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Pienso que para mi tío Roque no representaría gran esfuerzo el aceptar la… ¿orden?, ¿insinuación?, ¿ruego?… de Ella: la gestión se encaminaba a la proscripción de una boda entre una vasca y un maketo. Una vez embarcado en la cosa, mi tío se refugiaría en esta consideración, por muy rebajada que tuviera entonces su propia identidad. De modo que allá se fue con la bolsa de monedas que Ella le pondría en la mano y supongo que también algún documento en el que Román debería estampar su firma. No recordaba Andrea qué suma se le ofreció al novio para que tomase el tren; cualquiera que fuese, una ridiculez comparada con el suculento premio extraordinario si ingresaba en la familia del gran Baskardo. Me imagino a mi tío, grande y sombrío -a partir de su abandono de la muchacha de las minas nadie le volvería a ver ni siquiera sonreír-, debatiéndose en las calles de la ciudad y luego pronunciando el nombre y apellidos ante la mujer de la pensión que le abrió la puerta y avanzando por el pasillo a zancadas aldeanas y deteniéndose ante la puerta interior y a Román abriéndola desde dentro y a mi tío recitando: «Dice mi suegra que te diga que si coges la maleta…». Ella pensaría que mi tío no supo explicarse y le enviaría de nuevo y acaso más de dos o tres veces, pero siempre recibiendo del mensajero la misma respuesta: «Que no quiere», hasta que resolvió encargarse personalmente.

– Nos encontramos en la primera fase, aún no se había operado el cambio -dijo don Manuel-. El «porqué» total debe dividirse en dos «porqués», y el primero es éste: «¿Por qué ahuyentaba al militar?». Respuesta: porque se había grabado a fuego a sí misma condenar a Fabiola a la soltería, porque la quería estéril, porque Camilo Baskardo no debería tener más que un nieto, el suyo, es decir, el hijo de Efrén… El Mal, Asier, el Mal. ¿Cuándo la aceptarás tal como es? Y luego, el cambio, el segundo porqué: «¿Por qué dio, en horas, vía libre al matrimonio?». Respuesta: porque descubrió su esterilidad en algún momento de aquellos breves días…

– ¡Magnífico! A él le faltaría tiempo para confesarle: «Señora, estoy castrado, la herida de Cuba…».

– Calla, Asier… Lo supo porque lo descubrió por sí misma. ¿Cuándo la aceptarás tal como es? No pudo ocurrir de otra manera. ¡Si quedara alguna duda de si ella visitó o no aquella pensión…! Pero tu propio tío se lo confesó a Andrea… ¿Te la imaginas en aquel cuartucho actuando como una vulgar meretriz? -y allí, sentados en el alto de Alicante, volvió a vengarse de la mujer y me refirió, una vez más, la escena que ni él ni nadie había visto-: Su carruaje no entró en el casco viejo bilbaíno, el cochero recibió la orden de dejarlo en sus inmediaciones, quizá en la Ribera de San Antón…

– Quizá no entró, ¿no?… Quizá ordenara, ¿no?… -Mi persistencia en corregir su agresivo convencimiento sobrevivía a todas nuestras reposiciones.

– Entró… Ordenó… -mantenía siempre don Manuel-. Llegó a pie a la pensión de Artecalle y se enfrentó al semen que amenazaba su Proyecto -y la palabra también sonaba, inequívocamente, con mayúscula-. «¿Se lo ha sabido explicar bien?», le espetó. «Perfectamente», aseguró Román. «Quiero que usted se marche lejos para siempre», puntualizó Ella. «Sí, me lo dijo con toda claridad», volvió a asegurar Román, y aquí concedo la duda de una posible sonrisa en aquel rostro que, en los años siguientes, tuvimos ocasión de observar con más calma: una belleza varonil revistiendo un armazón tosco; un contorno de líneas angulosas en función de un espeso bigote negro excesivamente seguro de sí mismo, bajo unos ojos juntos y más bien pequeños que miraban de frente no con la naturalidad de los sinceros sino con la audacia de los escasamente ingenuos, y un bronceado de mestizo -aunque Fabiola lo conoció cinco años después de que dejase de recibir el sol de Cuba- que le otorgaba un exotismo que él acentuaba con un sombrero jipi-jipi (¿se llaman así?) caído sobre el ojo izquierdo, y unos modales lentos, cansinamente calurosos, una dulzona voz de mando, mezcla de efebo y de soldado, que cualquier mente descompuesta por todo lo anterior podría atribuírsela a un héroe griego… Bueno, un ejemplar casi irresistible para una muchacha pueblerina. A lo largo de esos cinco años habían fracasado varios intentos suyos de seducir a apetitosas herederas, de ser admitido en la buena sociedad bilbaína (nunca perdió ocasión de lucir el uniforme que llegó de Cuba ya bastante deteriorado y que él mimaba, cepillándolo a diario, plegándolo cuidadosamente bajo el colchón, enviándolo a lavar con disciplina cuartelera). Y así como su uniforme era su mejor credencial, Fabiola representaba su última esperanza. Su no a Ella fue claro e irreversible, quizá, sí, acompañado de una sonrisa burlona. Ella no se inmutó. Extrajo de su bolso la bolsa de las monedas. «¿Era poco? Esta vez será el doble», emitió, en ese su tono metálico característico y que tan bien le iba a la escena. Román movió negativamente la cabeza tres veces…

– Tres veces… ¡Oh, sí, tres veces!…

– Sí, sí… Una por orgullo, al poder rechazar la oferta. Otra por hastío ante tanta insistencia. La tercera sería propiamente la respuesta… Y aún cabría otra cuarta, la de la sonrisa burlona… No me mires así: llevo treinta años asistiendo a esta entrevista… Convendría que te detuvieras más en los modos y maneras de la mujer, esa bolsa de monedas danzando de un lado a otro con la más burda indelicadeza…

– Era la hora del regateo -dije-. ¿A cuánto subió la oferta?

– No es que no me atreva a pronunciar una cifra, es que pronto dejó de interesar allí ese punto… Ella fue la primera en desecharlo, por inútil. «Comprendo», dijo a Román. «Usted no lo quiere en una sola entrega. Pero sepa que la mujer del Baskardo no lo consentirá nunca. Piénselo: lo mío es en mano y ahora.» Y entonces él quiso saber por qué lo hacía, y ella se lo dijo. La carcajada de Román se oyó en toda la casa. «¿Eso?, ¿eso?», repetía. «¿Por qué se ríe?», preguntó Ella. «Porque habría sido un despilfarro por su parte pagar cualquier precio por nada.» Ella no le entendió, naturalmente. «No tendré hijos», amplió Román. Y Ella: «¿Quiere usted decir que ha elegido no tenerlos?». Entonces Román se lo confesó… Pero esto nada tiene que ver con tu chiste de antes, Asier, fue como si nada le hubiese confesado, porque Ella no le creyó. «Ahora sí que se está burlando de mí», le dijo, lo que resulta demostrativo de que existió la sonrisa burlona. «¿Tanto desea que salga de este cuarto y le deje en paz?» Al principio, Ella le observó sólo atentamente, aún sin desvestirlo con la mirada. Eso vino después, enseguida, cuando el tosco rostro mestizo expresó que podía no estar mintiendo. «¿Por qué me revela una cosa así?», preguntó Ella. «He de defenderme de usted, señora.» «¿Defenderse de mí?» «Acabo de conocerla, pero sé que sería capaz de salirse con la suya y arrojarme de aquí. Usted no mueve los labios al hablar. Usted sería capaz de obligarme a hacer lo que no quiero. Estuve en una guerra donde aprendí a guardarme de las emboscadas», dijo Román. «Le creería a usted si no fuera militar», murmuró Ella, aunque ya había empezado a vislumbrar el carácter definitivo de la insospechada posibilidad. Así, pues, le empezó a desnudar con la mirada. «Puede usted creerme, señora. Un militar no jugaría con una cosa así, no hablaría de ello si no fuera verdad. Mire usted: sólo quiero que me permita llevar adelante mi boda. Le juro por mi honor que no debe temer nada.» Ella le seguía desnudando con la mirada y había resuelto averiguarlo. Se le acercó dos pasos y se quitó el sombrero. «Tómeme», le dijo mientras se descolgaba el bolso y, juntamente con el sombrero, lo dejaba sobre una silla. Luego se despojó del abrigo y buscó con la mirada el armario y lo colgó fríamente de un perchero. Finalmente, regresó frente a Román y se desabrochó tres botones de la blusa…