– Tres botones… -sonreí.
– Sí, tres -subrayó don Manuel-, los estipulados para esta clase de escenas. Tenía treinta y tres años…
– Nadie supo jamás su edad. Acumuló años sobre la incógnita de los que parecía tener cuando su aparición en Getxo…
– Treinta y tres años. En aquella visita a la pensión de Artecalle tenía treinta y tres años. Ignoro los que tuviera antes o tendría después, pero en aquel día de 1903 Ella tenía treinta y tres años… Una edad de mujer absolutamente presentable, así que la prueba a Román, la oferta, se realizó en las mejores condiciones de la mercancía. «¿Qué hace usted?» Román no esperaba aquello y, por supuesto, no lo deseó, independientemente de su incapacidad: no lo habría deseado en ningún caso. Había descubierto, tan pronto, que era una mujer temible. «¿Qué hace usted?» «Tómeme. Tanto si es usted hombre como si no lo es. Necesito comprobarlo por mí misma.» – ¿Tenía la blusa más de tres botones? -pregunté-. Estábamos en el tercero…
– Ella se desabrochó un par de botones más y Román retrocedió un paso. «¿No le importa que lo sepa la gente?» «Escuche: si es usted un hombre, nadie sabrá de nuestro encuentro, porque yo me las arreglaré para que usted se vaya al otro extremo del mundo. Si no lo es, no podrá consumarse nada entre nosotros. Lo entiende, ¿verdad? Vamos a la cama, que hace frío.» Ella se quitó los zapatos y las medias y se libró de lo más embarazoso de su vestido, dejándolo en otra silla, mostrándose en ropa interior los breves instantes que tardó en refugiarse bajo las mantas. Román vio un cuerpo que se movía con lo que le pudo parecer, aún, frescura juvenil, pero que sólo era ausencia de carne sobre un esqueleto exiguo con las articulaciones siempre engrasadas para abalanzarse sobre algo, fuera animal, vegetal o mineral. Ya en la cama, se sentó para quitarse las prendas superiores y vio Román que no usaba sostén y enseguida descubrió que no lo necesitaba: tenía un hijo de catorce años, pero sus pechos parecían de gata, e incluso se diría que estaban allí para cumplir con una formalidad. Creyó Román encontrarse ante una especie de criatura nueva y no repetible…
– No siga, no se ensañe, no se haga daño a sí mismo, recuerde que está moviéndose en la irrealidad…
– ¿Irrealidad? ¿Ha de ser real sólo lo que vemos? -suspiró don Manuel-. Con todo, había formas en aquel cuerpo capaces de encender a un varón… siempre que no advirtiera que el blanco y la firmeza de aquel sólido eran trapacerías para simular que era carne y, precisamente, carne humana… Bien, bien, como quieras… Aunque Román no corría ningún peligro. Y si accedió a compartir el lecho con la mujer no fue por el sexo, ni siquiera por cualquier aberración adquirida al no poder realizar la función natural, sino por obtener la garantía de poder continuar con sus planes de boda: no le quedó otra opción que entregarle la prueba palpable. Y Ella sí palpó el pingajo de pene huérfano que dejó la bomba cubana… ¡No pudo ocurrir de otra manera, Asier! ¡Llevas toda la vida buscando otra explicación a su increíble y súbito cambio en aquellos breves días! Vamos, sigo esperando esa explicación…
– Nunca nadie pudo acusarle de ningún escándalo en materia de moral sexual, porque su hijo procedió de la seducción de Camilo, ella sólo tendría diecisiete años… -dije.
– Lo importante es su adivinable desprecio por algo tan fundamental para nosotros, esa su indiferencia ante el hecho de ser decente o prostituta. Recurrió al sexo siempre que lo necesitó, se habría comportado como una ninfómana si… En fin… Y, de hecho, fueron cuatro las ocasiones en que usó su cuerpo, nos escandalizó por partida cuádruple: sedujo a Camilo Baskardo para tener un hijo de él; empleó malas artes para arrastrar al altar a tu tío abuelo Santiago…
– Si viéramos como pecado el ser buena cocinera y ganar al hombre por el estómago, las más ejemplares de nuestras mujeres acabarían en la hoguera…
– ¡La suya era cocina erótica!… Sabes bien que el pobre Santiago durmió, soltero, demasiadas noches en aquel cuartucho de La Venta -adujo don Manuel sin apenas separar los labios.
– Las tendría por un tributo a tanta satisfacción gastronómica. Significaron para él menos que un grano de maíz y usted lo sabe…
– Tu tío Roque fue otra víctima de la proximidad de su carne…
– ¡De la carne de la otra!
– ¿Qué más da? Ambas eran Ella… Y, finalmente, Román Pérez de Angulema. Sigo esperando tu explicación… Negarías la escena en la pensión aunque hubiera sido testigo de ella tu propia madre. ¿Acaso tampoco crees en la otra, la que vio y contó Mari Benita, la de la ermita? Advierte la coherencia entre una y otra, el principio y el final de su nueva trayectoria, el descubrimiento que provoca su cambio de actitud y el remate apoteósico. Todo lo que ocurre entre una escena y otra está en función de ambas: el jardinero del convento prestándose a llevar las cartas de amor de la pareja, el misionero providencial ofreciendo al desesperado Moisés la huida a Ceilán… Dio un giro completo y, de pronto, no sólo consintió sino que supo que aquel hombre había de ser para Fabiola, porque además de cerrar el paso a los demás pretendientes, la eliminaría como madre. Se lanzó a conseguir su emparejamiento. Compró al jardinero de las monjas para que hiciera de mensajero. ¿Qué importa cómo lo consiguió? ¿Y para qué saberlo, si tampoco lo ibas a aceptar? Pero alguien, alguna vez, oyó decir a Fabiola que aquel jardinero de las monjas se compadeció de ella… Luego, la apoteosis final en la ermita. El encuentro con la llave le proporcionaría la solución. El jardinero colaboró en el rapto de Fabiola: una deslealtad más, y no grave, puesto que toda una señora con palacio bendecía aquel romance folletinesco… ¿Tampoco aceptas que fuera el coche de Ella el que trajera a Getxo a la pareja dadas ya las doce de la noche? Años después, el propio cochero lo contaría en La Venta. Ella misma introdujo la llave en la cerradura de la ermita y empujó a su interior a la asustada pareja (no nos asombre de la pudibunda Fabiola; pero también Román, desbordado, temiendo que aquella violencia se volviera contra él, pues había empezado a sospechar que estaba loca). Ella buscó en el interior de la ermita un rincón bien visible y lo encontró al costado del altarcillo, pero echó en falta algo imprescindible y ordenó al cochero traer un buen brazado de paja y el hombre la robó de alguna cuadra próxima. Los acostó. Les dijo, les ordenó: «No os mováis hasta que alguien abra de nuevo esa puerta». ¿Dedicó entonces a Fabiola alguna palabra tranquilizadora?
– ¿No lo sabe usted? ¡Es lo último que le queda por imaginar! -exclamé.
– Cabe que le susurrara: «No temas, no temas, es el hombre al que quieres, ¿no?». No se lo concedo. No está construida así. Ni siquiera cuando Fabiola creyó sentirse obligada a agradecérselo y musitó: «Gracias por todo. No sé por qué lo hace, pero gracias». Ni siquiera cuando un alborozo irreprimible le hizo pensar: «La tonta está asustada, pero todo saldrá bien». ¡No tenía más que verter en sonido su pensamiento!… No, no cayó en esa debilidad. Absolutamente, no. No. Les ordenó que se tendieran. Y si no les ordenó que se desnudaran y realizaran el acto cuantas veces les apeteciera, no fue por pudor sino porque sobraba, porque, desnudos o no, nadie creería a la mañana siguiente que no lo habían cometido…
– ¿Qué ocurrió realmente? No me interesa saberlo, no es más que curiosidad por saber cómo lo supo usted.
– Si a Ella no le importó es que era menos que una menudencia y, por tanto, a nosotros tampoco nos debe preocupar.
– Y entonces mi madre abrió la puerta… Dígalo, necesito pisar terreno firme.
– Sí, entre las cinco y las seis de aquel gran día de San Baskardo tu madre abrió la puerta. La abrió con la llave que acababa de recoger de casa de don Eulogio. La abrió, hizo funcionar la cerradura. Es decir, Ella había encerrado a los novios. Siguieron varios minutos de mutua contemplación estupefacta, tu madre desde el centro de la ermita, Fabiola y Román desde su lecho del pecado, hasta que tu madre corrió a contar al párroco la novedad y adelantándosela a las personas con las que se cruzó en el trayecto, y Getxo, ya excitado por la festividad, recibió el escándalo como el número más apetitoso que le ofrecía San Baskardo y se precipitó a la ermita, y, para cuando llegó don Eulogio a sacar a los profanadores, habíase ya formado una pequeña calle humana, y Fabiola y Román, cogidos de la mano, con la culpa en sus rostros, pasaron ante medio pueblo, empujados por el cura, quien de pronto agarró con vehemencia el brazo del violador para que no escapara, y así los presentó a Cristina. Era mayo de 1905. Se casaron dos meses después.