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Y parece que fue ir demasiado lejos: no por parte de Totakoxe (por primera vez, sólo Totakoxe, ignorando lo de soltera, por simplicidad mental, por verlo, de pronto, como problema menor), diciéndolo, sino del pueblo aceptándolo; fue como si al mentiroso contador de un cuento sobre el diablo se le apareciera el diablo. Se detuvo la muchedumbre que arrastraba a Totakoxe y miró hacia donde ella señalaba con su brazo extendido y sus gritos de pavor: «¡Allí, allí, dejadme que lo vea bien, creo que lo reconozco!». Las gentes no veían nada, pero no se atrevían a decir que no veían nada, no se atrevían a moverse; al principio, por puro desconcierto, aunque enseguida les empezó a penetrar la paralizante certidumbre de hallarse en la misma frontera de la Gran Decisión. La aterrorizada Totakoxe no dejaba de gritar que veía al ángel, y Getxo estaba tan aturdido que ni siquiera había empezado a maldecir la insoportable responsabilidad que ya sentía sobre sus cabezas. «¿Dónde? ¿Dónde?», preguntaban a Totakoxe con la vana esperanza de verla flaquear o pillarla en una contradicción; pero a Totakoxe su propio temor la mantenía en una precisión inquebrantable: «¡Allí, allí, en la última rama grande, casi en lo más alto del roble!». El pueblo no acertaba a saber del todo si quería ver o no lo que veía Totakoxe, y ella no les concedía tregua: «¡Vedlo allí, en lo más alto, sonriéndonos! ¡Mi niño es un ángel! ¡El nuevo Dios me ha perdonado!».

En tanto elegía postura, el pueblo se apartó de Totakoxe, dejándola en el centro de un corro atónito y tembloroso; se oyeron voces acusándola de mentirosa, y en la nube de murmullos que flotó sobre las cabezas de la muchedumbre se agolpaban ya las dos posturas enfrentadas que marcarían el episodio, posturas de límites excesivamente neblinosos, pues tan pronto una voz defendía a Totakoxe, como enseguida la misma voz pedía su cabeza. Y fue de esa imprecisa frontera de donde empezaron a oírse los primeros gritos escapados, sin plena conciencia, del alboroto de sus mentes: «¡Milagro, milagro, milagro!».

Entonces sonó una voz nueva en aquella mañana electrizante:

– El único que puede decir si es milagro o no soy yo, porque el roble es mío.

Era Jaunsolo, señor de Getxo, surgido de los próximos jaros como una aparición; ni montado a caballo dejaba de advertírsele el desplome de su hombro izquierdo, una característica de su estirpe; le acompañaban dos escuderos de a pie; era dueño de montes y valles y representaba a Getxo so el Árbol de los vascos. Entre sus muchas pertenencias estaba, sí, aquel enorme roble.

– Eres Totakoxe -dijo Jaunsolo, casi afirmó.

– Sí -dijo Totakoxe.

– ¿Y qué dices que ves?

– A un ángel, a mi hijo.

– Primero habrá que saber si existen los ángeles -dijo Jaunsolo-. Tú no puedes ver una cosa si no existe.

Fue en ese momento cuando Ermo empezó a hacerse notar; después de abrirse paso a codazos, se ayudó de las manos para, apoyándolas en el catafalco, encaramarse a éste y lanzar su mirada a la muchedumbre y a Jaunsolo.

– Pero ella no miente -dijo Ermo, extendiendo el brazo, demasiado teatralmente, para señalar a Totakoxe.

– A mí no me importa si miente o no -exclamó Jaunsolo-: sólo quiero saber si hay o no ángeles.

– Si está viendo uno, es que hay -dijo Ermo.

La muchedumbre, que había dejado de mirar a Totakoxe para saltar de Jaunsolo a Ermo y viceversa, regresó a Totakoxe, esperando de ella algo verdaderamente definitivo.

– ¡Sigue ahí! ¡No se ha movido de la misma rama! -la oyeron gritar-. ¡Qué hermoso mi niño con alitas de ángel!