Выбрать главу

Yo iba muy asustado cuando Martxel me sacó de noche sin permiso de ama. Se dirigió a la costa, y ni siquiera este rumbo me reveló sus intenciones. «No debemos estar aquí», le repetía. Sus pisadas eran firmes y ruidosas en el silencio de la noche. «Nos verá alguien.» Los bultos de casas, jaros y árboles me parecían de otras formas a aquella hora; incluso la brisa del mar sonaba de modo diferente. Cruzábamos un escenario mojado por el rocío. Dejamos atrás La Venta y luego la iglesia. «Dios mío, Martxel, regresemos.» «Ya hemos llegado. Silencio.» Se apostó tras unas zarzas y tiró de mi brazo para clavarme a su lado. Estábamos en los límites de las tierras de Sugarkea. «Esperaremos. Dicen que esta gente se levanta con la primera luz, sin importarle que sea domingo o festivo. En cuanto veamos a uno, le preguntaremos.» «Ama dijo que no nos harían caso», dije. «¡Dios, al menos quiero saber por qué no nos harán caso!» Sugarkea no era como los demás caseríos, no tenía semejanza ni con los más viejos: era una especie de cabaña de pastores, de piedra y troncos. Se diferenciaba, además, en que no tenía chimenea, sino un simple agujero en el techo del que salía humo día y noche, pues en aquel hogar nunca se apagaba el fuego. Aquellos Baskardo hacían vida aparte, nunca iban a misa ni a romerías, decía don Eulogio que ninguno de ellos figuraba en sus libros parroquiales, ni tampoco en las listas vecinales del Ayuntamiento. Era creencia general que estaban locos y que su locura pasaba de una generación a otra. «Tampoco lo sabrán», dije. Pero a Martxel parecía haberle dejado de interesar lo del número mágico y los nombres troncales. Tenía los ojos clavados en Sugarkea y no me oía. «Son de Getxo y no lo parece… Apenas se habla de ellos… Están ahí, pero es como si fueran invisibles… ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido entre ellos y Getxo? O ¿qué ha ocurrido entre ellos y los Oiaindia?», decía Martxel, en un incesante susurro. «Ama dijo que así estaban las cosas», dije. «Sí, pero ¿por qué?», y esta vez Martxel no respetó el silencio. «¿Por qué no hemos sabido de estos extraños

baserritarras a través de ama sino de descuidos de otras gentes, de palabras perdidas aquí y allá, y de nuestras propias observaciones? ¿No has oído, Jaso, que son los mejores cazadores? Hace cuatro años se vio a uno de ellos regresar con un reno al hombro. ¡Un reno! ¡Ellos saben dónde quedan aún renos en nuestra tierra! ¿Qué saben los Baskardo de Sugarkea que los demás no sabemos?» El tiempo se me hacía eterno junto a un Martxel atormentado que se atrevía a introducir la inquietud en lo que era perfecto. ¿Qué hacía yo allí, a espaldas de ama? ¿Qué mosca le había picado a Martxel?… Todos los ruidos de la noche se me antojaban amonestaciones que las cosas nos lanzaban a Martxel y a mí, y el estruendo de la resaca, subiendo desde el fondo del acantilado, era la voz más insoportable. «Volvamos a casa, Martxel, por favor.» Ni por un momento se me ocurrió dejarle y regresar solo, pues sin él a mi lado mi sentimiento de culpa habría sido más lacerante. «¡Por Dios, Martxel, no es limpio vigilar así a una familia!» «Ya pensaré en eso después.» Volvió el rostro y se lo pude distinguir, descubriendo así que la noche empezaba a retirarse. «¿No sabes que en Getxo todo el mundo vigila a todo el mundo?», me dijo. El verdadero paso de la noche al día no lo marcó esa primera luz sino el bulto que salió de Sugarkea. «Ah, ah», le oí a Martxel. Rocé casualmente su brazo y temblaba. El bulto se movió por los alrededores de la vivienda y nos llegaron unas fuertes expansiones guturales, que más que de persona parecían de animal. «¡Nos ha visto!», dije. «No, no te alarmes: sólo está despertándose. Me han contado que hacen esos ruidos al levantarse», dijo Martxel. Pero estaba tan nervioso como yo. De pronto sonó un canto ronco y monótono, un ruido como el de antes, pero con una fluyente armonía interior. ¿Era realmente un canto? Me dije, para tranquilizarme, que sería una oración vespertina dirigida a Dios, o al menos a algún dios, el suyo, cualquiera que fuera; o dirigida a humanos para expresar una voluntad conciliadora, por encima de las apariencias. «Es una oración, ¿verdad, Martxel?» Salieron de la vivienda dos o tres bultos más y repitieron, primero, las expansiones guturales, y luego el canto-oración…