«¿Dónde habéis dejado a Fabi?», insistió aita. Los tres habíamos descendido del coche. Aita soltó las bridas y nos cortó el paso. ¿Por qué me asusté al comprender que Martxel, al fin, podría enfrentársele abiertamente? «Entremos, entremos…», suspiró ama. Temblaba. No era justo que la vida la tratara tan mal. Iba entre Martxel y yo, cogida de nuestros brazos, y así cruzamos el jardín, ahora con aita detrás. «¡Quiero saber dónde está mi hija!», vociferaba. De la execrable terraza nos llegó una carcajada. ¡Dios mío, sí, lo nuestro fue una huida! ¡Huíamos en nuestra propia casa! Se desarrolló todo con tanta rapidez que los abuelos aún no habían salido al jardín a recibirnos, o quizá les contuvo la expresión de aita o la presencia de Ella en la terraza. «¿Por qué se ha decidido sobre mi hija a mis espaldas?», vociferaba aita. «Bueno, bueno, entrad de una vez», decía la abuela. Y cuando llegamos a su lado y dimos el primer paso por el interior: «¿Bien?», preguntó. «Se ha quedado muy tranquila. Allí estará perfectamente», dijo ama. El abuelo cerró la puerta y todos, por fin, quedamos dentro. Martxel me hizo señas para que le siguiera, pero pensé que ama necesitaba nuestra ayuda contra aita. La abuela quiso saber detalles del ingreso de Fabi en el convento y ama se los dio, y así aita oyó qué habíamos hecho con Fabi. Admiré la entereza con que ama daba explicaciones a la abuela a un paso de aita, ignorándole, despreciando su cólera. Pero a aita se le advertía realmente iracundo, y era mucho y muy reciente todo lo que pesaba sobre ama. Martxel tiró de mi manga. «No te preocupes, ella siempre le vence. Ven», me dijo. Dejé que me arrastrara. «Estoy salvándonos a todos», decía ama. «Alguien lo ha de hacer, superando la mayor prueba que Dios nos ha enviado hasta ahora.» La escalera me ocultó su magnífica figura. Me encontré en el balcón del piso superior, la atalaya desde la que vigilábamos al maketo. «Aún no sabe que Fabi no está aquí», dijo Martxel. Miré. Allí estaba, su sombra confundida con las de las hayas. «Maldito, maldito…», murmuré. «Ama también le ha vencido a él», dijo Martxel, «pero daría mis dos brazos por saber por qué no se ha dejado ver en tres semanas, haciéndonos creer que nuestro encuentro le había asustado. Y por qué ha vuelto. Eso: por qué desapareció y por qué, de pronto, ha vuelto.» Liberados de la atención a Fabi, Martxel y yo pudimos reanudar nuestras búsquedas, que en invierno se reducían a los domingos, y no enteros, pues habíamos de regresar a media tarde para que Martxel viera a Andrea, según acostumbraban desde hacía tanto tiempo. Y es así como nuestros viajes le servían de coartada. Sólo cuando se me abrieron los ojos caí en la cuenta de que Martxel y yo jamás admitimos que eran encuentros secretos. En el fondo, claro, estaba ama. De lo poco salvable de aquel tiempo de ceguera estaba, ¡ah!, nuestra intuición -especialmente la intuición de Martxel-, aquella vocecita que bullía en nuestro interior -especialmente en el interior de Martxel- y que nos advirtió de lo que luego estalló. La bruja, pues, no nos tuvo engañados del todo. Ni siquiera al tonto de Jaso. Creo.
Fue un domingo cuando oí a Martxeclass="underline" «Necesito ver a Andrea». Sobraba el decirlo porque, siendo domingo, la veríamos. Ahora comprendo que allí se estaba expresando la intuición, la vocecilla. Las citas seguían siendo en el cañaveral de Altubena, como cuando niños; no habían perdido, pues, su aire de clandestinidad. Quizá el cañaveral no entrañara ocultamiento, sino sólo hábito, tradición, sentimentalismo, recuperación de primeros recuerdos; porque, con mal tiempo, la cita se trasladaba a la plaza de Algorta, y el resto de la tarde lluviosa o fría transcurría bajo los soportales del viejo Ayuntamiento, es decir, a la vista de medio pueblo. No podía ser de otra manera si querían demostrarse a sí mismos que eran como las otras parejas que cuchicheaban a un paso. Pero ellos no eran como las demás parejas… ¡Dios mío, no lo eran!… ¿No tenían ellos conciencia de esto, como yo no la tenía? Quizá Andrea, no Martxel, excepto el reducto de su vocecita. Pero me gusta creer que fueron totalmente suyos aquellos años de felicidad.
Lo primero que hizo Martxel aquel domingo al encontrarnos con Andrea en el cañaveral fue agarrarla con desesperación por los hombros y exclamar: «¡Quisiera no soltarte hasta la muerte!». «Me haces daño», dijo Andrea. Tenía ya veintidós años, como yo, y era tan bonita que la rondaban todos los primogénitos solteros de los caseríos de Getxo; hoy sé que esperaban la irremediable ruptura, que se produciría más tarde o más temprano. Disfrutaba yo viendo en Andrea un ensayo de la materialización de la modelo del cuadro que algún día encontraríamos. Y era feliz sabiéndola de Martxel. «¿Qué nos puede ocurrir, Andrea?», dijo Martxel. «¿Qué te pasa? Me haces daño», dijo Andrea. «Venimos de dejar a mi hermana en un convento», dijo Martxel. «Yo nunca iré a un convento», dijo Andrea. «Mi hermana tampoco quería ir, la hemos llevado, le hemos prohibido amar a ese hombre», dijo Martxel. «¡Me haces daño!», dijo Andrea. «¡Ni siquiera les permitimos que se suiciden juntos!», dijo Martxel. Entonces yo le pedí que no pusiera en duda nuestras razones, la justicia de ama. «¡Eso es lo más terrible: que puedan existir razones superiores al amor!», dijo Martxel. «¡Me haces daño!», dijo Andrea.
El maketo tardó cuatro días en saber – ¿cómo?- que Fabi no estaba en casa. Abandonó el cerco, desapareció. «Ahora se dedicará a acechar el convento», dije a Martxel. En las primeras semanas, acudimos con frecuencia a sus inmediaciones, por pura curiosidad, pero nunca le vimos. ¿Tan pronto se había producido el triunfo de ama? Por su parte, Fabi se mostraba feliz enclaustrada entre aquellas paredes. «Has comprendido que necesitabas purgar tu pecado, ¿verdad, Fabi?», le decía yo, y ella callaba y sonreía y acompañaba su sonrisa de una mirada juguetona.
Pero el Señor no le había alejado de nosotros para siempre. En febrero, el maketo llamaba a nuestra casa… He dicho bien: ¡llamó a nuestra propia puerta!… Y dijo al criado que la abrió: «Perdonen ustedes. Tengo que hablar con doña Cristina, señora de Baskardo. Perdonen ustedes». El criado vaciló, sin atreverse a invitarle a pasar. Finalmente, cerró la puerta, dejando al maketo fuera, antes de retirarse a transmitir su recado. Al ser advertida, ama lanzó un grito apagado. «¡Jaso!», llamó, y yo pedí disculpas a mi profesor particular, el padre jesuita don Fidel, y me precipité escaleras abajo. Ella me esperaba. Pálida, no dio un solo paso mientras yo no estuve a su lado. Habría deseado contar, igualmente, con Martxel, pero mi hermano no estaba en casa. El mismo criado nos precedió y abrió otra vez la puerta. «Perdone, señora», dijo el maketo. Ama respiró no menos de cuatro veces antes de hablar: «Le prohíbo a usted ver a mi hija Fabiola». «Oh, ya sé que no está aquí», dijo el maketo. Él era quien no perdía los papeles. Ama se agarró a mi brazo. «¿Qué desea usted?, ¿a qué ha venido a mi casa?» «Perdone, señora», repitió el maketo, y añadió: «Tengo que decírselo: su hijo Moisés y Andrea Altube son novios, se ven semanalmente desde hace muchos años». Pronuncié «Ama» y me puse a rezar en silencio. «Perdone, señora», repitió el maketo, «tenía que decírselo, me había comprometido a ello, ha sido el pago por un favor. Que quede claro: a mí ni me va ni me viene.» Y, repitiendo por cuarta vez «Perdone, señora», dio la vuelta y se alejó. «Yo no soy señora Baskardo», dijo ama, demasiado nerviosa, demasiado vulnerable, de pronto: «Soy doña Cristina Oiaindia». La espalda del maketo no dio muestras de haberla oído. Y ama tuvo que emitir algo para que la insoportable escena quedara exorcizada por palabras suyas y no eternizada por las de él. «¿A qué espera para cerrar la puerta?», dijo ama al criado, y éste se sobresaltó y la puerta salió disparada de su mano y el golpe estremeció la casa. Ama y yo nos miramos. ¿Había estado allí realmente el maketo?, ¿había ocurrido aquello? «¡Si hubiera estado Martxel!, ¡si hubiera estado Martxel!», repetía yo. Ama se dirigió al salón y se sentó en la primera butaca, como sin fuerzas para dar un paso más. Me senté a sus pies, en la alfombra, y respeté su silencio. No tardó en cubrirse el rostro con las manos, y había dejado de contar conmigo. Ni siquiera me atreví a decirle: «Pero, Ama, tenías que saber lo de Martxel y Andrea. Andrea es para Martxel como la niña del cuadro para mí». Callé. Callé.