Martxel. «¿Estás loco?» «¡Ellos lo saben!», exclamó Martxel. «¡Iremos a verles mañana mismo!» «¿Estás loco?», repitió ama. «¿Para qué? ¿Qué es lo que saben ellos?» Los dedos de Martxel se cerraron sobre el brazo de ama. «¡Todo, todo, lo saben todo! ¿Cómo no ha salido de ti? ¡Sugarkea es otro de los caseríos mágicos! ¿Y quién de nosotros se atreve a poner en duda que sus dueños actuales no sean los del Principio? Iremos a preguntarles y nos lo contarán todo.» Ama se cubrió la cara con las manos y así permaneció un rato, y la impaciencia de Martxel hubo de consentírselo. «Creí que te traía una buena noticia, que saltarías de alegría al recordar que esos Baskardo de Sugarkea son…», dijo Martxel. Ama retiró lentamente sus manos y yo recuperé su rostro. «No nos dirán nada», susurró. «¿Qué?», exclamó Martxel. «No nos dirán nada», repitió ama. Era un rostro tranquilo, sin dolor. «Son insolidarios, no acatan nuestra Iglesia ni nuestras leyes, no hablan con la gente, a la que ignoran…, es como si no existieran…» «¡Pero están ahí, existen…, y lo tienen que saber todo, porque ellos son…», exclamó Martxel, poniéndose en pie. «¿Qué nos han hecho o qué les hemos hecho nosotros a ellos? ¿Por qué no se les mira como a los demás?» «Así están las cosas», dijo ama, fríamente. Martxel se inclinó sobre ella, hasta casi juntar sus rostros. «¿Es que no te sientes orgullosa de ellos?», preguntó. «¿Orgullosa?», dijo ama, sin mover un músculo de su expresión. «¿Acaso no constituyen una reliquia viva de ese pasado nuestro tan añorado?», dijo Martxel. «¿Acaso no son nuestro propio tiempo perdido? ¿Acaso tú misma no has llevado a visitantes a que los vean? ¡No lo entiendo, no lo entiendo!», y ahora era Martxel el que inspiraba compasión. «Iremos a preguntarles lo que ellos saben y nosotros no. ¿O es que también les niegas esto?» Ama dijo algo inesperado: «Tengo sueño», y se dejó caer de espaldas sobre la almohada. «¿Te niegas a ir a Sugarkea?», casi gritó Martxel. «No me dirían nada», susurró ama. «¿Por qué, si tienen la respuesta?», casi gritó Martxel. «Nos desprecian», dijo ama. ¿Dijo eso ama? ¿Dijo, realmente,

nos desprecian? «¿A quiénes desprecian?», casi gritó Martxel. Había oído lo mismo que yo. «¿A quiénes desprecian? ¿A quiénes desprecian?» «Me duele la cabeza», dijo ama. Cogí a Martxel del camisón y lo saqué de la alcoba. «¿No has oído que le duele la cabeza?» Martxel se revolvió, gritando: «¿Y por qué han sido otros y no tú quienes me hablaran de ellos? ¿Por qué nunca los mencionas?». Logré cerrar la puerta y acompañarle a su dormitorio, todo sin ruido: habría sido muy desagradable que aita apareciera en un momento tan terrible como aquél. «Ama sabía desde un principio que los Baskardo de Sugarkea tenían la respuesta…, y nosotros gastando suela por Getxo», decía Martxel. «¿Por qué? ¿Por qué?» Sólo al oír entonces la palabra Baskardo caí en la cuenta de que también era nuestro apellido, el apellido de aita. Creí tener la explicación. Pensé: «Ama no quiere nada que venga de aita, y esos Baskardo son sus antepasados, por eso ella…». Pero Martxel me cortó: «No, no…, Ama sabe bien que aita ya no lleva una sola gota del primitivo tronco Baskardo…, ¡y cómo se le nota que no lleva!…, y si ama rechaza a aita por estar destruyendo nuestro mundo, tendría que venerar a esos Baskardo de Sugarkea, que son nuestro mundo… ¿Y por qué no ocurre así?». Bueno, creí que aquello que pensé sólo lo había pensado… Martxel se tendió en su cama, pero se equivocó, porque no podía dejar de moverse. Saltó al suelo y se puso a cruzar la habitación de un extremo a otro. «¿Te das cuenta, Jaso? Es la primera vez que no comprendemos a ama…» «No digas eso. Es que le duele la cabeza y tiene sueño… Mañana…», protesté. «Es la primera vez que no comprendemos a ama… ¿Qué pasa con los Oiaindia y los Baskardo?» «No digas que no comprendemos a ama», dije. «¿Qué es lo que sabe y nosotros no?», casi lloró Martxel. «¿Viste cómo palideció, incluso a la luz de la vela? ¿Por qué?… Jaso, es la primera vez que no comprendemos a ama.» «Yo sí la comprendo: ama siempre tiene razón.» «Vístete», dijo Martxel. Me lo tuvo que repetir varias veces. Era de noche. Se vistió y me arrastró a mi cuarto y casi me vistió él a mí. «Es hora de dormir… ¿Adónde vamos?» Ahora, tres años después, me llamo idiota e ingenuo por no haber sabido desenmascarar entonces a la bruja.