tar no dejara de frecuentar los alrededores de la casa, ni Fabi de suplicarnos ayuda, Martxel se cansó. «Tendremos que hablarle», dijo. «¿Hablarle?», exclamé. «Parece que no te importa tenerle por cuñado», dijo. Lo dijo, sin sospechar la quemante inquietud que sembró en mí. Pasé noches sin pegar ojo. ¡Dios mío, había que impedirlo a toda costa! Ama confiaba en nosotros. «¿Cuándo le hablamos? ¿Qué le diremos?», preguntaba yo una y otra vez a Martxel. Él estaba tan impaciente como yo y no sé a qué esperaba, pues apenas pasaba día sin verse el bulto del maketo acechando como un halcón. Hasta entonces no me había importado que Fabi pasara las tardes sentada en un balcón, bordando, casi siempre junto a ama; pero de pronto me estremecí ante aquella concesión que le hacíamos al intruso, y me revolvía las tripas la sospecha de que acaso imaginara que aquel descuido por nuestra parte – ¿por qué no inocencia, nuestra sempiterna inocencia como pueblo?- significaba que los Oiaindia, muy discretamente, le estimulaban a persistir. «¿A qué esperamos?», le apremiaba yo a Martxel. Hasta que un día me dijo: «Vamos. Coge tu chaqueta de pana, las botas de monte y el bastón». «¡Pero si el maketo sólo está a un tiro de piedra!», exclamé. «Póntelos», dijo Martxel. Y fuimos. Era noviembre y estaba anocheciendo: Martxel había elegido esa hora a fin de que los vecinos no se enteraran de la entrevista. Pero descubrimos a Ella en la terraza del caserón esperpéntico, de pie, tiesa, vigilándonos como de costumbre, pero esta vez como si esperase desde hacía tiempo aquel suceso. Su odiosa mirada nos siguió por el jardín, luego al cruzar la puerta del muro y, finalmente, por el trozo de camino hasta que rebasamos su campo de mira. Fue Martxel el que llevó a cabo aquel desvío que nos libraba de la maldita mujer, pues enseguida hubimos de retroceder por otro lado para llegar junto al maketo. Nos aguardaba en un bosquecillo de robles, en el arranque del camino de Laparkobaso. No era el mismo sin su uniforme de militar; no era tan alto ni vigoroso como me pareció en la fiesta; se me antojó, más bien, canijo. Tuve la impresión de que esperaba nuestra visita desde hacía algún tiempo. «Somos los hermanos de Fabiola», dijo Martxel. «Lo sé», dijo él, «tenía que llegar este momento.» Sacó un reloj de plata del bolsillo de su chaleco. «Mañana», dijo. «Mañana, ¿qué?», dijo Martxel. «Mañana hablaremos con más calma», dijo Román. «He de apresurarme si quiero tomar en Algorta el último tren. Servidor de ustedes. Transmitan mis respetos a la señorita Fabiola. Mañana, aquí, una hora antes», y se alejó a buen paso. Martxel me miró. «Creo que se ha reído de nosotros», dijo. «No, le hemos asustado. Nunca le volveremos a ver», dije. «¡Maldita sea, nos ha ganado la primera escaramuza!», dijo Martxel, quebrando un cardo de un bastonazo. «No vendrá, estoy seguro», dije. Aquella noche dormí como no lo hacía últimamente. Disfruté de un día de euforia, y a punto estuve de comunicar a ama la gran nueva. Si acompañé a Martxel a la cita fue para saborear la consumación de nuestra gloria. Fabi nos despidió con una doliente mirada: no necesitó de palabras para expresar que estaba al tanto de todo. Pero allí encontramos a Román Pérez de Angulema, y esta vez con su uniforme de militar. Su tamaño se había duplicado, parecía un verdadero enemigo. Comprendí la insistencia de Martxel en ponernos las chaquetas de pana, las botas de monte y los bastones. El asombro al verle me hizo afrontar el encuentro en desventaja, hasta el punto de no pronunciar durante todo él una sola palabra. «Esto debe acabar», dijo Martxel de golpe. El maketo hinchó el pecho, haciendo crujir el correaje y levantando sus tres o cuatro condecoraciones. «Es cosa que debe decidir ella», dijo. «Esperaré cuanto tiempo sea preciso a que acabe el secuestro.» Era la guerra, y el choque de sus miradas lo atestiguó. «Usted es de Palencia», dijo Martxel, afirmó. «Bisabuelos, abuelos, padres, yo, todos de Palencia», dijo el maketo, «pero amo a una muchacha vasca y quiero casarme con ella.» «¿Cuánto tiempo lleva viviendo en nuestra tierra?», dijo Martxel. «Cinco años», dijo el maketo. «¿Y en cinco años no ha aprendido cómo somos?», dijo Martxel. «En estos meses estoy descubriendo lo que me resistía a creer que fuera verdad», dijo el maketo. «No vuelva usted más por aquí», dijo Martxel. «No es la primera vez en la historia de los hombres que la familia de ella o la de él o ambas se oponen a…», dijo el maketo, pero Martxel le cortó: «Podríamos arrojarle a usted por La Galea». «¿La Galea?», dijo el maketo. «Es un gran acantilado que tenemos ahí cerca», dijo Martxel. «No es de buen gusto hablar de violencia entre personas que van a ser parientes», dijo el odioso maketo. Y añadió: «Si no fuera por ello, ya les habría retado a ustedes a duelo, a dos duelos, primero con uno y luego con otro, o a un solo duelo, yo contra los dos, a sable o pistola. Todos los problemas pueden resolverse a tiros. Pero ahora es distinto, porque vamos a ser parientes». Durante el regreso a casa, supliqué encarecidamente a Martxel que se lo contáramos a ama, es decir, que recurriéramos a su ayuda. «Ese maketo nunca se casará con nuestra hermana, ¿verdad, Martxel?», le decía. «¿Verdad que Dios no lo consentirá? ¿Recuerdas lo que tiene escrito Sabino Arana sobre los maketos? ¿Lo recuerdas, Martxel? ¿Recuerdas cómo los describe? ¡Todo ello se cumple en éste! Su fisonomía es inexpresiva y adusta; su cuerpo es de movimientos sin gracia; es flojo y torpe; estoy seguro de que apenas se lava y que sólo se muda una vez por año; la familia que fundara con la pobre Fabi no podría llamarse tal, porque esa gente no ama la familia, ni el hogar, son adúlteros; ¿y no le oíste hablar de matarnos a sable o pistola?; así arreglan sus problemas, como las bestias, y, de tenerlo en casa, acabaríamos contagiándonos, nosotros, que rechazamos toda clase de armas, y si alguna vez la nefasta cólera nos domina y nos arrastra a luchar, lo hacemos limpiamente, con los puños… ¡Así dice Sabino Arana que son los maketos, tan despreciables, tan distintos e inferiores a los vascos!» Me temblaron las piernas y caí de rodillas sobre el camino, y los brazos de Martxel me levantaron y sostuvieron hasta casa. Los ojos de Fabi buscaron afanosamente los nuestros y esperó nuestras palabras, pero Martxel la miró con furia apenas contenida, y yo -oh, perdón, perdón, hermanita- me atreví a zarandearla, gritándole: «¿Cómo has podido enamorarte de él, dónde ha quedado tu escrupulosidad?», y callé al descubrir que había hablado de amor y me desplomé, y cuando recobré el sentido estaba en mi cama y la mano de ama acariciaba mi frente. «Mi pobre Jaso», decía ama, y también: «Yo sabré poner remedio». Nos miramos ella y yo, y hoy lamento con desesperación no haber podido olvidar todavía aquel encuentro de nuestros espíritus, que entonces me gustó soñar que ocurría fuera de este mundo. Entró Martxel tirando de la mano de Fabi, que lloraba silenciosamente. Las palabras de ama devolvieron la esperanza a mi corazón: «Serás internada en las mercedarias de Bilbao». «Gracias, gracias», dijo Fabi; «debo recibir de vosotros los más feroces castigos, y así calmaré mi mala conciencia, porque no puedo dejar de quererle. ¡Perdonadme!» Ama pronunció la frase más ajustada a su dolor, la más amarga: «¡Nunca creí que una hija mía…!». «¡Perdonadme, perdonadme…!», gemía Fabi. No vimos ni rastro del maketo en los días siguientes, dejó de acechar la casa, y así durante más de dos semanas, pero ni ama ni Martxel ni yo nos atrevíamos a dar suelta a nuestra euforia, a pensar que le habíamos asustado y que jamás volveríamos a verle. Aunque ama suspendió los preparativos para internar a Fabi. Y enseguida los acontecimientos se precipitaron: casi simultáneamente ocurrieron la reaparición del maketo y la muerte de Sabino Arana, y me fue imposible no relacionar ambos hechos: a los tres días de descubrir al maketo entre los árboles, perdíamos al Maestro. Confié a ama mi versión, que no rebatió. En muchos días ni Martxel ni yo nos separamos de ella, acompañándola a cuantos actos religiosos se celebraron, llevando con nosotros a la secuestrada Fabi…, y ya no tuve reparo en utilizar la expresión oída al maketo. Aita aprovechó los actos públicos para dejarse ver con nosotros. Fabi no dejaría de leer en mis ojos mi directa acusación a su persona, y sus incesantes y desgarrados «¡Perdonadme, perdonadme…!» contenían idéntico reconocimiento de culpabilidad. Como la gran señal de que la Patria estaba en peligro era el regreso del maketo, la primera consecuencia estallaba con la muerte de Sabino Arana. ¿Qué iba a ser de nosotros? Diariamente volvíamos a ver al invasor profanando nuestros suaves bosquecillos, en los que se agazapaba para seguir poniendo cerco a nuestra casa. A Sabino Arana lo habían procesado, multado y encarcelado varias veces, y en una ocasión también a ama, por defender la Patria, ¡y qué terrible situación la de ella al asistir a las juntas del partido bajo la mancha de la hija traidora! Nuestra Patria se había quedado huérfana y aquel grupo de dirigentes mantuvo intacta la moral y luchó y nos salvó. Ama internó a Fabi la primera semana de diciembre, un domingo. Ama, Martxel y yo fuimos con ella hasta la misma puerta del convento de las mercedarias. «¡Si sirviera esto para algo…!», oí exclamar en varias ocasiones a Fabi. Y yo le dije: «Tu apartamiento del mundo y de la degradación ha de traer lo mejor para nosotros, porque nuestra Patria es inmortal»… ¡Imbécil de mí! ¡Pronto borraré definitivamente de mi recuerdo tantas ridiculeces! Pero así era yo hace sólo unos meses… A nuestro regreso, aita nos esperaba a la puerta del muro. Él mismo se adelantó a detener los caballos del carruaje. «¿Cuándo me voy a enterar de lo que ocurre en mi propia casa?», exclamó. «¿Qué habéis hecho con Fabi?» «Entremos pronto en casa», nos dijo ama. En lo alto de la casona de enfrente, en la execrable terraza, Ella nos vigilaba sonriendo sarcásticamente.