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La subida de la marea no trajo mayores olas, sino la impresión de que las partes de océano más próximas a la orilla se adensaban dentro del mismo espacio, como si la arena no hubiera cedido nada. La mar producía el efecto de hallarse encajonada en una piscina de límites estrictos y, al no haber olas, no había ruido.

– No le podemos negar imaginación -comenté.

– ¿Y por qué no, también, elegancia? -Don Manuel era la única cosa desazonada que habitaba aquel escenario semivelado por el anochecer-. Quizá no se concibe una imaginación sin elegancia. Y como nada de lo suyo fue jamás elegante, tampoco era imaginación.

– Si el traernos al garete desde que se estableció entre nosotros, hace cincuenta y cinco años, no puede llamarse…

– ¿Fue imaginación el enviar a Román a la puerta de Cristina a revelarle que Moisés salía con tu tía Andrea? Un retrasado mental lo habría hecho mejor. Se supo que ocurrió así por el propio mayordomo que abrió la puerta. Y de nuevo topamos con sus maneras burdas. Y no argumentes que resultaron eficaces: fue la eficacia de la violencia. ¡Tengo derecho a acusarla de sucia! ¡Cuánto le hubiéramos agradecido unos mínimos gramos de pulcritud y sutileza! Ni siquiera eso nos concedió… En realidad, no lo hizo por desvelar aquello ante Cristina (tenía que saber que todo Getxo estaba al tanto de que Andrea y Moisés se veían semanalmente y desde hacía años, casi desde niños, y que ella también lo sabía; sólo pretendió revulsionar, adelantar la intervención de Cristina, obligarla a acometer inmediatamente lo que todos esperaban de ella desde hacía años. Fue como si le dijera: «Vamos, mujer, reacciona, que la cosa ya ha echado demasiadas raíces y necesito dar solución a lo de ese hijo tuyo que ha elegido a la madre de los nietos de tu marido». Se trataba, ¡oh, sí!, de legítima impaciencia: de un lado, Cristina intervendría de una vez, descubriría que aquello era un juego más que peligroso, no tenía otra salida; de otro, llevaba meses chapuceando con Fabiola-Román y se sentía, digamos, en forma, y entonces, ¿por qué no acabar con todo cuanto antes? Obligó a Cristina a enfrentarse a la vieja cuestión pendiente; las palabras de Román a la puerta de su casa obraron como el derrumbamiento que deja a la vista el cadáver. Y también acertó en la elección del mensajero: la figura de Román le resultó tan estridente que le impidió el regreso a su cómoda y premeditada ignorancia, siempre a la espera de la irremediable ruptura, cuando la pareja descubriera en qué clase de mundo estaba. Habló con Zenón y Bixenta, tus abuelos, para exponerles, sencillamente, lo que ocurría, lo que ellos y todos sabían, es decir, para comunicarles oficialmente que ella, Cristina, también lo sabía.

– Era suficiente -dije.

– Ah, sí, claro… Era suficiente -pronunció don Manuel sin mirarme.

– Apeló al maldito código discriminador.

– Ah, sí, te entiendo. Pero…

– Al maldito código discriminador padecido también entre nosotros. -En don Manuel no se movió nada-. ¡Dinero! ¡Dinero! ¡Somos tan adoradores del becerro de oro como cualquiera!

– Cristina se sentía acosada: un extraño pretendía a su hija, y su otro hijo…

– ¡Por san Diez, Andrea no era una desconocida! -le impuse abruptamente.

– Pero no fue discriminación por raza o por sangre…

– Así que fue discriminación…

– ¿He dicho discriminación? -no exclamó, no se sorprendió: lo silbó, buscando ganar algún tiempo, quizá la salvadora llegada del fin del mundo.

– Discriminación de clase. ¿O cómo lo llamaría usted, que no es socialista ni marxista? A Cristina, Andrea le pareció poco para su hijo. Y punto.

– Son accidentes, pequeñas manías individuales que no enturbian…

Nos miramos. Vi en sus ojos la misma súplica de siempre, la misma resignación ante mi tozudez por resolver con palabras lo que, según él, había de ser sentido y creído sin ellas.

– ¡San Diez, qué fe! -exclamé-. La única esperanza para nuestro pueblo son esas reacciones objetivas y críticas, como la de Moisés al sufrir el desengaño: no todas las fes resisten la herida en propia carne.

– Se mantuvo en ella -saltó don Manuel-. La recuperó limpiamente. A su regreso de Ceilán, en 1910, no le quedaba rastro del desengaño, y por tanto se reconcilió con todo lo nuestro…

– No le llame reconciliación a la locura. Volvió, precisamente, porque se había vuelto loco. Y prefiero pasar a otra cosa.

– Lo resistió, lo superó -vibró don Manuel-. Recuperó su existencia anterior en el mismo punto donde la dejara. Recuperó, incluso, su amor por Andrea, sublimándolo, espiritualizándolo hasta el extremo de colocarlo por encima del tiempo…

– Sí, presentándose absurdamente en Altubena para solicitar la mano de Andrea, tras su regreso a Getxo, en 1910, sordo a las alarmadas voces que le repetían: «Andrea se casó el año pasado», o «se casó hace dos años», o «hace tres años», etcétera… Y luego el hombrón persiguiendo a las niñas y a las adolescentes a la salida de la escuela, a las nuevas y renovadas caritas de Andrea, primero a su hija y ahora a su nieta, llamándolas con asombro cuando huyen de él…

– ¿Por qué no desatas todo tu pensamiento? -exclamó don Manuel-. Persecución de un sueño y todas esas cosas que nos lanzáis a la cara. Di «por extensión» y hoy dormirás más tranquilo.

Cambié de postura sobre el banco. Me fatigaba el esfuerzo de su resistencia.

– Ella utilizó para sus propios fines la desesperación de Moisés…

– Cristina acababa de convertir en imposible su matrimonio con Andrea, pero su presencia en Getxo continuaba siendo un peligro -dijo don Manuel sin más transición que un inapreciable parpadeo, no de asombro sino de mera acomodación-. Eliminada Andrea, podría procrear con otra. Quizá, durante aquellas semanas, esperó la noticia del suicidio del desesperado…

– …y desengañado -apunté-. Tengo interés en incluir en la versión definitiva este matiz.

– Desengañado -deletreó don Manuel.

– Sí, huyó de nuestra tierra.

– Para olvidar. Lo que se espera de cualquier enamorado en su situación.

– Rompió con su madre.

– Le correspondió ser la mala de la historia.

– Odió, repudió, cambió de piel. Se convirtió en otro. Repudió a más cosas que a la madre. ¿Olvida que empezó a publicar artículos en el semanario socialista La Lucha de Clases? Usted mismo me lo reveló. Muy de tarde en tarde enviaba cartas a su hermano (nunca a Cristina: el cartero se fijaba muy bien) y en ellas incluía artículos, y era Josafat quien, obedeciendo sus precisas indicaciones, se personaba con ellos en la redacción de los socialistas, en Bilbao, y luego aparecían en las páginas del enemigo. El escándalo se prolongó hasta 1910, año de su regreso. Usted sabe que yo también los he leído en la Biblioteca Municipal y los hemos comentado. Más que de un cambio de ideología, sus contenidos hablaban de un repudio de cierta ideología. No eran textos propiamente socialistas (cosa imposible: Moisés jamás leyó uno solo de sus libros) sino libertarios, vitalmente anarquistas, rompedores, calurosamente radicales, siempre dentro de una concepción individualista de la vida. No habrían sido publicados de no ser suyos. Los del periódico investigarían, descubriendo que aquel Moisés Baskardo era nada menos que el primogénito del gran lobo industrial Camilo Baskardo y de Cristina Oiaindia, fanática de Sabino Arana y miembro de la junta del Euskaldun Batzokija. No desaprovecharon la ocasión de airear los exabruptos del traidor.