¡Y cómo deseaba saber su opinión! «Ama, ¿por qué esa expresión de dolor detrás de tus manos?», pensé, sólo pensé. Más tarde, llegó Martxel y le conté lo ocurrido. «¿Quién se está burlando de nosotros?», exclamó, con los ojos como ascuas. Y enseguida: «Pero, bueno, por fin saldremos del largo silencio y escucharemos las palabras pendientes». Y, el siguiente domingo, las palabras de Andrea: «Vuestra madre ha hablado con la mía… Tu madre ha hablado con la mía», y para ellos no hubo más domingos. En aquel último, el del llanto desgarrador de Andrea -«Tu madre me ha dicho que lo nuestro es imposible»-, y después de que Martxel no lograra alcanzarla, Martxel corrió a casa y se quedó ronco gritando a ama: «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?», y ama le huía de habitación en habitación, y yo asistiendo al enfrentamiento de aquellos dos espíritus que, hasta entonces, habían sido uno. «Deberías comprender estas cosas», suspiraba ama. «¡Pero Andrea sigue siendo la misma! ¿Qué ha cambiado, entonces? ¡Dime si has hablado con la madre de Andrea!», exigía Martxel. «Sí, he visitado a Bixenta y lo ha entendido muy bien.» Al menos, Martxel era capaz de pensar y de hablar lo que pensaba: yo, en cambio, me sentía roto y perdido por aquel error que ni ama ni Martxel se preocupaban de desechar y cuya ley aceptaban. «¡No era con ella con quien tenías que hablar sino conmigo!», gritó Martxel. «¡De mis cosas decido yo! ¡Pero tenías que atacar a los más débiles!» Y yo bullendo alrededor de ambos, pensando, no atreviéndome más que a pensar: «¡Basta! ¡Basta! ¡Sabed que esto no está ocurriendo, que despertaréis de un momento a otro! ¡Acabad con la pesadilla de que los Altube y los Oiaindia no son iguales!», y corriendo tras Martxel cuando se precipitó como un loco al exterior, y llegando a Altubena cuando él ya llevaba rato golpeando la puerta con sus puños y gritando: «¡Abrid, abrid, no me robéis entre todos a Andrea!». Le esperaban: su llegada no sorprendió a ningún Altube en el exterior, aunque aún no era de noche. Tampoco había luz en ninguna ventana. Ni ruidos. Ni la voz de Andrea enviándole alguna respuesta. Se agotó el pobre Martxel aporreando la puerta. Se derrumbó ante ella. Le ayudé a levantarse. «Todo iba bien hasta que habló el maketo», le dije. No me respondió, no pronunció una sola palabra. Y sí que me oyó; sus ojos trataron de comunicar algo a los míos: sucedía que, por primera vez, no se atrevía a hablar. Ahora sé que regresó en silencio a casa porque no se atrevía a hablar…, ¡él, el eterno temerario! A lo largo de interminables semanas soportó, en silencio, las expresivas huidas de Andrea. Acudía diariamente a Altubena, pero nunca, nunca consiguió hablar con ella. A veces la distinguíamos a lo lejos, trajinando en los campos, nunca sola, pero cuando llegábamos ya no estaba, sólo quedaba en el sitio algún familiar, y siempre cerradas las puertas y ventanas del caserío. Y la demoledora respuesta «No está» por parte del Altube de turno: Zenón, Juan, Bixenta…, aun sabiendo que la habíamos visto minutos antes. Una mentira tan descarada y cínica que dejaba de ser mentira para convertirse en la más cruel e insistente clausura de toda esperanza. Martxel y yo llorábamos juntos. Con ama, claro, al fondo; y por ello Martxel persistía en el olvido de las palabras, quizá en consideración a su pobre hermano, que no le abandonaba ni a sol ni a sombra, y él ya tenía que saber que era por puro terror a soportar solo la catastrófica revelación, el ensordecimiento causado por la vocecita interior, el desvelamiento de que ama era una bruja. Esperábamos a Andrea los domingos a la entrada de misa, y llegaban los Altube, pero no ella, y no todos los Altube: siempre faltaba uno, el que quedaba en casa custodiando a la presa, quien cumplía con el precepto oyendo misa a otra hora, lo que nunca ocurría con ella, secuestrada y eximida de la obligación, como una enferma. Y todo, sin palabras entre Martxel y yo, resistiéndonos a materializar aún nada, necesitando desesperadamente prolongar la mentira en la que la bruja nos tuvo hasta entonces, aguardando el milagro que borrara la pesadilla… ¡Oh, Dios, pobres de nosotros, mientras la bruja se ocultaba en espera de nuestra muerte o nuestra aceptación! A Martxel le amanecía arrastrándose, perdido, por los parajes más secretos de La Galea, y yo con él, siempre en silencio. Hubo, también, un viaje al convento de la otra enclaustrada, y Martxel pretendió sacarla, primero anunciándoselo a la madre superiora, que no accedió -«¿Por qué no viene vuestra madre?»-, y luego proponiendo a Fabi nada menos que un rapto, a lo que, ante nuestro asombro, se negó. Sonreía, parecía feliz allí dentro. «¿Es que no quieres verle?», musitó Martxel. «No, no, ¿cómo podría ocurrir eso? ¡Le amo más que nunca!… y estoy en contacto casi diario con él.» Ni siquiera Martxel reaccionó debidamente. Hubo de continuar ella: «¿Quién me garantizaría un mensajero como el que tengo aquí? Le lleva mis cartas y me trae las suyas. ¡Soy feliz, feliz…!», y se llevaba las manos al pecho, ruborizándose y abarcándonos con su mirada llena de confusa timidez. Hasta que, de pronto, dijo: «¿A qué se debe este cambio? Vosotros mismos me trajisteis…». «Estábamos equivocados», musitó Martxel. «Nadie debe poner trabas al amor, por ninguna causa, por ninguna maldita sagrada causa…» Los ojos de Fabi se enturbiaron con un brillo húmedo. «¿Me estáis revelando que os ponéis de mi parte? ¡Os lo agradezco con toda mi alma! Pero… ¿y ama?, ¿y ama? No, no dejaré el convento.» «Yo sabré instalarte en un lugar sólo conocido por Jaso, por mí y… por él», dijo Martxel, roncamente, recuperando con dificultad la práctica del lenguaje. «Sería una locura», dijo Fabi. «Sé que el paso del tiempo lo arreglará todo, que ama comprenderá. La espera, aquí, no me será penosa, os lo aseguro: estoy viviendo ya la más bella historia de amor», y se agachó para levantar una baldosa de piedra del suelo y sacar del hueco un manojo de cartas rosadas ceñido por una cinta de seda azul, que nos mostró como su tesoro secreto y se apresuró a esconderlo de nuevo. «¡No dejaría el convento por nada del mundo!», exclamó. «¿Quién es el mensajero?», preguntó Martxel. «El jardinero, un bondadoso…» «¿Con qué dinero te lo ganaste si no dispones de…?» Fabi elevó los ojos al cielo: «¡Todo ha sido tan limpio y tan bonito! Se me acercó un día con una carta de Román y me prometió hacerle llegar las mías…, ¡todas! No le supliqué, no le soborné: es un enviado del Señor, compadecido de mí. ¡Estoy viviendo algo demasiado hermoso y no permitiré que nada cambie! ¡Los amantes perseguidos saben verter en sus cartas secretas el mejor de los amores!». Ya en la calle, Martxel comentó: «Fabi, la tonta de siempre. Pero teníamos que intentarlo, ¿verdad, Jaso? Ya no somos los de antes». «¿Qué quieres decir?», le pregunté. «Que hemos perdido la inocencia», me contestó. Mis piernas temblaron. «No, no, espera, todo se debe a un error…, Ama no es una bruja, aunque en este momento nos lo parezca… No pudo resistir la presencia del maketo en nuestra puerta, ni sus palabras…, ¡sobre todo, sus palabras! Está asustada y ha cometido el primer error de su vida… ¿y puede un error hacernos olvidar lo que éramos y convertirnos en otros? Todo ocurre porque el maketo pronunció las palabras.» «No es mal calificativo el de bruja para ella», dijo Martxel. Empezó a emborracharse en La Venta, y, ¡Dios mío!, a gritar barbaridades contra nosotros, los vascos, llamándonos soberbios, despreciables e inhumanos, cínicos e hipócritas, y yo no podía contenerle, por más esfuerzos que hacía por cerrarle la boca, retirarle los vasos o llevarle a casa: allí permanecía, escandalizando, hasta altas horas de la noche, hasta que Zacarías Ermo gruñía: «Vamos, vamos», empujando hacia la puerta a los últimos clientes, y los sacaba y cerraba por dentro. Y nosotros, dos Oiaindia, recibiendo el mismo trato que los borrachos. De allí a casa debía yo sostener a Martxel. Todo Getxo empezó a murmurar. Así, un largo mes. Luego, en marzo, apareció el misionero de Ceilán en la misa del domingo, dirigiéndose desde el pulpito de don Eulogio a quienes sintieran la llamada de Dios para trabajar en misiones. Martxel llevaba todo ese mes sin entrar en la iglesia e impidiéndome que yo lo hiciera, diciéndome: «Somos otros, hemos dejado de ser inocentes, ¿no lo recuerdas?». Si estábamos allí era por ver si entre los Altube llegaba Andrea. Y, estando a la puerta, oímos al misionero. Acababa de llegar de Ceilán y confiaba, dijo, en regresar acompañado de jóvenes tocados de la divina gracia para redimir a pueblos aún huérfanos del Señor. Habló en las misas mayores de dos domingos seguidos y en las de los seis días intermedios, y se ganó a Martxel. En el último domingo le abordó a la salida. «¿Puede ir cualquiera?», le preguntó. «Sí, cualquier ciudadano. Sería ayudante del misionero. Luego, si surge la vocación religiosa…», dijo el predicador. «¿Me acepta?», dijo Martxel. ¡Dios mío!, ¿íbamos a dejar Euskadi? El misionero se alojaba con don Eulogio y él y Martxel pasaron la tarde hablando en la casa cural. Lo dejaron todo ultimado. Don Eulogio decía: «Esta de Getxo es la mejor gente, y si no se ofrecen a ir con usted es por el mucho trabajo que tienen, pero se lleva a uno que vale por todos juntos». «No te olvides de acelerar el arreglo de tus papeles», le urgió a Martxel el misionero. Ya fuera, le dije a Martxeclass="underline" «¿Y yo? No puedo quedarme solo». «No te quedas solo: tienes a la muchacha del cuadro.» Creí notar una burla en su tono. «No la tengo», dije, «y ahora pienso que no la tendré nunca.» No habló, sólo me miró. «¡Tengo tanto derecho a huir como tú!», exclamé. Su mirada me conmovió: sentí con más fuerza que no podría separarme del Martxel de aquella mirada. Me dijo: «Tú jamás, pase lo que pase y haga la bruja lo que haga, jamás podrás separarte de ella… ¡Pobre Jaso: la tuya sí que ha sido una gran caída!». «Entonces, ¿dejarás que te acompañe?», supliqué. Y Martxel me clavó esa mirada tan imprescindible para mí: «¿De qué huyes tú?, ¿de qué huyes tú?». No quiero dudar de que también reclamó mis documentos para viajar a Ceilán, porque necesito cargar sobre ella toda la culpa de lo que pronto iba a suceder. Hasta el día de hacer las maletas no supo ama que nos marchábamos. Recibió tal impresión al descubrir nuestros preparativos que quedó muda. Martxel había adquirido dos sacos de viaje, y en la víspera de la partida, en su habitación, los llenamos con nuestras cosas. Entró ama y permaneció contemplándonos varios minutos insoportables. «¿Qué estáis haciendo?», dijo al fin. Y se atrevió a preguntar, aunque sólo a mí: «¿Adónde vas, Jaso?». Martxel la ignoraba y yo hice lo mismo. Repitió su pregunta, revoloteó a mi alrededor, buscando mi mirada, pero siguió recibiendo el mismo vacío. Se sentó en el borde de la cama y lloró sin ruido. Salí de la habitación, por no verla así. Martxel también salió, alcanzándome. «Ven, vuelve, porque si lo que llamas error no te ha endurecido lo bastante…», me dijo. «No puedo», le aseguré. «No puedo.» Regresó solo. Me llegó la voz de ama: «Ha sido muy duro para ti, Martxel, pero algún día me lo agradecerás». Silencio. La pared que me separaba de ama hacía posible mi permanencia en el pasillo. «Compréndeme, hijo. Ellos están de acuerdo conmigo. No estoy, pues, sola. Ellos también saben que no puede ser. No se trata de orgullo, sino de sentido común.» Silencio. Martxel se resistió hasta el final, hasta que ella se vio derrotada y se retiró. Me escabullí antes de que pisara el pasillo, aunque la oí: «No dejes esta casa sin pensarlo bien, porque no tardarías en arrepentirte y volver, cuando lo entendieras. En cualquier caso, no te lleves a tu hermano». Me encerré con llave en mi dormitorio, ama intentó abrir en no menos de seis ocasiones. Yo me cubría la cabeza con las mantas, por no oír su forcejeo en la cerradura. Luego, llamó la abuela, me juró que estaba sola, que sólo era para pasarme una taza de caldo y un huevo duro, para que al menos no me muriera de hambre. Abrí. «¿Por qué andáis todos tan revueltos?», gruñó. «Come.» El caldo sabía muy raro. Me dormí enseguida y no desperté hasta el mediodía siguiente. Busqué a Martxeclass="underline" de su habitación habían desaparecido él y su saco. Le llamé a gritos por toda la casa, de la que hasta la servidumbre parecía haber desaparecido. Fuera, el encargado de la cuadra de los caballos me reveló que el señorito Moisés había salido de viaje muy de madrugada. ¿Por qué no me había llamado? Seguí buscando a alguien de la familia, asombrado de mi largo sueño; pero, nada más ver a la abuela, grité: «¡La sopa!». Momentos después, como si ese grito rompiera todas las reservas, la familia salió de sus cuevas. «¿Qué me pusisteis en la sopa?» «Al menos el pequeño Jaso se ha quedado con su madre», dijo ella. Se me acercaba con las manos tendidas. «¡Atrás, bruja!» Hasta yo mismo quedé helado de mi propia violencia. «¡Convenciste a Martxel para que se fuera sin mí!» Sonó la voz de la abuela: «Tú y él y los dos alguna vez lo entenderéis». Y ama: «Le esperaremos con resignación cristiana, porque vendrá, vendrá, pronto le volveremos a tener entre nosotros, y la familia le perdonará, todos nos perdonaremos mutuamente, y las cosas serán como antes». Me sentí como un cadáver vacío. Le di la espalda y eché a correr, salí de la casa y en la cuadra monté a pelo un caballo y me lancé a la carrera en busca de Martxel, dejando atrás los gritos de ama llamándome. Pero mis piernas estaban débiles y no me sujetaban al animal, y apenas alcancé Las Arenas: rodé por el suelo y, al recobrar el conocimiento, estaba en mi cama, con la bruja sentada en una silla a la cabecera. Se levantó. «Gracias a Dios, ya abres los ojos. Han estado el médico y don E