Выбрать главу

»Cierra la puerta. Se acerca.

»-A pesar de todo, me caes bien. ¿Cuántos años tienes?

»-Veintitrés.

»-Soy mayor que tú: tengo veintiséis. Si hubieras venido como vienen todos, ahora ya podríamos ser amigos. ¡Pero no soporto a los enviados de Dios! Sólo nos dais limosnas: consejos, sermones, escapularios, vidas de santos… Nadie me había traído tocino y patatas para salvarme… Pero todo vale, ¿verdad? ¡Todo con tal de no entregar nada de vosotros mismos! No me atrevo a decirle al cura que se meta en la cama conmigo, así de cobarde soy, pero sí te lo digo a ti.

»Se me planta delante y no se mueve. Yo podría tocar los pliegues de su vestido. Es oscuro, con flores de un rojo oscuro. Arrugado, sin planchar. Teresa no se mueve, sólo espera. Transcurren horas, o sólo segundos. No veo su cara, pero ella me está mirando desde arriba. Levanto la cabeza. Me está mirando.

»-No, ¿verdad? -dice-. Sólo limosnas, y no para mí sino para tu conciencia.

»-Nunca antes había hecho esto.

»- ¿Y por qué conmigo? ¡El seminarista de Getxo quería estrenarse!

»Me levanto.

»- ¿0 es que te gusto y mientras lo piensas quieres tenerme en una urna? -dice-. ¡Vaya sangre la tuya! ¿Cuándo me habías visto? ¿Pediste por mí esta plaza de maestro y para conquistarme me traes comida, o es para que engorde porque no te gustan las flacas como yo? ¡Fuera, fuera, maldito!

»Me golpea y empuja hacia la puerta, hacia donde ya iba yo. Pero, de pronto, es ella la que sale de la casa abriendo de golpe la puerta. Se agacha para recoger de la tierra la comida desperdigada y regresa con ella.

»-Era para mí, ¿verdad? Pues lo acepto… si me entregas algo realmente tuyo.

»Cruzo el umbral.

»-Usted necesita esta comida, no la vuelva a tirar -digo.

»Y salgo y me alejo.

»- ¡Mira lo que hago con tu comida! -dice.

»Y la arroja contra mi espalda.

»- ¡Maldito tú y los tuyos! ¡Con muy poco queréis ganar vuestro cielo! ¡Vete a que te salve otra puta, maestro! ¡De Getxo tenías que ser!

«La maestra de las niñas se llama doña Enriqueta. No es joven, pero conserva en sus ojos la alegría de vivir. Coincidimos al terminar nuestras clases y cuando la chiquillería alborota en la plaza del pueblo.

»-No sé si a usted le gustan estos chicos, pero a ellos sí les gusta usted -dice.

»- ¿Cómo lo sabe? -digo.

»-Veo que no suele dejar a ninguno castigado, y es buena señal, es señal de que están a gusto con usted y se están quietos. Y los de don Juan se han contagiado y no dan lugar a castigos. ¿Sabe por qué le respetan? Porque usted les respeta a ellos.

»Entre don Juan y yo nos encargamos de ciento veinticinco chicos, repartidos en tres secciones. De momento, don Juan lleva la segunda y la tercera, y yo la primera, la más numerosa, la de los pequeños. Son éstos los únicos que han de pagar: una peseta al mes, hasta que cumplan seis años. Permanecen en la escuela siete u ocho años más, hasta los catorce, siempre que sus padres no los manden a la mina, que es lo que suele ocurrir. Se inician en la mina de aprendices, a partir de los once años, con un jornal de una cincuenta.

»La plaza está frente a la iglesia de la Magdalena y las dos escuelas. El piso es de tierra y tiene un kiosco con techo para los músicos.

»-Nos gustaría tenerle con nosotros mucho tiempo, don Manuel dice doña Enriqueta.

«Creo que ese hombre que está al otro lado del kiosco me está esperando.

»-El nuevo maestro, ¿no? Me alegro de conocerle. Hay mucho trabajo que hacer aquí -dice.

»Y se me queda mirando demasiado fijamente. Tiene más de sesenta años y es pequeño y de cara ancha con manchones rojos y abrigo hasta los pies.

»-Sí, con los pequeños hay que trabajar mucho en todas partes digo.

»-Yo pensaba en los mayores -dice, sin dejar de mirarme bajo sus cejas peludas-. Pero el camino hacia la justicia social está lleno de trampas… Es que yo soy socialista, ¿sabe usted? -y no aparta un solo instante la mirada de mí-. Lucha, lucha y unión es nuestro credo. Pero se avanza muy despacio.

»-La vida es…

»- ¿Qué iba a decir?

»-… es más sencilla.

»- ¿Cree usted realmente eso?

» ¿Por qué no deja de mirarme tan fijamente?

»-No para todos, señor maestro -dice.

»De modo que estoy ante uno de ellos.

»-Si usted quiere saber si el nuevo maestro es socialista, le tengo que decir que no -digo.

»-Estaba ya claro, y es una lástima, porque el ejemplo que ofrece un maestro hace mella. En fin. Me llamo Eduardo Varela y pertenezco a la agrupación socialista de La Arboleda. Nuestra Casa del Pueblo está abierta a todos y también a usted. Repito: es una lástima… ¿Le he molestado?

»-No, no…

»- ¿Le preocupa algo? Le noto como ausente. Si puedo ayudarle…

»Calla, me mira y sonríe moviendo la cabeza.

»-Creo que estoy hablando demasiado. Espero que nuestras diferencias ideológicas no enturbien…

»-Yo no tengo ninguna ideología.

»Sonríe.

»-En Getxo no entendemos lo que pasa aquí -digo.

»-Sé lo que piensan en Getxo sobre las minas. Ignoro si usted eligió este destino, pero me alegro de tenerle aquí. ¿Sabe por qué? Porque nos conocerá… Sí, estoy hablando demasiado.

»De modo que es uno de ellos.

»-Me alojo en la pensión de Beatriz. ¿Quiere que nos sentemos a tomar un vaso de vino?

»- ¿Está hablando en serio? Desde el primer momento supe que era usted un hombre justo -dice.

»Don Claudio y otro cura me miran desde el pórtico de la iglesia.

«Teresa. Teresa.

«-A mi marido le aplastó una peña y sólo pudimos enterrar sus brazos, sus piernas y una pasta de ropa, tripas y cabellos negros. Él era muy moreno, ¿sabe usted? Es una suerte no haber tenido hijos, así no habrá más mineros en la familia -dice doña Beatriz, la dueña de la pensión.

«Algunas niñas de La Arboleda reciben clases de las monjas del convento de la Purísima Concepción. Sólo pueden ir aquellos cuyos padres trabajan en la Orconera, pues esta empresa minera subvenciona a las monjas.

«Estoy en la colina. La puerta de la casucha de Teresa está cerrada. Llama un hombre, pero la puerta no se abre.

«- ¡Malos tiempos para los mineros, don Manuel! -dice Eduardo Varela-. ¡Tenía usted que haber visto el clima de lucha que había por aquí hace años! ¿Quiere saber cuántos parados tenemos hoy sólo en La Arboleda? ¡Siete mil!

»-Pero el hambre hará más peligrosos a los mineros. Quiero decir, más combativos… -digo.

»-Ah, no, por desgracia. Mire usted: estos pueblos se han despoblado. Los hombres que años atrás llegaron de otras tierras atraídos por los jornales, regresan a sus lugares de origen. Los que aún conservan sus puestos de trabajo viven bajo el terror de perderlos. Yo se lo explicaré, clon Manueclass="underline" las minas están dejando de producir, se exporta menos mineral, su calidad ha bajado… ¡Y la guerra! ¿Quién, pudiendo, no negocia con la guerra? Los patronos capitalistas están esperando la subida del precio del mineral… Desde hace tres años, la Orconera ha implantado la semana de tres días, y Franco-Belga y Luchana Mining han cerrado por completo. Y así el resto de las compañías. Hoy, al cabo de dos años de guerra, empiezan a advertirse signos de recuperación. Nuestra Federación Minera ha perdido fuerza, claudica ante las miserables ofertas de los patronos. En el catorce, por ejemplo, suspendieron las negociaciones para fijar un salario mínimo… y la Federación Minera aceptó. En el pasado año un congreso minero rechazó la propuesta de Perezagua de ir a una huelga contra la crisis de trabajo. En febrero de este mismo año hemos aceptado un aumento del diez por ciento en vez del veinticinco por ciento pedido… Le estoy aburriendo, don Manuel. Es que es mi tema.

»-No, no…

»-Le veo ausente.

»-Me interesa conocer cosas de aquí. No se puede imaginar usted lo que me interesa. Me dijo que se llamaba…