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Asier Altube

Don Manuel había entrado en el siglo con siete años y yo nací en 1921, así que me llevaba veintiocho; no muchos, no demasiada ventaja en cuanto a acopio de información sobre nuestra comunidad. Yo, además, disponía de una fuente privilegiada, capaz de contrarrestar con creces esa ventaja de veintiocho años: mi propia cocina de Altubena, considerando que fueron los Altube parte importante de esta historia. La hegemonía de don Manuel no procedía, pues, de la cantidad sino del ahínco, esa su enfermiza obsesión por considerar a los Altube víctimas de Ella, la intrusa; y a esta pequeña historia, expresión de la gran historia de la persecución de nuestro pueblo. Esta perenne actitud tensa suya obraba en mí como recordatorio de ese cúmulo de hechos viejos que no convenía arrumbar. ¿Y quién pretendía condenarlos al olvido? En todo caso, ¿era esto posible, viviendo no menos de cuatro horas diarias en una cocina donde los abuelos y la madre ponían el tema sobre la mesa con una regularidad marcada por algún nuevo y último suceso, como la visita ocasional de un pariente que se enzarzaba con los míos en una polémica de fechas y nombres, o por la vuelta atrás de la memoria inspirada por cualquier boda o fallecimiento ocurridos a nuestro alrededor, o una galerna, una lluvia pertinaz, un mal año de maíz o la superflua subasta regular de La Venta?

Y luego, el propio don Manuel saliéndome al paso en cualquier sitio y preguntándome sin darle tiempo al saludo: «¿Te has enterado de…?», y yo me olvidaba de la manipulación que él imprimiría al acontecimiento, fuera el que fuese, y me dejaba arrastrar por la maldita vocación de cronista que se le supone a todo miembro de cualquier pequeña comunidad. Pero era su ahínco el que no sólo imprimía un carácter apocalíptico a los que, seguramente, no eran más que triviales avatares, sino que me obligaba a vivir alerta contra su alerta, como un médico ha de estar pendiente de las evoluciones de una enfermedad, cuidando, al mismo tiempo, de no contagiarse; peligro éste que me hacía sospechar que don Manuel y yo no éramos tan distintos, que nuestras diferencias sólo eran de fe, es decir, que apenas había diferencias.

– Tu propia madre sorprendió a la pareja dentro de la ermita del Ángel… ¡en el quince de mayo, fiesta de San Baskardo! Allí estaban, en un rincón, sobre unas pajas: Román Pérez de Angulema abrazando a Fabiola Baskardo, como Ella, sin duda, también se lo había indicado -me recordó don Manuel fervorosamente. Estábamos en los altos de la playa de Arrigúnaga, en el que llamamos monte de Alicante, sentados en uno de los bancos de madera pintada de verde que el Ayuntamiento, por fin, acababa de colocar, algo que los nativos habíamos de agradecer a los veraneantes. Era un atardecer de aquel mes de marzo de 1942, una semana después del fallecimiento de Camilo Baskardo y de Cristina Oiaindia. Como si la mar tampoco se hubiera repuesto del asombro, besaba la arena con olitas tan muertas que no parecían sino las leves ondulaciones producidas por una piedrecilla en un estanque-. Entonces recordaron que Ella conservaba una de las llaves de la vieja cerradura de la ermita. ¿Seguirás negando que fue la artífice de aquella boda y de la destrucción del noviazgo entre Moisés y Andrea? Porque el episodio de la ermita no fue más que la punta del iceberg…

Tuve que concederle lo de la ermita (mi propia madre me había contado el incidente, que no sólo coincidía con la versión de don Manuel sino que un relato de primera mano pasó, íntegro, a constituirse en crónica), e incluso la razonable sospecha de que las manipulaciones de Ella se extendieran al hijo mayor de Cristina. Aunque de todo ello ya habíamos hablado muchas veces, siempre nos sonaba a nuevo.

– En 1905 yo sólo tenía doce años -prosiguió él-, pero la parte adulta del pueblo empezó a removerse, inquieta, en sus camas y asientos, y a mirarse unos a otros sin atreverse a establecer lo que pensaban: que Ella trabajaba como una profesional de…, de…, ¿qué importa el nombre?, de aquello en que parecía haberse convertido su afán de medrar. Yo, a pesar de mis doce años, creo que ya pensaba lo mismo. ¿Recuerdas, Asier, tu tiempo de las películas de buenos y malos? Pues aquello era mi película de buenos y malos.

– Como hoy.

– ¿Acaso no lo es para ti? Recuerda: aún no ha aparecido en la pantalla la palabra FIN y Ella sólo tiene setenta y dos años…