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Siempre conservó de Isidora un recuerdo entrañable, un recuerdo que no podía llamarse recuerdo, pues no la conoció. Gracias a esa milagrosa filtración de datos que se produce cuanto más se desea ocultar un secreto, don Manuel sabía lo que todo el pueblo: las relaciones entre Roque Altube y la minera, la preñez de ésta y la hija, el abandono y regreso a la casa del padre. Los verdaderos falsos recuerdos entrañables nacieron de las cachazudas revelaciones que el propio tío Roque iría desgranando a partir de 1921, cuando, por intervención de Cristina Oiaindia, regresó a la tierra -no a la suya, que no se merecía-, sobre la que pudo volver a ser lo más parecido a un Altube. Para entonces don Manuel ya había dado por concluido su labor en La Arboleda y llevaba un año como maestro en Algorta. Acudía a mi tío para enriquecer la imagen de Isidora que, al parecer, su hija no pudo completarle durante el curso escolar 1916-1917. «A Teresa no le gustaba hablar de su madre, pero yo le hice comprender qué clase de mujer era.» «¿Con qué datos, si entonces usted lo único que sabía de ella…», protesté, para añadir al punto: «Oh, sí, entiendo… La fascinación de la culpa… Isidora era la víctima dolorosa y había que entronizarla… Por no hablar de la confusa atracción que ejerce sobre todo nacionalista ese mundo temible e insumiso de la Margen Izquierda…». «Teresa, Teresa, sólo se trataba de Teresa», exclamaba don Manuel. «La ayuda que yo había elegido para ella pasaba por su madre. Había que apartarla de la prostitución ilusionándola por algo; por ejemplo, por una lucha como la de su madre. Entonces ya se tenían en Getxo noticias de qué tipo de loca había sido aquella minera agitadora… Sólo eso, Asier: rescatar a la hija de la inmoralidad haciéndola consecuente con su medio, con su clase…» «¿Ha dicho usted su clase?» Don Manuel se trasladó a La Arboleda en septiembre de 1916, apenas con tiempo para instalarse y preparar el comienzo del curso. A pesar de sus palabras, no creo que llevara madurado ningún plan de redención; pienso, incluso, que no confiaba en conseguir ningún resultado. Bueno, y es posible que hasta el último momento no creyera que se decidiría a ir. Era su conciencia la que le estaba exigiendo un acto así, un martirio, un compromiso en favor de la proscrita, aquel simulacro de cruzada que tuvo sabor a trasnochado gesto de caballero andante. Sólo buscaba demostrarse a sí mismo que lo intentaba. Y que no dispusiera de ningún plan concreto se advierte en la desafortunada elección del año, pues si pretendía incorporar a Teresa a la lucha de clases no habría elegido aquel 1916, tan vacío de acciones en las minas.

La explotación de mineral había empezado a disminuir dos años antes; algunos yacimientos daban señales de agotamiento y una paulatina pobreza en la calidad del mineral repercutía en la demanda. Descendieron las exportaciones y, por tanto, la producción…, aunque algunas compañías la redujeron astutamente en espera de que la guerra provocara una fuerte subida de precios. Hubo despidos en masa, la semana laboral se redujo a tres o cuatro días y los pueblos mineros se despoblaron. Don Manuel empezó a atender una escuela diezmada. «Eran niños oscuros, Asier, oscuros y pequeños. Y sus padres estaban tan ocupados soportando la miseria…» «Y la explotación», le apuntaba yo. «Oh, claro, la miseria y la explotación…, que nunca se acercaban a hablar con el maestro de los novillos de sus hijos, y era como si tampoco se preocuparan de su color oscuro ni de su pequeño tamaño. Pero eran oscuros y pequeños, Asier.» Me sonó a queja contra aquellos padres que, al parecer, no habían sabido engendrar hijos con mejor aspecto. Fue el comienzo de mil meditaciones angustiosas causadas por la urgencia que reclaman las situaciones descubiertas con retraso, porque desde el principio estuvo representando una comedia para sí mismo. Había aceptado el reto de su mala conciencia y, para desempeñar dignamente su papel, su honestidad hubo de hacer sitio a una falsa ignorancia que se sorprendía a cada paso. La misma razón ética que le movió le obligó a un comportamiento nada ético. En todo caso, drama personal no muy sangrante, en virtud del cambio de piel operado en él, a su curiosa acomodación al nuevo medio, que afectó incluso al lenguaje, al estilo narrativo con que luego me contaría todo ello… «Vive en una casucha apartada del pueblo. No se ve desde la mía. La vigilo a diario desde una loma. Sólo al anochecer llaman a su puerta, y todos los que llaman son hombres. Entran con un paquete o una bolsa con algo, y cuando salen ya no llevan nada…» Era un lenguaje distinto al empleado por él hasta entonces, como si saliera de otra persona. Un lenguaje nuevo. Pero era el propio don Manuel quien hablaba. Al menos, el don Manuel que ya estaba de regreso en Getxo después de la estancia de casi doce meses en su Molokai. Y si había decidido volver, es que era el mismo de antes. Pero no su lenguaje, que pareció ser lo único de lo que no pudo desprenderse. Aún persistía en el tiempo de la Guerra, que es cuando empezó a hablarme de Teresa, veinte años después de su paso por las minas. Y todavía hoy, cuando vuelve al tema, recupera el estilo accidental, y lo abandona y regresa al suyo en cuanto decide dar por concluida la sesión… «Tardo veintitrés días en llamar a su puerta, y ahora no sé si he llamado. Voy a marcharme, y es cuando abre y sé que sí he llamado. Hay poca luz.

»- ¿Quién eres? -me dice.

»- ¿Eh? -digo.

»-Que quién eres. Nunca has venido. Hueles distinto.

»-Soy el maestro -digo.

»-No, tú no eres el maestro. Ya sé cómo es el maestro -dice.

»-Soy el nuevo maestro -digo.» No lejano sino, por el contrario, próximo, casi agresivamente inmediato; glacial y mecánico, aparentemente, pero en realidad cálido y respetuoso con lo que toca. Y si pienso que no eligió el lenguaje sino que el lenguaje le eligió a él es porque la elección de cruzar la ría tampoco fue totalmente suya, pues ocurrió como si del otro lado tiraran tan fuertemente de él que finalmente se dejara arrastrar. De modo que fue el choque contra aquel nuevo mundo el que provocó el nuevo estilo para pensarlo, y luego para contarlo. Pero principalmente para pensarlo. De pronto don Manuel se encontraría perdido, ciego y mudo, y primero sería el miedo, incluso el pavor, y enseguida el respeto, incluso la veneración. Necesitó de un pensamiento distinto para aproximarse temerosamente a lo desconocido, y después de un contar nunca utilizado para transmitir con escrupulosa pureza su peripecia -no su interpretación- de lo visto y oído. Y ésta sería la gran razón de ser de ese lenguaje: la profunda consideración que le mereció cuanto allí encontró, el temor a profanarlo utilizando el lenguaje convencional, que siempre caería en la funesta manía de la interpretación, cuando lo que don Manuel necesitaba eran auxilios que le permitieran expresar su humilde admiración sin quedar contaminado. Era como agarrar con guantes de amianto una superficie al rojo vivo. Se trataba de no mancillar, de no interferir. El lenguaje había de ser invisible. Respeto, tersura, homenaje, cristalinidad, rito, lejanía próxima, pasión contenida, incluso devoción y humildad, humildad. E inmediatez: un tiempo de verbo para fijar la acción y abandonarla al punto para siempre, impidiendo la reproducción de las emociones. Y objetivismo. ¿Objetivismo? Don Manuel era maestro, pero aquí repudió la literatura…, la habría repudiado si le hubieran dado opción. Por suerte para la literatura, el tema lo arrasó todo. Sí, objetivismo en su máxima pureza por parte de un lenguaje estremecido. Por una vez, objetivismo, no hay duda. Pero no como liberalidad de la literatura sino por milagro de la honestidad de un pobre maestro que no halló otra fórmula para salvarse. La literatura no volverá a sufrir semejante menosprecio mientras alguien no la someta a otra prueba para la que da la talla. O quizá se tratara del lenguaje defensivamente objetivo propio de las pesadillas. Resultaba penoso asistir a la transformación de don Manuel (dejaba el discurso prolijo, cachazudo y enfermizamente interpretador para minimizarse y dejar el puesto a una voz impersonal que no relataba sino proyectaba imágenes plásticas con una instantaneidad que sobrecogía) cada vez que, cíclicamente, le acogotaba la tortura. Era la más estruendosa expresión de su mala conciencia.