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La primera reacción de mi tío abuelo fue pedir a los del puerto que las mataran, pero hubo de llevárselas vivas en una gabarra, pastoreadas por nueve soldados de Soria que militaban en Bilbao, diestros en el trato con mulos. El miedo que les dominó hizo que las soltaran en una playa en vez de conducirlas a un monte según Jo acordado. Empezaron a devorar sembrados con sus mandíbulas de hierro. Llovieron las reclamaciones sobre mi tío abuelo. Su mujer, Abeliñe Artola, le apremió para que pusiera remedio, y la cacería legendaria comenzó cuando se vio en marcha el carro del carnicero Braulio Apraiz, con él encima -y una báscula en la que iría pesando las llamas a medida que se cobraran y abonándoselas a mi tío abuelo a precio de res- junto a mi pariente y su sobrino Juan, mi padre, entonces de veintisiete años y novio de la madre, los tres armados de escopetas, cananas y cestas con alimentos. Sin embargo, la primera llama sería abatida por Efrén.

Todos los cazadores de Getxo -es decir, todos los varones de Getxo- participaron en esa cacería que, jornada a jornada, les iría desbordando, pues ninguno de ellos estaba ya en condiciones de medirse con presas que no fueran fieros gorriones, avefrías, palomas, liebres y demás; una comunidad timorata, sórdida y cobarde, incapacitada ya para comprender el mensaje que trajeron las llamas irreductibles, bestias procedentes de un territorio virgen y pujante descubierto sólo cuatrocientos años atrás. En el Getxo de 1907, sólo un muchacho de catorce años y un clan prehistórico pudieron recoger el mensaje olvidado: el muchacho era don Manuel, y lo supo por el privilegio que le concedería el macho-guía del rebaño, y el clan era el de los estancados Baskardo de Sugarkea, tan primitivos y sensibles a cosas así.

– También Efrén se estremeció con el recordatorio que nos trajeron las llamas -me contaba don Manuel-, y él fue no sólo quien con más saña les disparó y mató sino que me acosó después, durante muchos años, para que le revelara dónde oculté al macho superviviente de la matanza. De modo que, Asier, admite para siempre que, como digno hijo del Mal, era también nuestro Enemigo, nuestro Mal. Las llamas nos hablaron de libertad (¿o Libertad, con mayúscula?) y Efrén embistió demencialmente contra ellas porque, ya por entonces, nos consideraba bienes propios y nos negaba todo despertar.

– Si a Getxo no le llegó el mensaje fue debido a su degradación, pues a Efrén lo único que le importó fue vengar los doscientos cincuenta gramos de carne de su hombro arrancados de un seco mordisco por el macho -le decía yo-. Olvídese, por una vez, de las interpretaciones apocalípticas. Simplemente, Getxo no estuvo a la altura de aquella buena oportunidad para, al menos, frenar o corregir su caída milenaria… Y no me diga que no me entiende, pues usted era aquel muchacho a quien le fue concedido intuir el abismo entre el grito selvático de las llamas y nuestro silencio. Usted me ha contado mil veces que buscó la ayuda de los Baskardo de Sugarkea, las únicas criaturas incontaminadas de nuestro pueblo, para salvarlas, salvar aunque sólo fuera aquella minúscula esperanza para todos… ¿O es que ha caído tan bajo que hoy ya no lo volvería a hacer? ¿Se ha olvidado de cómo pensaba a sus catorce años, de lo que le movió a enfrentarse a todos los cazadores de Getxo?

– Mis catorce años… -susurraba don Manuel mirando a ninguna parte.

Yo me apresuraba a desdramatizar el momento:

– No los ha perdido, y usted lo sabe tan bien como yo. Y no sólo no ha perdido los catorce años sino que se ha empeñado en ser depositario y velador de mis quince años, testigos de aquel su insulto en la escuela a la señorita Mercedes… ¡Hace mucho tiempo que he dejado de tener quince años! Cásese con ella, que aún le sigue…

– Silencio, silencio… -pedía don Manuel.

– … esperando. ¿Merece tal sacrificio un maldito adulto como yo condenado a recordar que una vez tuvo quince años?

– Por favor, por favor…

– Bien, de acuerdo. Con razón o sin ella (sin ella: usted sabe que no sólo le he perdonado sino que le he comprendido y justificado), si usted se empeña en sacralizar eternamente mis quince años, haga lo mismo con sus catorce años del tiempo de las llamas y…

El paso del carro del carnicero Braulio Apraiz fue como la llamada a rebato para que los demás cazadores se lanzaran al monte con sus armas. En el amanecer de aquel domingo, Efrén abatió la primera llama -en las cercanías de La Galea, siendo aquélla su primera y auténtica aparición en público, algo así como su puesta de largo; la primera vez en que Getxo pudo tenerle a un paso sabiendo que no lo perdería de vista un instante después; porque permaneció, desde el principio se supo que no proseguiría su camino (como hasta entonces ocurría, sin saludar ni mirar a nadie, ignorándonos más que despreciándonos), y aquello se entendió como una ratificación de la singularidad del episodio de las llamas. Tenía dieciocho años, aunque de él emanaba esa madurez de piedra de las cosas sin niñez imaginable; tieso, acerado, aunque no tenso o receloso (la alerta y todo lo demás perteneció a la madre; a él, para recoger los frutos de aquella siembra obsesiva, le bastaría con mostrar la tranquila inquebrantabilidad del diamante), y decía don Manuel que pronto el carro contó con dos habitantes más: el propio Efrén (aunque en los últimos días de la caza montó uno de los caballos de su propiedad) y don Estanis (don Estanislao Goiburu era coadjutor de San Baskardo desde 1904 y fue botado por don Eulogio a raíz de esta cacería por abandono del servicio religioso para sumarse a ella).

El niño don Manuel recibió la revelación aquella misma noche. Su madre le pidió que subiera dos lechugas del huertecillo familiar de detrás de la casa, y bajó y allí las vio: estaban todas, el rebaño entero, a la luz de la luna, triturando inocentemente lechugas mientras los cazadores las buscaban por otro lado. Todas comiendo, excepto el macho… «No apartaba sus ojos de mí, pero no vigilándome, para huir si fuera preciso, sino imponiéndome su presencia.» Se sentó en el suelo y entonces el macho comió. «Porque yo estaba bajo su dominio y él lo sabía», comentaba don Manuel. Pero logró levantarse y aún quiso cerrar la puerta de tablas en el momento en que el rebaño, cercenadas todas las lechugas, se disponía a salir. El macho se movió y su cabezota quedó a un palmo del chico don Manuel, aquellos ojos rojos con la mirada nueva. «Yo temblaba y sólo pretendía adivinar sus intenciones, saber si me iba a devorar de un momento a otro. Pero su inesperada inmovilidad me tranquilizó y además, de pronto, me sorprendí creyendo que me estaba transmitiendo algo. Ni lo soñé entonces ni lo soñé luego: aquel bicho demoraba su partida para que yo recogiera algo de él. Me atreví a sostener el brillo salvaje de sus ojos durante un tiempo interminable y cada vez estaba yo más convencido de mi incapacidad para entender que él lo estaba haciendo bien y yo mal. De modo que empecé a sentir vergüenza de mí mismo», me aseguraba don Manuel. Pensó, incluso, que el macho le indicaría cuándo había de levantarse, igual que el resto del rebaño aguardaba su orden de partida. No, estoy seguro de que no fue un sueño: el macho permaneció allí un tiempo aparentemente innecesario, viviendo sin prisa aquella especie de tregua que concedía a los humanos de Getxo. Así lo hace creer el mudo entendimiento que finalmente se establecería entre el muchacho de catorce años, los Baskardo de Sugarkea y el macho de la manada. Confiesa don Manuel que supo que de un momento a otro sería iluminado por una revelación, aunque sólo llegó a percibir la inmensa distancia desde la que el macho le enviaba algo, fuera lo que fuese, y su propia pequeñez impuesta por la gran llama sin la menor ostentación o soberbia, aun siendo consciente de que tenía derecho a ello, humillándolo justo hasta la frontera del ensañamiento. Luego vinieron los ladridos-órdenes y el rebullir de pezuñas sobre los muñones de las lechugas y la inminencia de la retirada cuando el palpitante hocico quedó a dos palmos del rostro del muchacho y éste vio las dos hileras de dientes de acero dejando escapar un aire caliente: «Apártate, no quiero hacerte daño. Sólo tienes que dejarnos libres».