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»-Eduardo Varela.

»-Eduardo Varela -digo.

»- ¿Le preocupa algo? Le veo lejos…

»-Le ruego que continúe… Sé que Perezagua es el líder sindical socialista.

»-La fuerza que tuvieron los mineros la tienen ahora los metalúrgicos. Hay una epidemia de creación de nuevas industrias, navieras, astilleros. ¡La guerra le ha sentado muy bien al capitalismo industrial vasco! Las empresas de la ría dan trabajo a una masa de obreros. Desde hace dos años existe el Sindicato Metalúrgico, que ya ha pedido aumento salarial. El mismo Prieto ha venido a hablar en los mítines de la campaña. Los patronos ofrecieron el diez por ciento, el sindicato exigió el treinta. Y no se contentó con ello: en julio declaró la huelga en Altos Hornos, primer paso para la huelga general acordada por UGT y CNT en sus congresos de mayo. El diez de julio la Guardia Civil nos mató a un compañero llamado Cipriano García y el sindicato decretó una huelga de veinticuatro horas en toda la zona fabril, secundada masivamente. Fueron momentos graves, la gente lloraba de pena y de rabia. Hace dos meses celebramos en Sestao un homenaje a ese compañero y Prieto dijo a los miles allí reunidos que Cipriano García había sido una nueva víctima de la lucha que sostenemos los trabajadores por la justicia social… ¿Iba usted a decir algo?

»-Bueno, sí, aunque la verdad no sé qué decir…, excepto que todo ello es muy doloroso -digo.

»-Ellos lo hacen doloroso.

»- ¿Ellos? Sí, claro…, ellos.

»-Usted no lo siente, ¿verdad?

»- ¿Es preciso llegar a esa violencia, a esos enfrentamientos?

»Me mira.

»-Cuando no hay otros caminos… Usted ha de entenderlo.

»-Sí -digo-. Pero aquí concurren circunstancias especiales… Tanta inmigración, tanta gente de fuera trabajando en una tierra que no es la suya… Es gente que no ama la tierra que pisa.

»- ¿Qué importa el escenario? El problema es el mismo en cualquier parte.

»Eduardo Varela y yo nos observamos detenidamente.

»-Siempre y en todas partes hay una clase oprimiendo a otra -dice-. Incluso en Getxo, don Manuel.

»-Nosotros resolvemos estas cosas de otro modo -digo-. En realidad, no tenemos que resolverlas, nos vienen resueltas desde siempre.

»-Si es así, ustedes son muy afortunados -dice-. Pero aquí no tenemos esa suerte.

»-Ahora es usted el que no siente lo nuestro -digo.

»-No se trata de sentir sino de entender. Pero tampoco lo entiendo. ¿Entiende usted lo nuestro? No digo sentir sino entender… ¿Lo entiende?

»-Sí.

»- ¿Comprende que no tengamos más remedio que luchar?

»-Sí, la patria siempre nos está pidiendo luchar por ella. Y la patria de ustedes es su clase. Pero esto ocurre porque no están en su tierra.

»Calla un rato porque no deja de mirarme.

»- ¿Por qué me dice eso si sus ojos dicen otra cosa? -dice.

«Teresa. Teresa. Teresa.

«Encuentro al tendero a la puerta de su tienda.

»-Buenas tardes. ¿Tiene aceite para el quinqué? -digo.

»Da a la plaza la tienda de Bernabé. No le caen bien los socialistas, sobre todo desde que abrieron una cooperativa donde venden género más barato.

»- ¿Es que la patrona le vacía de aceite el quinqué para que no se lo gaste? -dice.

»Ríe, enseñando unos dientes amarillos y rotos por el azúcar. Me ha contado doña Beatriz que se aficionó al azúcar a raíz de un cargamento echado a perder por una inundación y que, para no tirarlo, se lo comió. Durante dos años apenas probó otra cosa. Luego, ya por afición, siguió comiendo azúcar años y años, hasta su última subida de precio, pero ya tenía perdidos los dientes.

»-No es justo que yo pretenda incluir en el precio de la pensión el gasto extra que yo haga de aceite -digo.

»-Suelo ver luz en su ventana después de las doce de la noche. ¿Qué hace, si no es impertinencia?

»-Trabajo.

»-Ah.

«Hay demasiados mendigos en La Arboleda. Son viejos mineros a los que ya no admiten en ningún puesto. Después de entregar a la mina medio siglo de su existencia, un día el capataz les dice: "Fulano, no hace falta que vuelvas mañana". Si un hijo los recoge, tendrán un techo y una cama. Si no, se alojarán en chabolas de tablas o en cuevas del monte.

Y pedirán limosna por los pueblos. Lo mismo ocurre con los accidentados: reciben unos cientos de pesetas por un par de piernas o unos brazos perdidos y no tardan en tener que pedir. Eduardo Varela me habla de todo esto.

«Cada vez llaman menos hombres a la puerta de Teresa, y ella sigue sin abrirla.

«A la salida de misa se me acerca don Claudio.

»-Ya sé que no es usted quien busca a ese socialista, Varela, sino que él le busca a usted, pero no está bien que le vean tanto en su compañía. Podrían pensar cualquier cosa -dice.

»-No tienen por qué pensar nada -digo.

»-Ustedes, en Getxo, no tienen este problema, no tienen que cuidarse de ellos. Son nuestros enemigos y usted lo sabe, don Manuel. Algún día quemarán las iglesias y matarán a los curas… ¿En qué piensa usted? Parece encontrarse en otra parte.

«Allá abajo veo la puerta de Teresa. He venido a la colina esperando, como es domingo, encontrarla abierta, no sé por qué. Me llega la música de la banda en la plaza de La Arboleda. Pero, cuando bajo, ya ha callado y suena el organillo del ciego. Cobra cinco céntimos por pieza a cada pareja. Los nueve músicos de la banda han dejado sus instrumentos en el kiosco y están en la taberna.

»-Buena noche, ¿eh, don Manuel?

»Es Eduardo Varela.

»- ¿Por qué no me acompaña a nuestra Casa del Pueblo? A no ser que quiera bailar…

»Le acompaño. La planta baja de la Casa del Pueblo es un salón de actos, con un pequeño escenario, sillas y bancos corridos.

»-Tenemos ciento quince sillas -dice-. Me costó lo mío conseguirlas. Ciento quince.

»Ha habido una representación teatral, los bancos y las sillas están desordenados y el aire aún está cargado. Un grupito de gente habla en un rincón.

»-Cultura -dice Eduardo Varela-. Aunque me esté mal decirlo, a mí se me debe este humilde foco de cultura. Un minero culto será más hondamente revolucionario. ¿Sabe usted, don Manuel?, en mis buenos tiempos me ganaba la vida vendiendo libros. Usted lee mucho, ¿verdad? Su ventana está encendida por las noches.

»-Parece que mi ventana encendida preocupa a mucha gente. Sí, releo el Quijote por enésima vez, porque espero traducirlo al euskera algún día y quiero descubrir por qué Don Quijote, siendo castellano, exaltaba menos a Castilla que a valores universales, como el espíritu de sacrificio y de justicia de la caballería andante, por ejemplo.

»-Creo que le entiendo. Usted se pregunta si hay que estar loco para hacer una cosa así. Es una duda muy nacionalista, supongo.

»-Quiero descubrir cuándo fue Don Quijote más digno y noble, más él mismo, si cuando se olvidó de Castilla y viajó por regiones e ideas distintas, tratando de deshacer entuertos, o cuando le volvió la cordura y se refugió en sus raíces.

»-Muy interesante.

»-No investigo el pensamiento de Cervantes, sino lo que del propio libro se desprende, porque un libro así tiene vida por sí mismo… Pero sólo son cosas mías.

»-Quizá sólo suyas, por desgracia. Inquietudes semejantes convendría las tuviera todo nacionalista. Porque de lo que se trata es de…

»-Todo nacionalista y todo internacionalista, que podrían acabar siendo lo mismo…

»-Claro, claro… Porque de lo que se trata es de elegir ideas que sirvan al hombre y no hombres al servicio de una idea supuestamente eterna.

»- ¿Y si esa idea eterna es buena?

»-Ninguna idea eterna es buena.

»- ¿Ni el socialismo?

»-Ni el socialismo.

»Subimos al piso.

»-En este cuarto se reúnen las juventudes socialistas. Y, en este otro, nosotros -dice Eduardo Varela.