El chico don Manuel se movió tan prontamente como si hubiera sido succionado por el vacío dejado tras de sí por el rebaño alejándose al galope. Mientras corría hacia Sugarkea se preguntaba por qué lo hacía, y tuvo la respuesta antes de llegar: aquellos Baskardo eran para Getxo tan remotos e inescrutables como las llamas, unos y otras pertenecían a un mundo perdido para los demás hombres e incluso, también, para los animales de estos hombres, aquellos indignos perros, bueyes, conejos y tantos más rebajados a la domesticidad, a la no libertad. Y los Baskardo de Sugarkea hicieron suya la súplica del chico de catorce años de salvar a las llamas. Únicamente lo consiguieron con el macho. Tras la sañuda y sangrienta cacería de dos semanas, el chico dirigió al superviviente hacia las cumbres del Gorbea, y así logró mantener viva la esperanza que diecisiete años después se materializó en un hijo suyo, aquel monstruoso Cristóbal, habido de alguna burra, que pareció implantar una situación semejante a la de 1907: los hombres de Getxo volvieron a tomar sus escopetas y el carro de Braulio Apraiz emprendió la misma batalla con los mismos viajeros encima, excepto Juan Altube, el padre, muerto cuatro años antes, exhausto por la tarea descomunal de pagar por segunda vez Altubena. Y Efrén, claro. Finalmente, se frustró la cacería y a Efrén le bastó comprar a Cristóbal por 2000 pesetas al chatarrero León Esnarriaga, quien había deslumbrado al animal con los faros de su camioneta y encerrado en el cobertizo que usaba como garaje. No es que Cristóbal fuese un híbrido tristemente rebajado, sino que se comportó como una dócil criatura en manos de los sobrinos de León. Efrén lo quiso utilizar como guía para que le condujera al secreto refugio del macho legendario, pero fracasaron todos sus intentos. No le preocupó, pues, demasiado que los sobrinos se lo robaran del Palacio Galeón en que vivía desde 1919, aunque envió a León Esnarriaga una notificación judicial advirtiéndole que conservaba el derecho sobre la bestia.
Por aquellos días, el ahora maestro don Manuel recibió la visita de Efrén, una de las muchas a lo largo de aquellos diecisiete años, sólo que ésta iba a ser la última. Descendió del Cadillac y preguntó suavemente: «¿Y bien?». Y el maestro: «¿Por qué, después de media vida?». Me dijo que Efrén se tocó el bombín con su bastón y gruñó: «No se preocupe. No le molestaré más. He descubierto que nunca me lo dirá. Pero es un consuelo averiguar que yo no estaba equivocado». Y el maestro: «Sin embargo, usted no abandonará. Y la razón está en que él es el único ser vivo de Getxo que ha podido vencerle. Confiese que el macho nos hizo ver algo que usted menos que ninguno es capaz de soportar, que nunca consentirá que ese algo regrese a nuestra tierra». Efrén le habló por última vez ya dentro del coche: «No se refugie en los delirios. Usted y yo somos distintos…, lo que es una desgracia para usted y para mí. No sea tan pasivo, maestro. Viva. Actúe. ¿Qué edad tenía usted hace diecisiete años? Despierte y compruebe las fechas y descubra que ha crecido. Y sepa que un maestro no debe asustar a sus alumnos contándoles cosas de aquellas malditas bestias como si realmente hubieran existido y usted creyó alguna vez en ellas».
Me explicaba don Manuel que aquello no fue el final. En los siguientes diez años, León Esnarriaga convirtió a Cristóbal en espectáculo de feria: construyó un cobertizo y cobraba la entrada a real. El pueblo acabó olvidándose de él y, al parecer, lo mismo ocurrió con Efrén. Hasta que en 1934… «Y aquí entras tú, Asier, el provocador del tercer peligro para las llamas», sonreía don Manuel. «Agitaste las tranquilas aguas de Getxo investigando aquí y allá para demostrar la inocencia del forastero Vicente Diez en aquel asesinato…, ¡desplazándote en tu silla de ruedas! Y Cristóbal y los sobrinos del chatarrero danzando a tu alrededor…» La nueva aparición del híbrido hizo que Erren lo reclamara notarialmente a León. No es que de pronto se acordara de él (en su caso, no cabía el olvido): simplemente juzgó que esa tregua de diez años que, al parecer, se concedió a sí mismo y a las llamas desbordaba toda lógica, en particular la suya propia en materia de llamas, pues fue como si hubiera estado esperando un enfriamiento de la pasión, un olvido o un abandono, al cabo del tiempo, del mensaje abominable, y así conseguir que el híbrido no se sintiera traidor denunciando el escondrijo de su legendario progenitor. Pero no se le dio ocasión de realizar ni el primer intento: don Manuel, el maestro, el chico que nunca dejaría de serlo, se adelantó a Efrén y visitó de noche a los sobrinos; los vio en la oscuridad ante Cristóbal, resueltos a clavar las sardas que empuñaban a quien intentara llevárselo. Don Manuel se estremeció al recordar cómo era él mismo veintisiete años atrás… Pero, ¡maldita sea!, ¿a qué jugaba siempre? Sabía muy bien que era el mismo chico de 1907, que nunca dejaría de serlo, que por tal infortunio sufriría la señorita Mercedes y yo mismo, y él, claro, viéndonos sufrir a los dos. ¿Acaso alguien que no fuera un chico habría prolongado la defensa de las llamas hasta 1934, acudiendo al cobertizo aquel?… «Hace años, yo salvé a su padre», susurró a Pachín Arana y a Perico «Orejas». «¿Os habló alguien de las llamas de Saturnino Altube? Sí, resultó un buen escondite el Gorbea, y cabría repetir…» «¿El Gorbea?», exclamaron los muchachos como una iluminación.
Así concluyó, de momento, el episodio de las llamas, que pasó sobre Getxo sin dejar el rastro que hubiera convenido, aunque sí el vano recuerdo de la cacería local más tormentosa y del primer, duelo Efrén-Josafat, reproducido desde entonces, año tras año y en la misma ladera de aquel monte, como si el retraso de tales espectáculos (la gente acudía en masa a apostar por uno u otro contendiente guiándose por la inquietud de sus puños y la violencia con que los cerraban, por el estado de salud que aparentaban y por la intensidad del odio que brillara en sus ojos) se hubiera debido a la falta de un emplazamiento adecuado.
No habría intervenido Josafat en la cacería si las llamas no hubiesen invadido su casa. Junto con su padre y el tercer hombre de la familia, Román Pérez de Angulema, aceptó el reto de las bestias que, persiguiendo al setter de Efrén (no habiendo podido Ella regalar a su hijo, como premio de fin de curso, el mejor caballo de Camilo -por negarse éste a venderlo al saber quién era la compradora-, eligió de él aquel setter de pura raza, aunque esta vez quien negoció la operación fue Zacarías Ermo, y así Camilo no supo en el momento quién lo adquiría), ocuparon pasillos y habitaciones, arrojando a sus naturales habitantes a la calle. Estaban preparados para aquella guerra imprevista: el Baskardo acudía una o dos veces por año a África a desquitarse del dominio de su mujer abatiendo fieras. Disponía de una fantástica colección de rifles, que, por haber quedado en territorio enemigo, ordenó traer urgentemente otros de su fábrica de Éibar, fundada, según se decía, con el exclusivo fin de proporcionarle las mejores armas de precisión para sus carnicerías.
De entre las diversas partidas de caza, Getxo se centró en dos: la del carro de Braulio Apraiz y la de Camilo Baskardo, pues en una iba Efrén y en la otra Josafat. Armados. Tanta certeza hubo de que no dejarían perder la ocasión, que las primeras apuestas se cruzaron ya en los comienzos, entre disparo y disparo, entre mordisco y mordisco de las llamas, a gritos de un monte a otro de las partidas. El modernísimo rifle de Efrén procedía de Inglaterra, lo mismo que su práctica de cazador de zorros. El potente rifle de Josafat no sólo procedía de Éibar sino que fue fabricado bajo la consigna de «para el hijo del jefe», y había salido tan especial y tan perfecto que los mismos técnicos jamás lograron terminar otro semejante; y su experiencia de cazador la había ganado en las cacerías africanas de su padre. Había, pues, equilibrio de fuerzas (menos industria en Efrén, pero más -decían- cojones; más industria en Josafat, pero menos hombría). De modo que fueron los fluctuantes sentimientos que despertaban uno y otro los que movieron el dinero.