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»Y cazo. Organizo expediciones al interior de estas selvas y no ceso de abatir tigres, enormes fieras que se doblegan a mi fuerza y valor: duelos entre ellas y yo, en su propio terreno, y siempre triunfando la brutalidad más inteligente…, ¡mi brutalidad, Jaso! Es parte inseparable de la libertad recién descubierta. Llevo matados más de dos docenas y mi sangre hierve y mi carne palpita. ¡Ahora entiendo a nuestro padre! ¡Acompáñale, Jaso, a sus sangrientas cacerías africanas! ¡Y cómo le odiábamos, también, por asesinar -así llamábamos a lo suyo, ¿recuerdas?- a nuestros bichitos autóctonos: conejos, liebres, palomas, tordos e incluso algún lobo o jabalí! ¡Lo nuestro, cualquier saldo de nuestra tierra, era sagrado! ¡Idiotas de nosotros! ¡Ah, qué bien comprendo ahora la necesidad de nuestro padre de rasgar el corsé que le oprime, de liberarse fugazmente de la dictadura de la bruja! Él sólo se sentía fuerte fuera de casa. ¡Rechaza, Jaso, el viejo respeto a las cosas vivas o muertas y acompáñale a sus cacerías africanas! Pues lo que importa es la utilización de esas cosas y no su sacralización. ¡Dichosos los que pierden la inocencia, como nosotros, y viven ya liberados de la ceguera de todas las fes! ¿Qué tal te las arreglas, Jaso? Pude traerte conmigo… ¡y lo deseé con toda mi alma!…, pero mis dudas de última hora las resolvió la bruja. Alguien tenía que quedarse para expresarle nuestro odio, y pensé también en tu propia libertad. ¿Deseas fervientemente ser libre por ti mismo o lo deseas a través de tu hermano Martxel? ¡Conócete, desnúdate! Temo haber influido demasiado en ti. Si así fuera… ¡habría atentado contra tu propia libertad! Ahora estás en inmejorable situación para resolver el problema: es decir, solo. ¿Quieres seguirme, quieres alcanzar mi mismo peldaño de libertad? Hazlo solo. Aguardo, impaciente, la respuesta… Con todo, si te me hubieras presentado en aquella madrugada de mi partida, hoy estaríamos ambos en Ceilán y tú ya serías otro. Pero, dormías…

»No me escribas. No pienses en mí. Busca tu camino… ¡y luego ni siquiera me lo digas! ¡Así serás más libre!»

Hace tres días paré a aita y se lo dije. Primero se asombró de que quisiera hablarle; me miró tan confuso que habría despertado mi compasión de no sentir en mi bolsillo la carta de Martxel. «¿Estás seguro de lo que dices, Josafat?», dijo aita. «Sí.» «Y ¿a qué se debe el cambio? ¿Sabes lo que es aquello? ¿Crees que soportarías…?» Le corté: «¿Es que no me aceptas? ¿Supones que sería un estorbo, que el pobre Jaso se moriría de miedo?». Aita exclamó varias veces: «¡Por Dios, por Dios…!», y movió la cabeza y los brazos y no sabía cómo reconciliarse conmigo. Le pregunté cuáles eran más difíciles de cazar, si los leones o los tigres, y me dijo que nunca había cazado tigres, porque en África no los hay -yo ya lo sabía-, pero que serían fieras tan peligrosas como… «¡Yo no hablo de peligro sino de dificultad! ¿Por qué imaginaste que me atormentaba ese peligro? ¿Pensáis que el tonto de Jaso no se atreve a salir de debajo de la cama?», grité. Aita, muy aturdido, prometió llevarme. «No te preocupes del consentimiento de ama: soy libre», añadí. En ningún momento había dejado de presionar con fuerza la carta de Martxel. Dije a aita: «Me compraré una escopeta para salir a cazar mañana mismo…». Me dijo aita que él me la traería de su fábrica, «lo mismo que el rifle especial para África», me dijo, y no dejaba de mirarme, porque no salía de su asombro. «¿No me crees?», exclamé. «Sí, sí, te creo», se apresuró a decir. «¿Sabes disparar? Si quieres, yo te…» Le grité: «¿Le harías a Martxel la misma pregunta? ¿Por qué me la haces a mí, cuando cualquier tonto es capaz de disparar una maldita escopeta?». «Estás nervioso, Josafat, y no sé por qué, pero te aseguro que me alegro de que quieras acompañar a tu padre a África», dijo aita, y se retiró. El bastardo también caza y sólo tiene quince años. Le veo salir de su casa por las mañanas, muy tieso, y regresar a mediodía con un manojo de tordos y gorriones colgado del cinturón, y antes Martxel y yo le odiábamos por ello. ¿Al bastardo le incluye, igualmente, Martxel entre los afortunados que han perdido la inocencia? Martxel me pide que yo cace, pero ¿tiene en cuenta que el bastardo también caza y que, si antes le odiábamos por cazar y por las otras cosas, ahora me está pidiendo que le demos la razón, porque si nosotros hemos perdido ahora la inocencia, el bastardo ya la tenía perdida, no sólo cuando cazaba sino antes de nacer? ¿Acaso Martxel y yo somos como el maldito bastardo? Una cosa es renegar de la bruja y de cuanto representa, y otra… ¡Quisiera perder la memoria! Toqué su carne antes de que él naciera; no le vi, pero mi mano tocó su carne, ella me la puso sobre el globo de su embarazo, y toqué al bastardo, sentí sus palpitaciones, Ella me obligó a hacer aquello para hacernos iguales. ¿Qué me corresponde pensar y hacer sobre esto, Martxel? ¿Por qué me veo obligado a resolverlo sin ti? ¿Verdad, Martxel, que nuestra rebelión no me obliga a rebelarme contra todo, que tú tampoco te rebelarás contra el odio que profesamos al bastardo? Al declinar el sol no hay sombra más larga que la que proyecta su casa; es diez veces más larga que la de árboles más altos que esa casa; no dan una sombra así ni el gran roble de La Venta ni la torre de la iglesia; es una sombra que llega hasta las colinas de Berango, y de un negro diferente al de todas las demás sombras… Desde hace siete meses se producen sobre esa sombra los hechos más estremecedores: la vegetación arde en llamas por las noches, brotan de la tierra gritos espeluznantes de almas en pena, el subsuelo se vacía de madrigueras y las ramas de nidos, criaturas nunca vistas invitan a los pobres mortales a entrar en el recinto, en toda la noche no dejan de oírse las carcajadas de Ella, el bastardo es llevado a lomos de un macho cabrío… Pero, llegado el día, miro desde mi ventana y no prevalece ninguna señal. Fabi me dice: «¿Qué te pasa, Jaso? ¿Por qué te sientas en el suelo, de cara a la pared y cubriéndote los ojos con las manos? Y ¿por qué tiemblas?». Aún recuerdo sus palabras: «¡Qué carta tan maravillosa me trajiste, Jaso! ¡Cuánto te lo agradezco!», pero su expresión ha cambiado, ahora está asustada y yo no sé por qué estoy aquí sentado. Me levanto. «¿Eres libre, Fabi?», digo. «¿Sabes lo que es ser libre? ¡Quiero llevar ahora mismo otra carta a Román!» «La tengo acabada, sólo me falta meterla en el sobre», dice Fabi. «¡Pues dámela pronto! ¡La libertad no admite esperas!», digo. «¿Qué hacías en el suelo?», dice Fabi. «¿He estado en el suelo? ¡Has visto visiones! ¡Soy tan fuerte como Martxel y puedo mantenerme de pie contra todo! ¡Dame tu carta!» «No grites así, que se va a enterar ama», dice Fabi. «¡Al infierno con todos los brujos y brujas!», grito. «¡Ha llegado la hora de los engañados, que traeremos un mundo sin delirios! ¡Que nadie se interponga en nuestro camino!» «¿Qué te pasa, Jaso? ¿A qué estás jugando?», dice Fabi. Me aparto de ella y me sigue. «¿Por qué lloras, Jaso? ¿Es por algo que yo he dicho?», dice Fabi. Doy la vuelta, paso junto a ella y me paro ante la ventana. Veo a Ella y al bastardo en la execrable terraza de enfrente y, de pronto, oigo a mi espalda: «¿Qué miras, Jaso? Aún falta un mes para que Ella arroje piedras a nuestra casa». La bruja, en la otra punta del rellano. Fabi, entre ella y yo, se vuelve a la bruja. «¿Por qué nos tira piedras, ama?», dice. «Es lo mismo desde hace diez años», dice ama. «Todos los veinticinco de diciembre somos víctimas de sus pedradas.» «¿Y por qué no la denuncias?», dice Fabi. «Lo hice, lo hice, pero los guardias municipales no tomaron en serio mi acusación: no suele ocurrir que los inquilinos de las grandes casas se traten a pedradas. Además, Ella les dijo: "Su mala conciencia de usurpadora le hace mentir". ¡Me acusó de usurpadora! ¡Ella, a mí! ¡Oh, Dios!» Es la historia que nos repite, año tras año, por estas fechas, y Fabi también la sabe, pero quiere complacer a ama, darle pie a que se recree hablando de su tormento. «Su presencia ahí enfrente acabará matándome», dice, «es superior a lo que una mujer inocente puede soportar. ¡Diez años de martirio! Y… ¿hasta cuándo? ¿Qué hace vuestro padre para librarnos de tanta humillación? Y ahora he de luchar sola contra mis enemigos, sin el apoyo del Maestro…» «Hoy se cumple un año de su muerte, ¿verdad, ama?», dice Fabi. «Un difícil y terrible año de vacío», dice ama. «Aún no nos hemos repuesto, pero en tanto el espíritu de la raza vasca…» Digo: «Las señales del fin continúan produciéndose: las abejas sólo liban en las flores que crecen en cementerios, las mareas no obedecen a la luna, el desconcierto y el terror vacían la ribera de pescadores…». «¿Qué dices, Jaso?», exclama Fabi. «Últimamente le ha dado por decir tonterías», dice ama. «…a las familias vascas más antiguas se les olvidan sus últimos apellidos, el cura de San Baskardo no puede coger la hostia con los dedos porque quema como sacada del infierno, se sabe de hijos que han abierto el vientre de sus madres al grito de "¡libertad!"», digo. «¿Quieres venir a mi lado, Fabi? Tu hermano me empieza a dar miedo», dice ama. «¿Por qué dices tantas simplezas, Jaso?», exclama Fabi. «¿No te das cuenta de que pareces un chiflado? Espero que no se vayan de esa cabeza loca mis recaditos.» «¿Qué recaditos?», pregunta ama. Fabi tartamudea: «Nada…, nada…, no era nada…, una tontería… No sé por qué lo he dicho». Me agarro a los bordes de la ventana pensando en Martxel. Los agarro con tanta fuerza que la sangre deja de circular por mis manos. Miro la casa de enfrente pensando en Martxel, y la terraza, y las dos figuras, siempre pensando en Martxel. Él mata tigres; yo mataré leones. Es la primera vez que siento deseos de matar al bastardo. De un solo golpe, abro las hojas del balcón para dejar de verle a través de los cristales. ¡Martxel, Martxel!, ¿por qué no estás aquí para ver cómo miro cara a cara al bastardo? ¡Lo estoy haciendo, Martxel, y nunca lo había hecho antes! Mis dedos se cierran sobre los hierros del balcón y los calientan. «¡Maldito! ¡Maldito! ¡Te destruiré!», grito. «¡Deseo encontrarte pronto en mi camino para empaparme de tu sangre! ¡Te concederé el mismo privilegio que se concede a las fieras: verás a tu cazador justo antes de entrar en el infierno!» Me llegan las carcajadas de Ella. «¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Te mataré!», grito hasta derrumbarme.