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»-Siempre deberían ser una misma cosa -dice Marcelo.

»-La prensa burguesa repite machaconamente que la izquierda se ha lanzado abiertamente a la revolución, y el país está asustado. La verdad es que algo se ha puesto en marcha y nadie sabe hasta dónde llegará… Estos procesos son difícilmente controlables. Quiero decir que las vanguardias políticas se suelen ver desbordadas por las propias mechas que encendieron -dice Eduardo Varela.

»Marcelo coge un periódico y me lo pasa.

»-Lea aquí -dice.

»Es El Socialista del día veinticinco de mayo pasado. El artículo se titula "Prevenimos al Gobierno". Lo leo. Es una advertencia en toda regla al poder, la seria notificación del disgusto de unas masas sufrientes que exigen mejoras económicas, justicia social, un cambio…

»-Así están las cosas… ¿Qué le parece? -dice Marcelo.

»-Y lo mismo ocurre con los recientes comunicados del Sindicato Minero y del Sindicato Metalúrgico, ambos de carácter marcadamente revolucionario. Además, el Sindicato Metalúrgico acaba de reclamar un veinte por ciento de aumento salarial y la reducción de diez horas y media a nueve de la jornada de trabajo -dice Eduardo Varela.

»-La cosa está que arde.

»-Lo que está caliente debe arder.

»-No se nos irá de las manos.

»- ¡El pueblo al poder!

»Digo:

»-Suspendan sólo un momento la reunión, no digan cosas importantes, regreso en un salto.

»Se callan y salgo. Teresa está limpiando el piso bajo.

»-Ven.

»-No he dejado de pensar en lo nuestro y pienso que haces lo que haces porque me quieres mucho -dice Teresa.

»-Bien, bien, pero sube conmigo.

»Le tomo de la mano y tiro de ella escaleras arriba.

»-Me quieres tanto que me respetas como a una reina -dice.

»-Calla…

»Los socialistas le tienen preparada a Teresa su silla.

»-Luego me quedaré el tiempo que pierda aquí -les dice Teresa.

»-Aquí no pierdes el tiempo sino que lo ganas -digo.

»- ¡Mira que a mi edad viniendo a la escuela! -dice Teresa.

»-Pueden seguir hablando -digo a los socialistas.

«Veintidós de junio. Es el concurso anual de mineros-barreneros. En el gran corro que se ha formado en la plaza está todo el pueblo.

»- ¿Tanto te gusta? -digo a Teresa.

»-Lo que me gusta es venir contigo. ¡Con lo que me ha costado que me vean a tu lado en la plaza! -dice Teresa.

»Quiere cogerse de mi brazo, pero no le dejo.

»-No había venido desde niña -dice.

»-Pues de ahora en adelante vendrás siempre porque ya eres uno de ellos -digo.

»-Y tú, conmigo.

»-Sí, sí. Pero lo importante es que te sientas uno de ellos.

»-No, lo importante es que me sienta tuya -dice Teresa.

»He de retirar de nuevo mi brazo para que no me lo coja.

»Cada uno de los seis barreneros se ha colocado frente a una peña. Empuñan barras de acero de dos metros, con punta en bisel. Les dan la señal y empiezan. Atacan la peña como la atacan en la mina, barrenándola para abrir el agujero destinado a los cartuchos de dinamita. Es un trabajo duro, son pocos los buenos barreneros y ganan más que ningún otro minero. Unos resoplan como bueyes; otros no desperdician ni el aire. Los seis odian esas peñas de la mina. Si fueran de tierra de labrar, no las odiarían.

»-Ganará Juan -dice el tendero Bernabé.

»El premio es de quinientas pesetas. Bernabé lleva un mes alimentando por su cuenta a Juan, y Juan lleva todo ese mes sin trabajar, con permiso del patrón, fortaleciéndose con el descanso y la comida de Bernabé.

»-Ganará Juan, el mío -dice el tendero.

»Desde hace un mes la gente está hablando del minero que protege Bernabé, y va a su mostrador a saber noticias, y así le hace compras. Bernabé es un buen comerciante.

»El tiempo se acaba a los veinte minutos. Se mide la profundidad de los agujeros. Hay uno de cincuenta y tres pulgadas. No es el de Juan, que tiene cuarenta y nueve. El año que viene Bernabé alimentará a otro barrenero.

»- ¿Conocías estos trabajos de las minas?, ¿conocías las minas? -digo.

»-Iba a ellas de pequeña, acompañando a mi madre a sacar unos céntimos recogiendo desperdicios -dice Teresa.

»- ¿Y eso os daba para comer?

»-No.

»- ¿Y no conservas de entonces un sentimiento de rencor?

»-Lo que guardo es un recuerdo de hambre. Por eso me hice puta.

»-No lo repitas más, es como si te gustara mencionarlo.

»-Ahora, con nuestro amor, es cuando me hace llorar -dice Teresa cogiendo mi mano.

»Ya estamos frente a su casucha.

»-Entra y comemos juntos. Hoy es fiesta. He preparado cocido de alubias con chorizo y morcilla, pensando en ti -dice Teresa.

»-No puede ser, no debe ser -digo.

»- ¿Cuándo vas a dejar de ser tan frailón? ¿Es pecado que un hombre y una mujer coman juntos alubias?

»- ¿Es que no lo comprendes? Solos, bajo el mismo techo…

»-No me importa lo que piensen otros, lo único que me importa es lo que pienses tú, y tú no quieres entrar en mi casa ni siquiera a comer alubias.

»-En Getxo no está bien visto hacer estas cosas y estoy seguro de que aquí tampoco.

»Tengo a Teresa delante. Me mira, me mira, me mira…

»-De hoy no pasa… Quiero oírte decir que me quieres. ¿Me quieres? Nunca me lo has dicho, siempre lo he dicho yo por ti -dice.

»Sus ojos.

»- ¿Es que no vas a hablar? -dice.

»Sus ojos.

»- ¿Sabes por qué quiero que me lo digas? Porque tú nunca mientes dice.

»Se empina y me besa y es como si me besaran los ojos.

»-Te quiero -digo.

»El inútil lenguaje pesa sobre el hombre.

«Ha terminado el curso en la escuela.

»-Ya tenía ganas de tenerte tres meses seguidos en casa. Aunque esa mujer de la pensión no te alimentaba mal, en casa comerás con más fuste y se te quitará esa cara de hambre de maestro de escuela -me dice la madre.

»-Doña Beatriz ha sido casi una madre para mí -digo.

»-Madre no hay más que una: yo -dice la madre.

»-Tienes celos -digo.

»-Una madre como Dios manda no tiene celos de ninguna dueña de pensión. He pasado por el Ayuntamiento a enterarme si hay plaza de maestro en algún pueblo de por aquí, y, fíjate, hay en Algorta. ¡Ni puesto por la Virgen! Así que ya estás yendo donde el alcalde -dice la madre.

»No la miro.

»-Me quedan cosas por hacer en La Arboleda -digo.

»- ¿Es que allí no se ha acabado la escuela? -dice.

»-Doy clases a un grupo de mineros -digo.

»- ¡Semejantes gandules! En verano los maestros tienen vacaciones -dice la madre.

»-He ido allí para ayudar -digo.

»- ¿Y ya nos ayudan ellos a nosotros? ¡Mejor si pierdes de vista cuanto antes a todos los mineros! -dice la madre.

»-Lo que he ido a hacer no puedo dejarlo todavía -digo.

»-Jesucristo también cogería vacaciones -dice ama.

»Me pongo a comer sin ganas. Creo que lo que mastico son acelgas con patatas. Oigo el roce de las zapatillas de la madre en las baldosas de la cocina. Sin una palabra, se para a mi espalda. Una mano suya se apoya en mi pelo.

»- ¿Qué te pasa, hijo? -la oigo susurrar.

»Sigo comiendo, porque a ella le gusta que coma.

»-Desde que mi hijo vive en La Arboleda es otro. ¿Qué te ha metido esa gente en la cabeza? -dice.

»-Será que cada vez me doy más asco a mí mismo -digo.

»-Te me vas a morir de hipocondría -dice.

»-Los maestros de escuela sólo se mueren de hambre -digo, comiendo a dos carrillos.

«-No me gusta nada. No me gusta nada lo que se está preparando, lo que están preparando esos socialistas. Usted, que no tiene reparo en frecuentarlos, estará muy enterado de lo que… -dice don Juan, el maestro.

»-Hacen lo que creen que deben hacer -digo.

»-No se ponga usted así, don Manuel. Es que no comprendo cómo usted… Y luego, la chica…