Fabi está en casa desde ayer por la mañana. La propia bruja fue a buscarla al convento, pero la devolverá al término de las navidades. La trajo porque hoy se cumple el primer aniversario de la muerte del Maestro…, como yo también llamaba antes a ese individuo, otro brujo, ella y él tal para cual, unos engañabobos. Así piensa Martxel ahora y así pienso yo. No he necesitado recibir su carta para saberlo: en estos últimos siete meses no he hecho otra cosa que pensar en cómo piensa Martxel para saber cómo pienso yo. ¡Largos siete meses de luchar solo! He visitado con frecuencia a Fabi en el convento sólo para rogarle que me nombrara mensajero de su correspondencia amorosa. «¡Qué ilusión me haría!», exclamaba Fabi; «pero fracasaríamos, hermanito: mi buen jardinero vive bajo mi mismo techo y es la persona ideal para este servicio.» «¿Me prometes contar conmigo si necesitas hacer algo contra ella?», le pedía yo. Fabi me lo prometía. «Pero ¿cuándo?», insistía yo. «¡Necesito hacerlo hoy, ahora mismo! Es peligroso vivir junto a ella sin tener ocupado el pensamiento en dañarla de algún modo.» Fabi se asustaba. «¿Tienes fiebre? El sudor de tu frente está helado…», decía. «Piensa Martxel que ella se merece toda nuestra venganza», le juraba yo, «por lo que le ha hecho a él, por lo que te hace a ti, por la farsa en la que nos hizo creer.» «Pero sigue siendo nuestra madre», la defendía Fabi. «Piensa Martxel que es monstruoso jugar así con los sentimientos de sus hijos», le dije. «Lo hace creyendo que es lo mejor para nosotros», dijo Fabi. «Piensa Martxel que te sumarás a nuestro odio cuando os destruya a ti y a… Román, como nos ha destruido a él, a Martxel, y a mí», estaba yo diciendo cuando Fabi me cortó: «¿Cómo te ha podido destruir, hermanito, sin estar enamorado?… ¿Qué te ocurre, Jaso? ¿Te encuentras bien? ¿Quieres que mande traer una taza de manzanilla?». «No me pasa nada», dije. «No me pasa nada… Piensa Martxel que…», y me volvió a cortar: «¡Piensa Martxel, siempre Martxel! ¿Qué piensas tú?». «¡Déjame llevar a Román una sola carta tuya!», le rogué. Pero cuando Fabi llegó a casa, su precipitación en darme un mensaje para Román fue simultánea a mi exigencia de lo mismo. «¿Lo harás, Jaso, lo harás?», lloriqueó. Tomé el sobre cerrado y lo oculté en mi bolsillo, junto a la carta de Martxel, y no quise abandonar la casa sin pasar ante ella en posesión de aquella carta de la venganza y mirándola con la misma dureza con que la miraría Martxel. Esto ocurría cuando Fabi no llevaba ni diez minutos en casa. Me crucé con aita en el jardín: había dejado su despacho para ver a Fabi. «¿Ya ha venido?», me preguntó. Le dije que sí y me rebasó velozmente. Y, en ese momento, oí a mis espaldas la voz de Fabi, llamándome. Estaba en el balcón sobre la entrada principal, agitando un papelito en su mano. Me acerqué y me lo arrojó hecho una bolita, susurrando: «No sé quién es más tonto, si tú o yo». Era la dirección de Román en Bilbao, que yo ignoraba. Pensé: «¡Ahora verás lo que es bueno, bruja!».
Hice el viaje en ferrocarril. Su portal estaba en Artecalle, y permanecí al amparo de sus sombras durante mucho tiempo. Saqué la carta de Martxel y la leí una vez más, y entonces empecé a subir al piso cuarto. Una mujer me guió por un pasillo. Llamó a una puerta y se fue. Lo primero que vio Román no fue a mí sino el sobre de Fabi que yo sostenía a la altura de mi rostro. Lo reconoció. Sus ojos se clavaron en los míos. «Tu respuesta», le pedí. Tardó en reaccionar. Por fin, dijo: «Ella me escribió vuestro cambio, pero ahora me resulta demasiado increíble». Me siguió mirando. «Oh, pasa», me dijo de pronto. Moví la cabeza a derecha e izquierda. Su mirada persistió. Hizo lo no esperado: abrió el sobre de Fabi y leyó el contenido. Le vi relajarse. «Así que durante un mes tú serás el mensajero», dijo. Y: «Soy más duro de pelar que Andrea… Fabi me tiene al corriente de las cosas de vuestra familia… Ella, Andrea, no debió claudicar tan pronto. Yo también soy pobre, pero, claro, no soy vasco, no soy de Getxo…, quizá me salve el no serlo. En cualquier caso, ya os he rendido a Martxel y a ti… ¿Por qué no pasas?». No me moví. «Tu respuesta», le dije. «Ah, lo entiendo. Es demasiado pronto, ¿verdad? Incluso a ti te resulta increíble tu propio cambio. Ciertas cosas son lentas de digerir. Sin embargo, agradezco tus sinceros esfuerzos. Y el que no me abrumes con las preguntas características del hermano: "¿La quieres realmente?", "¿la respetarás hasta la boda?", "¿sabrás hacerla feliz?"… Estás demasiado ocupado en digerirme… ¿Nunca pensáis en el orgullo de los demás? Sí, conozco vuestro argumento: nadie nos llama a vuestra tierra, si venimos habrá de ser desprendidos de nuestro orgullo… Me gustaría leer algo en tu expresión, Jaso… ¿Te importa que te llame así? Es que puedo oír el chirrido de tus huesos por el esfuerzo de haber llegado hasta mi puerta… Nos entenderemos, Jaso…, ¿no te importa? Al menos, nos admitiremos… En realidad, no hace falta que pases: tengo lista mi carta, tómala…» La cogí y desanduve el pasillo. Me persiguió su voz: «Gracias, hermano». Saqué, una vez más, la carta de Martxel y descendí las escaleras corriendo, a trompicones, para volver a leerla en el rincón menos oscuro del portal.
«Querido Jaso:
» ¡Fuerza, mutil, valor, mala leche y buenos cojones te desea tu hermano desde Ceilán!
» ¡Rompe con todo lo de ahí, como he roto yo! ¡He aprendido tanto en estos cinco meses! ¡Di a los pechisacados vasquitos que trepen al Serantes y abran bien los ojos, aunque se les rompan, y descubran otras tierras en el horizonte para que dejen de mirarse su propio ombligo y sepan que no son el pueblo elegido de Dios! Vivo en una aldea de buenas gentes, a las que trato de curar el cuerpo y el alma; el cuerpo, con medicinas, y el alma, no con nuestra religión, sino con la mía, la que me he ido componiendo desde aquellos días en que tú y yo perdimos la inocencia. ¿Cuántos miles de años hace de eso? ¿La sigues llamando bruja? Envíale mis maldiciones. Nos quiso tanto que nos abrió los ojos, y como misionero del catolicismo, soy un farsante…: envíale, también, mi bendición. No predico a Dios ni mansedumbre, sino coraje y rebelión, y esta buena gente me cree y acosa al padre misionero – ¿recuerdas su cara de pan?- con preguntas contra las que no le prepararon en el seminario, y cosas así me reafirman en mi reciente fe. ¡Qué necesitado está nuestro pueblo vasco – ¿mío?- de sermones que reclamen preguntas! Esa gente con la que aún vives, Jaso, se alimenta sólo de respuestas. Nunca pone en duda lo que le ha hecho sentir estas respuestas… ¡y nada hay tan engañoso como un sentimiento! ¡Jaso, arremete a preguntas contra esas gentes panfilotas, hasta trocearlas! Predico a mis nativos las mil formas de reírse de las respuestas, y me rompo las venas ante ellos para infundirles el valor que precisan para formular las preguntas que les liberarán. ¡Preguntas, preguntas, preguntas! Nada me extrañaría que los niños vascos nunca hayan formulado a sus mayores las preguntas de su edad. ¿Recuerdas, Jaso, nuestras preguntas de niño? Recuérdalas bien: ¡eran preguntas dóciles destinadas a provocar las respuestas deseadas por la bruja! Sus respuestas eran preguntas postergadas que provocaban nuestras preguntas-respuestas. Siempre fuimos ella. Ahora, Jaso, se trata de romper…, ¡romper!, para emprender la estrenada etapa de las preguntas nuestras y te juro, Jaso, que ya forman un solo cuerpo todas las respuestas que he obtenido. ¡Me he inflado como una montaña y me he multiplicado como un hormiguero! Amo, cazo y subvierto. Tengo un harén de nativas… a espaldas del padre misionero, claro. ¡No enrojezcas, Jaso! ¿Aún sigue la bruja en ti? ¡Suelta el viejo lastre y sé un hombre nuevo! Te digo que no hace falta salir de esa tierra para conseguirlo. Yo no la abandoné sin sentir el principio del cambio…, ¡ya la llamé bruja!, ¿recuerdas? ¿Y recuerdas que me limité a adoptar el término que tú te me adelantaste a crear?… ¡Qué maravilloso harén! Pero el gran placer me lo proporcionan cuando, alguna de ellas, siguiendo mis prédicas, se atreve a tomar su harén de hombres. ¡He empezado a poner del revés esta civilización! ¡Qué lástima siento de Andrea y de tantas como ella! ¡Y qué pena de mí cuando recuerdo el ridículo vínculo que me unía a ella! Y las preguntas también me han llevado a gustar de los hombres: tengo un harén de ellos y pertenezco a los harenes de otros… ¡Por mil demonios, Jaso, no te pongas rojo! ¡Ja, ja!