Ni la propia Fabi pudo imaginar hasta qué grado iba a ser importante para ella aquel día. El uniforme de militar de Román Pérez de Angulema no destacaba entre los de los Caballeros del Santo Sepulcro y otras órdenes, marinos de la Armada, civiles disfrazados de negro y demás. «Ese militar de bigotes no se pierde ningún baile con nuestra hermana, y ella parece muy complacida», me dijo Martxel. Le acompañé en su recorrido de averiguación por el club. El tal Román era uno de los directamente derrotados en la guerra de Cuba. Evacuado por herida en combate, desembarcó en Bilbao y se quedó. Era de Palencia, vivía solo y no se le conocían bienes.
De regreso a casa, ya de madrugada, sentado frente a Fabi, observé que su mirada no estaba en el coche sino perdida en algún punto del pasado. Se le llamaba: «Fabi… Fabi…», y tardaba en despertar y responder, o simplemente no respondía. Cuando Martxel dijo: «Los gallardos uniformes con bigote hacen estragos entre las tontas damiselas», Fabi no se dio por enterada.
Dos meses después, se acercó a Martxel y a mí con una súplica que sólo a mí me sorprendió: «Ayudadme. Sólo os tengo a vosotros». Al ir yo a preguntarle qué clase de ayuda necesitaba y para qué, Martxel le dijo: «Se te pasará, hermanita. Trata de olvidarle y ya verás como el día menos pensado te levantas como si nunca le hubieras visto». «Eso no ocurrirá jamás. Le amo», dijo Fabi, trascendente y casi sin rubor, y así descubrí a una hermana nueva. «¿Por qué enrojeces, Jaso?», dijo Martxel. Se volvió a Fabi: «¿Sabes que es de Palencia?». «No importa. ¿También vosotros vais a empezar con eso?», dijo Fabi. «De Palencia», dije yo. «¿Es que ya ha empezado ama?», dijo Martxel. «No lo sabe. Por eso pido vuestra ayuda», dijo Fabi. «De Palencia», dije yo. «¿Qué es lo que no sabe? ¿Qué te ha entontecido el bigotes o que es de Palencia?», dijo Martxel. Entonces Fabi se echó a llorar. «Estaba segura de que no me ayudaríais», dijo, «aunque es la primera cosa importante que os pido en mi vida.» «Deberías tenerle más respeto a ama», dije. Martxel soltó una carcajada. «Ocurre que Fabi se ha enamorado y ella es la primera sorprendida», dijo. «No pretende faltarle al respeto a nadie. Los flechazos son así.» «¡Que olvide lo que siente, porque está ofendiendo a ama!», dije. Martxel siguió riéndose. «No se puede mandar en el corazón, Jaso», dijo. «¡Cállate!», dije. «Lo malo de Fabi no es que se haya enamorado sino…», dijo Martxel. «¡Cállate! ¡Cállate!», dije, «…sino que él es de Palencia. Fabi está en la edad más justa para enamorarse… ¿Por qué te pones rojo, Jaso?», dijo Martxel. «Fabi es más pequeña que yo», dije. «¡Vaya una razón!», dijo Martxel. «¡Ama no quiere que se hable de estas cosas! ¡Nunca se han hablado entre nosotros! ¿Acaso le has hablado tú de Andrea a ama?», dije. La boca de Martxel se quedó sin risa. «Yo no quiero decírselo a ama, sólo que me ayudéis. No quiero decírselo a ama», dijo Fabi. «Ama y nosotros somos lo mismo, ¿es que no lo sabes? Ha sido un error tuyo hablarnos de ello. De esas cosas no debe hablarse», dije. «Ayudadme», dijo Fabi. «Al nombrarlo, lo has hecho imposible. La gente no debe pregonar sus vergüenzas. Estoy seguro de que ama no habló de… de… antes de casarse con aita», dije. «¿De qué estás hablando, Jaso?», dijo Martxel. «¿Por qué enrojeces otra vez?» «Ayudadme», dijo Fabi. «¿De qué hablabas, Jaso?», dijo Martxel. «¿De qué no habló ama antes de casarse?» «De lo que ya no habla con aita, pues al final todo se queda en lo que tenía que haber sido en un principio», dije. «Si no te pusieras tan rojo, quizá lograras que te entendiera… ¿Se puede saber qué quieres decir?», dijo Martxel. «Y, además, es de Palencia», dije. «No, no, yo quiero saber qué es lo que querías decir», dijo Martxel. «Ese militar es…», dije. «¡Deja en paz al maketo y desembucha lo que querías decir!», dijo Martxel. «¡Que Fabi no debe hablar de lo que siente, y mejor que no lo sienta, porque es más pequeña que yo, como tú tampoco hablas de lo que sientes por Andrea, como yo tampoco hablo de lo que siento por la niña del cuadro!», dije. «¿Qué mosca te ha picado, Jaso?», dijo Martxel.
Fabi llegó a denominar billetitos de amor a lo que pretendía que Martxel y yo hiciéramos pasar clandestinamente al militar, y viceversa. Reímos, a pesar de todo. Nos confesó, para enternecernos, que no veía a Román desde la fiesta en el Club Bilbao -ya habían transcurrido cuatro meses-; más exactamente, que no había tenido ocasión de hablarle, aunque sí de verle, a distancia, en un par de ocasiones en que acompañó a ama a Bilbao, y el militar, apostado, aguardaba su salida (y es lógico que luego las siguiera toda la tarde, cuidando de no ser visto), y cuando le dio por merodear la casa. Fabi vivió, pues, las tribulaciones de un amor prohibido. No comía, no dormía, adelgazó. En ningún momento se dio ama por enterada de estas angustias. ¿Las conoció? No hay duda de que sí. ¿Cómo, nuestra atenta ama, iba a estar ajena a lo que latía en uno de sus hijos? Pero se mantuvo en la sombra, calló, esperando a que la amenaza desapareciera por sí sola, que Fabi olvidara su primera locura sentimental. Fue como un tácito acuerdo establecido entre Martxel, Fabi y yo: Martxel y yo nos erigimos en únicos defensores de la incontaminación de la sangre, eximiendo a ama de toda preocupación, y la propia Fabi nos eligió a Martxel y a mí como únicos obstáculos que vencer, entendiendo que nadie -ni ella, por supuesto- disponía de la fuerza moral suficiente para proponer a la inexpugnable ama el innombrable pecado que pretendía cometer. Nos necesitaba a Martxel y a mí de aliados. Intentó conmovernos, aun sabiendo que éramos una prolongación de ama. «¡Ayudadme, ayudadme!», era su clamor. No sólo nos negamos a hacer de mensajeros de sus billetitos de amor, sino que vigilábamos que no saliera a escondidas de casa, aunque no pareció necesario, pues Fabi daba la impresión de tener tanto cuidado como nosotros de no obligar a ama a ocuparse personalmente del problema. Su rebelión se mantuvo, en general, dentro de límites muy discretos. Solíamos ver a Román Pérez de Angulema rondando nuestra casa, a bastante distancia de ella, oculto entre árboles. Es posible que lograra intercambiar con Fabi alguna seña, pero la cosa no pasaba de ahí. Martxel y yo solíamos arrojarle piedras desde las ventanas, y él, en cuanto le caían las primeras, se apresuraba a desaparecer. En cierta ocasión, Fabi sorprendió uno de nuestros ataques, y las lágrimas de humillación y de pena que brotaron de sus ojos no dejaron de enternecerme. Es que aquello me había llegado a parecer un juego sin consecuencias. Y, a todo esto, ama, la gran depositaría de todas las razones, sin salir a escena. Martxel y yo nos bastábamos para controlar la situación, cosa que nos llenaba de orgullo. Esta vigilancia nos obligó a suspender nuestros viajes de investigación, pero como transcurrieran los meses y el militar no dejara de frecuentar los alrededores de la casa, ni Fabi de suplicarnos ayuda, Martxel se cansó. «Tendremos que hablarle», dijo. «¿Hablarle?», exclamé. «Parece que no te importa tenerle por cuñado», dijo. Lo dijo, sin sospechar la quemante inquietud que sembró en mí. Pasé noches sin pegar ojo. ¡Dios mío, había que impedirlo a toda costa! Ama confiaba en nosotros. «¿Cuándo le hablamos? ¿Qué le diremos?», preguntaba yo una y otra vez a Martxel. Él estaba tan impaciente como yo y no sé a qué esperaba, pues apenas pasaba día sin verse el bulto del maketo acechando como un halcón. Hasta entonces no me había importado que Fabi pasara las tardes sentada en un balcón, bordando, casi siempre junto a ama; pero de pronto me estremecí ante aquella concesión que le hacíamos al intruso, y me revolvía las tripas la sospecha de que acaso imaginara que aquel descuido por nuestra parte – ¿por qué no inocencia, nuestra sempiterna inocencia como pueblo?- significaba que los Oiaindia, muy discretamente, le estimulaban a persistir. «¿A qué esperamos?», le apremiaba yo a Martxel. Hasta que un día me dijo: «Vamos. Coge tu chaqueta de pana, las botas de monte y el bastón». «¡Pero si el maketo sólo está a un tiro de piedra!», exclamé. «Póntelos», dijo Martxel. Y fuimos. Era noviembre y estaba anocheciendo: Martxel había elegido esa hora a fin de que los vecinos no se enteraran de la entrevista. Pero descubrimos a Ella en la terraza del caserón esperpéntico, de pie, tiesa, vigilándonos como de costumbre, pero esta vez como si esperase desde hacía tiempo aquel suceso. Su odiosa mirada nos siguió por el jardín, luego al cruzar la puerta del muro y, finalmente, por el trozo de camino hasta que rebasamos su campo de mira. Fue Martxel el que llevó a cabo aquel desvío que nos libraba de la maldita mujer, pues enseguida hubimos de retroceder por otro lado para llegar junto al maketo. Nos aguardaba en un bosquecillo de robles, en el arranque del camino de Laparkobaso. No era el mismo sin su uniforme de militar; no era tan alto ni vigoroso como me pareció en la fiesta; se me antojó, más bien, canijo. Tuve la impresión de que esperaba nuestra visita desde hacía algún tiempo. «Somos los hermanos de Fabiola», dijo Martxel. «Lo sé», dijo él, «tenía que llegar este momento.» Sacó un reloj de plata del bolsillo de su chaleco. «Mañana», dijo. «Mañana, ¿qué?», dijo Martxel. «Mañana hablaremos con más calma», dijo Román. «He de apresurarme si quiero tomar en Algorta el último tren. Servidor de ustedes. Transmitan mis respetos a la señorita Fabiola. Mañana, aquí, una hora antes», y se alejó a buen paso. Martxel me miró. «Creo que se ha reído de nosotros», dijo. «No, le hemos asustado. Nunca le volveremos a ver», dije. «¡Maldita sea, nos ha ganado la primera escaramuza!», dijo Martxel, quebrando un cardo de un bastonazo. «No vendrá, estoy seguro», dije. Aquella noche dormí como no lo hacía últimamente. Disfruté de un día de euforia, y a punto estuve de comunicar a ama la gran nueva. Si acompañé a Martxel a la cita fue para saborear la consumación de nuestra gloria. Fabi nos despidió con una doliente mirada: no necesitó de palabras para expresar que estaba al tanto de todo. Pero allí encontramos a Román Pérez de Angulema, y esta vez con su uniforme de militar. Su tamaño se había duplicado, parecía un verdadero enemigo. Comprendí la insistencia de Martxel en ponernos las chaquetas de pana, las botas de monte y los bastones. El asombro al verle me hizo afrontar el encuentro en desventaja, hasta el punto de no pronunciar durante todo él una sola palabra. «Esto debe acabar», dijo Martxel de golpe. El maketo hinchó el pecho, haciendo crujir el correaje y levantando sus tres o cuatro condecoraciones. «Es cosa que debe decidir ella», dijo. «Esperaré cuanto tiempo sea preciso a que acabe el secuestro.» Era la guerra, y el choque de sus miradas lo atestiguó. «Usted es de Palencia», dijo Martxel, afirmó. «Bisabuelos, abuelos, padres, yo, todos de Palencia», dijo el maketo, «pero amo a una muchacha vasca y quiero casarme con ella.» «¿Cuánto tiempo lleva viviendo en nuestra tierra?», dijo Martxel. «Cinco años», dijo el maketo. «¿Y en cinco años no ha aprendido cómo somos?», dijo Martxel. «En estos meses estoy descubriendo lo que me resistía a creer que fuera verdad», dijo el maketo. «No vuelva usted más por aquí», dijo Martxel. «No es la primera vez en la historia de los hombres que la familia de ella o la de él o ambas se oponen a…», dijo el maketo, pero Martxel le cortó: «Podríamos arrojarle a usted por La Galea». «¿La Galea?», dijo el maketo. «Es un gran acantilado que tenemos ahí cerca», dijo Martxel. «No es de buen gusto hablar de violencia entre personas que van a ser parientes», dijo el odioso maketo. Y añadió: «Si no fuera por ello, ya les habría retado a ustedes a duelo, a dos duelos, primero con uno y luego con otro, o a un solo duelo, yo contra los dos, a sable o pistola. Todos los problemas pueden resolverse a tiros. Pero ahora es distinto, porque vamos a ser parientes». Durante el regreso a casa, supliqué encarecidamente a Martxel que se lo contáramos a ama, es decir, que recurriéramos a su ayuda. «Ese maketo nunca se casará con nuestra hermana, ¿verdad, Martxel?», le decía. «¿Verdad que Dios no lo consentirá? ¿Recuerdas lo que tiene escrito Sabino Arana sobre los maketos? ¿Lo recuerdas, Martxel? ¿Recuerdas cómo los describe? ¡Todo ello se cumple en éste! Su fisonomía es inexpresiva y adusta; su cuerpo es de movimientos sin gracia; es flojo y torpe; estoy seguro de que apenas se lava y que sólo se muda una vez por año; la familia que fundara con la pobre Fabi no podría llamarse tal, porque esa gente no ama la familia, ni el hogar, son adúlteros; ¿y no le oíste hablar de matarnos a sable o pistola?; así arreglan sus problemas, como las bestias, y, de tenerlo en casa, acabaríamos contagiándonos, nosotros, que rechazamos toda clase de armas, y si alguna vez la nefasta cólera nos domina y nos arrastra a luchar, lo hacemos limpiamente, con los puños… ¡Así dice Sabino Arana que son los maketos, tan despreciables, tan distintos e inferiores a los vascos!» Me temblaron las piernas y caí de rodillas sobre el camino, y los brazos de Martxel me levantaron y sostuvieron hasta casa. Los ojos de Fabi buscaron afanosamente los nuestros y esperó nuestras palabras, pero Martxel la miró con furia apenas contenida, y yo -oh, perdón, perdón, hermanita- me atreví a zarandearla, gritándole: «¿Cómo has podido enamorarte de él, dónde ha quedado tu escrupulosidad?», y callé al descubrir que había hablado de amor y me desplomé, y cuando recobré el sentido estaba en mi cama y la mano de ama acariciaba mi frente. «Mi pobre Jaso», decía ama, y también: «Yo sabré poner remedio». Nos miramos ella y yo, y hoy lamento con desesperación no haber podido olvidar todavía aquel encuentro de nuestros espíritus, que entonces me gustó soñar que ocurría fuera de este mundo. Entró Martxel tirando de la mano de Fabi, que lloraba silenciosamente. Las palabras de ama devolvieron la esperanza a mi corazón: «Serás internada en las mercedarias de Bilbao». «Gracias, gracias», dijo Fabi; «debo recibir de vosotros los más feroces castigos, y así calmaré mi mala conciencia, porque no puedo dejar de quererle. ¡Perdonadme!» Ama pronunció la frase más ajustada a su dolor, la más amarga: «¡Nunca creí que una hija mía…!». «¡Perdonadme, perdonadme…!», gemía Fabi. No vimos ni rastro del maketo en los días siguientes, dejó de acechar la casa, y así durante más de dos semanas, pero ni ama ni Martxel ni yo nos atrevíamos a dar suelta a nuestra euforia, a pensar que le habíamos asustado y que jamás volveríamos a verle. Aunque ama suspendió los preparativos para internar a Fabi. Y enseguida los acontecimientos se precipitaron: casi simultáneamente ocurrieron la reaparición del maketo y la muerte de Sabino Arana, y me fue imposible no relacionar ambos hechos: a los tres días de descubrir al maketo entre los árboles, perdíamos al Maestro. Confié a ama mi versión, que no rebatió. En muchos días ni Martxel ni yo nos separamos de ella, acompañándola a cua