Mari Benita, mi madre, no había visto la llave de la ermita desde 1893, es decir, dos años antes de que Ella abandonara La Venta para estrenar su palacio. Esa llave era la que, desde hacía dos siglos, venían usando las mujeres para entrar a limpiar la ermita, y se guardaba en La Venta. Había una segunda en casa del párroco don Eulogio -hasta entonces, los párrocos habrían guardado las dos-, pero La Venta estaba más cerca, y ésta sería la razón de que, en algún momento de aquellos dos siglos, alguna mujer propusiera guardar una en algún lugar más a mano. La primera misa celebrada en nuestra iglesia, en 1693, señaló el final de las que, hasta entonces, se celebraban en la ermita, el Santo Grial cambió de altar (un dolmen no comparable con el mostrador de La Venta, y dicen que aquel párroco del siglo XVII luchó denodadamente por arrancarlo del emplazamiento pagano para depositarlo en el que, según él, le correspondía, quizá recordando lo que aseguró aquel obispo de un tiempo aún anterior: que se trataba del auténtico altar de San Pedro de Roma, varado en la playa de Arrigúnaga por un error de Dios) y de recinto, y en la ermita ya sólo hubo misas menores y cada vez más espaciadas, hasta que prácticamente no hubo, excepto en el día grande de San Baskardo, los 15 de mayo, o después de la Guerra en el recibimiento a Kongobeltza, el pariente negro de los Murua. Por tanto, el arreglo interior y limpieza de la ermita apenas suponían preocupación; parece que, al establecerse el ritmo mensual, hace muchos años, algunas viejas protestaron, lo que indicaría que, en un principio, las mujeres se lo tomaron más en serio. Había un turno riguroso que se repetía cada cuatro años, pues no todas las familias del barrio de San Baskardo disfrutaban del privilegio de entregar una mujer suya al servicio de la ermita, sino sólo cuarenta y ocho, las señaladas por la leyenda como Fundadoras -don Manuel siempre pronunciaba la palabra con mayúscula-, aunque en realidad la rotación no se producía exactamente cada cuatro años, sino cada cuarenta y siete meses, pues los Baskardo de Sugarkea siempre hicieron vida aparte de la comunidad, sin contar con que nadie se hubiera atrevido a ir a ellos con el recado de que tenían que adecentar la casa del nuevo invento.
La madre no abrió la ermita como Altube en 1893, sino como Ibarrola, pues aún no se había casado con el padre, sólo tenía once años; la abuela la llevó consigo para iniciarla o, simplemente, a que le ayudara: fue la primera y única vez que la madre vio esa llave y, sobre todo, vio cómo era recogida de La Venta. Cuarenta y siete meses después, en 1897, pudo haber descubierto que ya no estaba allí, pero en esa ocasión la abuela hizo sola el trabajo; y lo mismo en 1901. Finalmente, en aquel mayo de 1905, la familia la envió y la madre se presentó en La Venta por la llave. Zacarías Ermo solía tener abierta su lonja ya a las cinco de la mañana, con más razón el día de la fiesta del pueblo; se le oía decir que no podía soportar que alguien con alguna necesidad encontrara cerrada su puerta. La madre la empujó con una mano, pues con la otra sostenía la escoba, los trapos, el balde con agua y el jabón. Saludó y pidió la llave. Tan naturales sonaron sus palabras que, en un principio, Zacarías Ermo se volvió, dando la espalda al mostrador y a la madre, y levantó el brazo para alcanzar el clavo en la pared del que colgara la llave a lo largo de todo un siglo hasta hacía sólo diez años. Cuenta la madre que Zacarías Ermo reaccionó antes de que sus dedos rozaran el clavo. «¿En qué mundo vives, Mari Benita Ibarrola?», exclamó, volviéndose y perforando a la madre con sus ojillos vivos -demasiado vivos, a juicio de muchos-, a los que era difícil escapara algo. «¿Aún no sabes que Ella se llevó esta llave y que la otra la tiene don Eulogio?» De manera que yo siempre supe de primera mano que en 1905 Ella estaba en posesión de una de las dos llaves.
– No cometeré la insensatez de asegurar que la robó sabiendo que habría de utilizarla diez años después al entregársela a Román Pérez de Angulema diciéndole: «Ve y abre la maldita ermita y que, al día siguiente, todos sepan que habéis dormido juntos» -dijo don Manuel-. Es posible que ella misma se sorprendiera al encontrarla entre los cachivaches transportados, o la recogiera como un recuerdo – ¡no, no, nunca caería en semejante flaqueza!-, o Madia o Magda se encaprichara de la pieza; aunque me inclino por su accidental inclusión en el botín procedente de la liquidación de La Venta, igual que Jim Hawkins al huir de la posada del almirante Benbow con el mapa de la Isla del Tesoro ignorando qué había cogido… Bueno, la tenía y la usó. Sin duda, el descubrimiento de la llave olvidada en algún mueble del palacio le inspiraría la trama, y nada más contundente que aquel golpe de efecto para doblegar la resistencia de Cristina a la boda de su hija con el militar maketo. -Don Manuel me miraba fijamente a los ojos-. Para entonces, ya lo sabía…
– Sí, claro que lo sabía, pero…
– Admitido que lo sabía, ¿estamos? ¿Y cómo lo supo? A su llegada, nadie conocía nada de Román Pérez de Angulema, y menos en Getxo: si tenía parientes en algún lugar del mundo, si ya estaba casado…, ¿por qué no?, ¿por qué no iba a estar casado? En 1905 tendría algo más de treinta y cinco años, y no le habría resultado fácil mantenerse soltero hasta entonces a un hombre cuya natural apostura quedaba realzada por el uniforme de oficial de la guerra de Cuba. Porque su propósito de casarse con un buen partido quedó claro al enamorar a la romántica y propicia Fabiola Baskardo. Lo único que se sabía de él era lo que quiso contar: que venía de esa guerra y había recibido una herida en combate, sin que tampoco revelara la naturaleza de esa herida. Fue lo único que nos entregó. La herida secreta pareció despertar en Fabiola su instinto maternal y se enamoró de él como una tonta. La pobre ignoraba que iba a ser de por vida hembra insatisfecha y madre frustrada. ¿No empiezas a presentir la mano de Ella, Asier?
Sin embargo, su primera intervención en el asunto de Román fue tratar de expulsarlo de nuestra tierra. Aunque el tío Roque Altube había traicionado a Altubena y vivía en aquel palacio, en mi cocina seguía preocupando su persona, había una rebeldía contra el destino que enfrentó a una sangre contra sí misma. Quiero decir que en mi cocina no se repudió o renegó de Roque, por mucho que las relaciones pareciesen rotas. De tarde en tarde, Andrea tiraba de la campanilla de la puerta del jardín del palacio y salía él. Hablaban. Roque y Andrea habían estado muy unidos desde niños. Ella le llevaba en un cestillo fresas, manzanas o uvas y, para cuando se despedían, Roque ya había dado buena cuenta del regalo, allí mismo, durante la charla con su hermana, en un rito absolutamente íntimo. Los abuelos y el padre aprobaban mudamente aquellos encuentros, y a través de ellos se supo en mi cocina que Roque había actuado de embajador de Ella para presionar a Román con dinero. Así ocurrió y es preciso aceptarlo, para complacencia de don Manuel. ¿Qué se proponía Ella? «No atacar a Cristina», decía don Manuel, «pues Cristina tampoco deseaba aquella boda. ¿Y no resulta curioso que, por una vez, las dos mujeres persiguieran lo mismo?»
En 1903, a primeros de noviembre, Ella envió a Roque a la pensión de Artecalle, en Bilbao, a hacerle la oferta a Román y, días después, Cristina encerraba a su hija en un convento de monjas, alarmadas ambas mujeres de aquellas relaciones comenzadas meses antes en la fiesta de puesta de largo en el Club Bilbao. «Resulta explicable el comportamiento de Cristina, pero ¿qué razones movieron a la otra?», comentaba don Manuel. «Le tenía que importar un higo que Fabiola Baskardo contrajera matrimonio o no; aunque, bueno, establezcamos que alejaba a Román para que Fabiola no se casase…, ¿no se casase con Román o no se casase en absoluto?; y a la inversa: ¿no se casase Román con Fabiola o no se casase en absoluto? Establezcamos eso, pero entonces, ¿por qué el cambio apenas días después? Y no ya sólo despreocupación, indiferencia ante la boda, sino deseo feroz de que se consumase. Pregúntamelo tú, Asier, pregúntame esto: "¿Por qué, don Manuel, por qué?", pues yo no necesito preguntármelo, sé la respuesta.»