«- ¿Tiene usted delantales de mujer? -digo.
»-Sí, un buen surtido -dice Bernabé.
»-Quiero uno, oscuro.
»-Éste le sentará bien a Teresa… Bueno, ejem, ya sabe usted cómo son los pueblos… ¿Quiere algo más, don Manuel? Usted es el primer cliente que entra hoy, y es casi mediodía. Me pregunto cómo se sostiene la gente sin comer. ¡No hay un real en toda La Arboleda! ¿Cuándo se va a arreglar esto? Cada cliente, una deuda, una cuenta pendiente, y ya no puedo seguir fiando. ¡Me deben más que los géneros que guardo en la tienda! Llevo meses alimentando gratis a medio pueblo. ¡La ruina!… ¿Se lo envuelvo? Le gustará a… ¡ejem! -dice Bernabé.
«Tengo de nuevo a Teresa sentada junto a la puerta del cuartito. Alrededor de la mesa, los socialistas escuchan a Facundo Perezagua, que ha venido de Bilbao con noticias.
»-UGT y CNT acaban de firmar un manifiesto anunciando una nueva huelga general…
»-Esta vez parece que la cosa va en serio -dice uno.
»- ¿Se dan las condiciones objetivas? -dice Marcelo.
»-Un poco más de respeto -dice Eduardo Varela dándole un codazo.
»Me inclino sobre Teresa.
»- ¿Qué te parece? -digo.
»- ¿El qué? -dice.
»-Lo del manifiesto.
»- ¿Qué es un manifiesto?
»Sigue Perezagua:
»-Tengo el texto en mi poder. Es una advertencia muy bien redactada que causará su efecto. Y lo más serio e importante de todo es que brota de una exigencia de toda la clase obrera…
»Digo a Teresa:
»-De toda la clase obrera.
»Me mira y se encoge de hombros.
»Dice Perezagua:
»-Leo: "Con el fin de obligar a las clases dominantes a aquellos cambios fundamentales del sistema…”
»Digo a Teresa:
»-Cambios. Hay que cambiar muchas cosas en las minas, ¿no cree?
»Dice Perezagua:
»-"… que garanticen al pueblo el mínimo de las condiciones decorosas de vida…”
»Digo a Teresa:
»- ¿Vive usted en unas condiciones decorosas?
»-Si me quitases las sentadas en este cuarto, sería feliz -dice Teresa.
»Dice Perezagua:
»-"… y de desarrollo de sus actividades emancipadoras.”
»Digo a Teresa:
»- ¿No quiere salir de la miseria?
»- ¿Para qué, si tú has venido a ella y estamos juntos?
»Me mira con ojos chispeantes. Quiere cogerme la mano y yo la retiro.
»- ¿Carece de dignidad? ¿Nunca se rebelará contra los que la oprimen? -digo.
«Doña Beatriz me dice:
»-Ahí abajo la tiene.
»Me asomo a la ventana. Sí, ahí está Teresa, mirando hacia arriba. Me hace un gesto para que baje.
»-Está muy guapa con los trapitos de domingo que se ha puesto -dice doña Beatriz cuando paso a su lado.
»-Hola.
»-Hola.
»-No sé por qué no vamos a pasear nosotros en una tarde de domingo, como las demás parejas -dice Teresa.
»- ¿Pasear? ¿Parejas? -digo.
»-A lo mejor, lo único que nos falta para ser una pareja es pasear juntos.
»-No sabe lo que dice…
»-Sé muy bien lo que digo. Y tú también sabes que sé muy bien lo que digo. Desde tu llegada a La Arboleda me has protegido como a una niña tonta, y sólo los hombres enamorados hacen cosas así. Estás por mí, maestro, y no lo entiendo, pero estás por mí.
»-Ha hecho usted mal viniendo…
»-Yo te daré el valor que te falta para pasear conmigo por la plaza… Porque es eso, ¿verdad? Te avergüenzas de que te vean conmigo… ¿Echamos a andar?
»Su mirada me invita, pero no me muevo. Suspira y me agarra del brazo y tira suavemente de él.
»-Vamos, vamos… -dice.
»Y luego:
»-Doña Beatriz no nos quita ojo desde arriba.
»Empezamos a andar y damos juntos varios pasos, pero me paro a la entrada de la plaza.
»- ¡Eres imposible! ¿Quién te entiende a ti, hijo? ¿Para qué quieres hacer de mí una mujer presentable? Me has dado un trabajo decente y se me empieza a mirar de otra forma. Esto te tiene que gustar, ¿no? Dime que lo haces para estar conmigo sin avergonzarte de mí, dime algo que me ponga contenta…
»-Yo nunca me he avergonzado de usted -digo.
»- ¡Y el "usted"! ¡"Usted", "usted", "usted"…! ¿Tan vieja me ves que no puedes tutearme? Mira, Manolo: quiero dejar arregladas ahora misino dos cosas… Si no me tuteas y si no paseamos tú y yo por la plaza, no cuentes conmigo para las reuniones de los socialistas. No y no.
»Nos miramos.
»- ¿Tanto te cuesta decirme "tú"? Bien, al menos, empecemos a dar vueltas a la plaza…
»- ¿Por qué ha de mezclar una cosa con otra? Dios mío, ¿por qué las mujeres siempre…? -digo.
»- ¿Mezclar? -dice Teresa.
»- ¿Por qué uno no puede ayudar a una mujer sin que…?
»-Oye, ¿dónde escondías ese genio? ¿Tanta rabia te da estar enamorado de mí?
»- ¡Déjeme en paz! Por Dios, por Dios…
»Teresa me da la espalda y se aleja corriendo.
«A través de los cristales de la escuela la veo venir. «-Mañana, más -digo a los ocho mineros.
»-Adiós, don Manuel.
»Entra Teresa. Silencio. No me mira. Coge sus trastos y se pone a limpiar. Salgo afuera. La sigo oyendo. Ha venido. Ha venido.
«- ¿Por qué no sube la chica en estas últimas semanas, don Manuel? Nos habíamos acostumbrado a ella -dice Eduardo Varela.
»-Estará bordando un cojín para su silla -digo.
»Ahí está la silla, vacía, junto a la puerta. Nunca la ocupa nadie.
»-Está claro que nuestra causa no le ha tocado el corazón, a pesar de que por sus venas corre sangre… Le aburríamos y no volverá -dice Eduardo Varela.
»-Sí que volverá, aunque algunos no lo queremos. ¿Sabéis lo que hace con esa silla cuando limpia este cuarto? La deja en el mismo sitio, como diciendo: "Eh, que nadie me la quite". Volverá la muy… -dice Marcelo.
»- ¡Pues es verdad lo de la silla! -dice uno de los socialistas.
»-Pero que nadie se haga ilusiones. Aunque venga, nunca será como la otra. ¿Lo oís bien? ¡Nunca será como la otra! Se me revuelven las tripas cuando la veo -dice Marcelo.
»-Me recuerda a Roque, es decir, a su… ¡Siempre tan lejos de lo que hacíamos los socialistas ante sus mismas narices! ¡Qué tiempos aquellos! -dice Eduardo Varela.
»-No puede dejar de venir -digo.
»- ¡Vaya! ¿Por qué? -dice Marcelo.
»-No, no puede dejar de venir -digo.
»- ¡Coño! ¿Por qué no puede dejar de venir?
«Nadie más que Teresa ha podido quitar la silla de donde estaba. Ahora está mezclada entre las otras.
«-Mal día has elegido para hacer las paces, maestro. Has venido a eso, ¿verdad? -dice Teresa.
»-Escuche… -digo.
»-Escucha tú. De pronto he visto lo que quieres hacer conmigo… ¡y no lo aguanto! ¡Quieres que sea como mi madre! ¡Quieres meterme el socialismo con embudo! ¿Pues sabes lo que te digo? Te digo que ¡jay!, que te vayas a otra con ese hueso -dice Teresa.
»-Escucha…, escucha…
»Da un portazo y se queda dentro de la casa y yo fuera. Llamo con los nudillos. Nada. Llamo otra vez. Doy la vuelta y me marcho.
»- ¿Qué quieres? -oigo a Teresa.
»La veo en el umbral. Regreso.
»-Tu abuelo era un minero al que una vagoneta cortó las dos piernas y el patrono se lo agradeció con cuarenta duros y habría muerto de hambre de no haber sido por tu madre, mientras el patrono consuma un palacio en la zona aristocrática de Getxo, fundaba bancos y compraba más y más esclavos… ¿no te importa que en el mundo haya tanta injusticia, que tú y todos los que te rodean viváis de jornales humillantes, explotados por los dueños del poder y del dinero?
»Me mira. Deja el umbral y se me acerca haciendo gestos y midiéndome de la cabeza a los pies.