»-Bueno, bueno…
»-Esa pobre Teresa ha tenido mala suerte. Le convendría haberse marchado de este pueblo. Pero ¿qué tenían que perdonarle a la pobre?, ¿el ser hija de aquella Isidora…?
»-Isidora -digo.
»-Sí, Isidora. ¿La conoció usted? Imposible, usted es joven. Yo, pobre de mí, sí que la conocí. Era…, era…, bueno, era una lanzada… En política, quiero decir. Se hizo famosa cuando la gran huelga del noventa. Y no sólo porque pariera a su hija a la vista de diez mil hombres… Se dice que aquella huelga no se habría hecho de no ser por ella, que los mineros habrían dado la vida por Isidora… Pero todo se olvida, y hoy…
»- ¿Cómo era? Su aspecto…
»-Bonita, vivaracha, pero muy seria cuando se tomaba algo a pecho. Se lió con un merluzo de Getxo que luego la abandonó con la hija, así que Teresa ya nació con la mala suerte encima… Usted, don Manuel, me preguntará qué le tenían que perdonar… Por un lado, el ser hija de soltera. ¡Las mismas gentes que vitoreaban a la madre cuando les soltaba un mitin luego dieron la espalda a la hija! ¡Mucho comerse el mundo para luego hacer lo que hace todo el mundo! Es natural que el cura y los importantes se escandalizaran de aquella hija natural y desearan que desapareciera de entre nosotros… Pero ¿qué decir de los mineros que llevaban años luchando contra las injusticias de los curas y de los importantes? ¡Eran como ellos, don Manuel, peor que ellos!
»- ¿Qué habría pasado si Isidora se hubiera casado con aquel…, con…?
»-Que aún la tendríamos entre nosotros, seguiría luchando como una leona por los mineros. En vez de criticar a Teresa, los alcaldes y demás importantes tendrían que besarle los pies por haberles librado de la madre… No sé lo que me digo… ¡Pero nadie la ha podido sustituir! -dice.
»-Dos abandonos -digo.
»- ¿Qué mormojea usted, don Manuel?
»-Teresa ya empieza a comer con ganas, doña Beatriz.
»- ¡Cuánto me alegro!
«Estoy otra vez en la Casa del Pueblo de los socialistas.
»-Supongo que alguno de ustedes conocería a Isidora.
»Me miran. Hay seis hombres en el cuarto: Eduardo Varela, Marcelo, Vicente y otros tres.
»-Naturalmente, yo la conocí. Era también socialista -dice Eduardo Varela.
»-Isidora no tiene nada que ver con Teresa -dice Marcelo.
»- ¡Vaya si tiene que ver! ¡Era su madre! -dice un hombre con boina.
»-Marcelo quiere decir que madre e hija no se parecen en nada -dice Eduardo Varela.
»Los seis se me quedan mirando, me miran demasiado.
»-Yo tenía que hacerlo, tenía que venir aquí -digo.
»No apartan de mí sus ojos.
»-No la toco -digo.
»Ellos no encuentran postura y yo tampoco.
»-Tenía que hacerlo -digo.
»- ¿Qué tenía que hacer?, ¿por qué se justifica? -dice Eduardo Varela.
»-Esa mujer no se merece nada -dice Marcelo.
»-Es una criatura de Dios -digo.
»-En el mundo que queremos traer no habrá sitio para tipas como ella -dice Marcelo.
»-Ha tenido mala suerte. ¿No tuvo también su madre mala suerte?
»- ¡No las compare!
»-Nadie le ha pedido cuentas de nada, don Manuel. ¿Que usted la visita? Es asunto suyo -dice Eduardo Varela.
»- ¿Cuál es el mundo que ustedes quieren traer? -digo.
»-Si es una censura por lo que pensamos de Teresa… -dice Eduardo Varela.
»-No, no es una censura.
»- ¿Por qué no se sienta? Nos gusta que nos pregunten -dice Eduardo Varela.
»Me siento en una silla. Se sientan alrededor de la mesa los que no estaban sentados.
»-No tiene por qué alarmarse, don Manuel -dice Eduardo Varela.
»- ¿Alarmarme?
»-Ignoramos cómo sería usted antes de venir a La Arboleda, pero no me lo imagino tan asustado como le vemos aquí.
»- ¿Asustado?
»-Usted no es feliz aquí. Procediendo de Getxo, es natural que los socialistas le inquietemos. Pero hay algo más. Usted parece fuera de lugar; lo está, por supuesto, pero se le nota demasiado. Se muestra inseguro, no tenía por qué darnos ninguna explicación de sus visitas a Teresa, quizá no tenía por qué estar ahora aquí, entre socialistas. Pero nos alegramos de que así sea… ¿Verdad que nos alegramos? Le damos la bienvenida, cualquiera que sea la razón que le ha traído. Demuestra ser muy honesto -dice Eduardo Varela.
»-Yo también conocí a Isidora -dice el hombre de la boina.
»-Fue muy hermoso combatir a su lado. Su muerte dejó un vacío entre nosotros -dice Eduardo Varela.
»- ¿Por qué luchan así? -digo.
»-Nadie se sienta entre socialistas si no le anima un principio de comprensión -dice Eduardo Varela.
»-Entiendo su deseo de justicia, pero no que luchen tan obsesivamente por ello.
»-No somos corderos -dice Marcelo.
»-No es que ustedes, los nacionalistas, sean corderos: es que ven las cosas de otro modo. Y no consiste sólo en ver estas cosas, sino en sentirlas. La sociedad vasca nacionalista debe llegar a comprender que está tan necesitada de justicia como cualquier otra -dice Eduardo Varela.
»-Creo que todos estábamos un poco enamorados de ella -dice el hombre de la boina.
»-Los vascos hemos heredado viejas leyes repletas de justicia -digo.
»-Quizá, pero nosotros le estamos hablando de un mundo nuevo, con leyes propias y distintas, un mundo no previsto por los viejos patriarcas vascos -dice Eduardo Varela.
»-Evolucionaremos -digo.
»- ¿Hasta aceptar la lucha de clases? -dice Marcelo.
»-Se nos ocurrirá alguna buena fórmula. Pero nada de lucha -digo.
»-Mire usted dónde vivimos los mineros y en qué palacios viven en Getxo los dueños de las minas. Los grandes patronos se enriquecen con la explotación de los mineros. ¿Por qué unos hombres arriba y otros abajo?, ¿acaso no somos todos iguales? -dice Marcelo.
»-El propio Jesucristo dijo que sí lo somos -dice Eduardo Varela.
»-Eso es reducirnos a mero materialismo -digo.
»-Los obreros carecemos de riqueza, somos los menos materialistas. Y los más materialistas son los patronos, que buscan la riqueza y la tienen toda -dice Marcelo.
»-No hay duda de que hay que arreglar muchas cosas, pero los vascos no vemos el mundo a través de un enfrentamiento de clases: nos une una razón superior -digo.
»- ¿La patria? Los más fuertes de entre ustedes invocarán la patria para silenciar a los más débiles. De hecho, ya lo están haciendo. Usted es la muestra. Y perdone mi crudeza -dice Eduardo Varela.
»Todos callan.
»-Ustedes tienen razón…, por lo que respecta a las minas. Les envidio -digo.
»- ¿Envidiarnos?
»-Porque lo suyo puede explicarse con palabras. Les envidio profundamente.
»-Isidora no se merecía que aquel tipo la abandonara -dice el hombre de la boina.
»-Se me ocurre pensar que usted, don Manuel, no la habría abandonado… a pesar de todo -dice Eduardo Varela.»-Se llamaba Roque -dice Marcelo.»-Ah -digo.
«Desde la ventana de la escuela veo cruzar la plaza a un grupo de mineros llevando a un compañero herido al hospital de Triano. La gente se acerca a verlos pasar, los hombres, con caras largas, las mujeres, llorando. Al herido sólo le pueden agarrar de los dos brazos y de una pierna, pues la otra, arrancada desde arriba del muslo, se la han colocado sobre el pecho.
«La puerta está abierta y oigo a Teresa trajinar en la chapa. Llamo con los nudillos.
»- ¿No ves que está abierta? -dice.
»- ¿Puede coger el paquete que le traigo?
»-Pero… ¿qué pasa?, ¿quema el suelo de mi chalé?
»Viene, me coge de la mano y me mete.
»-Te he visto venir por el monte y te preparaba algo.
»Huele a tocino frito. Teresa lleva el vestido que le compré la semana pasada. Habla y habla, de espaldas. Se vuelve, con un tenedor en la mano.
»- ¿Todavía no te has sentado?
»-Sólo he venido a traerle el paquete.