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Me sentí tan profanado, tan perdido y desconcertado, que la odié. Aquella hora diaria de clase a lo largo de dos meses constituyó para mí una tortura. Mis progresos fueron tan nulos que la señorita Mercedes se alarmó y habló con don Manuel y don Manuel habló conmigo. «Yo no tengo ninguna queja de ti, y sin embargo ella…», me dijo. Comprendí que la señorita Mercedes se lo había contado llorando, con estas palabras, poco más o menos: «Soy una nulidad como maestra… Y el pobre niño necesitando tanto de mí y facilitándomelo todo con su forzada inmovilidad… No me queda más que pedir mi renuncia». «¿Qué está ocurriendo?», me preguntó don Manuel. Cuando me atreví a sostener su mirada, el rostro se me encendió. Nos miramos a través de un silencio tumultuoso. «¿Cómo?», exclamó él. Me sentí en cueros fuera de mi secreto. «De modo que era eso…» De pronto, tuve ante mí a un don Manuel tan azorado como si a él también le hubieran descubierto algo infamante. Se refugió en el ordenamiento de mis libros y cuadernos, y luego: «No te preocupes, no te avergüences de sentir lo que sientes. Es más, deberás eternizar este tiempo, no olvidar jamás cómo eres en este momento, cómo fuiste, cómo deberías ser siempre. No se trata de que no olvides a una determinada persona sino de que no olvides cómo eras tú en este tiempo, por mucho que llegue a convertirse en pasado remoto… Resulta esperanzador que estas cosas no dejen de ocurrir».

Si afirmo que allí mismo nació nuestra santísima trinidad, quizá suene a ingenuo, pero estoy seguro de que así fue, y en sólo unos instantes: al menos, se puso en marcha algo que ninguno de nosotros supo entonces lo que era -aún faltaban cuatro años para que don Manuel padeciera su encuentro-choque-conflagración-estallido-error con la india Anaconda, que acabó de modelar una santísima trinidad con sus leyes propias, sus malditas leyes propias-, pero que constituyó el mantus más propicio para que en él germinara la maldición, abriendo el ciclo que jamás se cerraría. Porque en unos segundos don Manuel penetró mi secreto de los cuatro años precedentes, compusimos de pronto, entre él y yo, uno, y a la señorita Mercedes le correspondía haber estado allí presente para escuchar de labios de don Manuel mi secreto -no sólo era imprescindible esta revelación sino especialmente urgente, pues ella necesitaba conocer la razón de su fracaso conmigo para recomponerse- y formar, con nosotros dos, otro uno de tres, de manera que el hecho de que don Manuel hubiera de abandonar Altubena para buscarla y contárselo -un tiempo despreciable, es decir, inexistente- no debe empañar la certidumbre de que allí y en aquel instante nació nuestra santísima trinidad.

Entre mis dos enrojecimientos («¿Qué miras por la ventana, Asier?» y «¿Qué está ocurriendo?») mediaron tres años, un largo tiempo para mí entonces, y no sólo fue don Manuel su provocador sino que ningún otro podía haberlo sido. Yo habría advertido pronto -es decir, a destiempo- la considerable presencia de don Manuel en mi vida de haber sido él una persona menos prudente, menos silenciosa. Me refiero a que de otro me habría llegado antes su atención hacia mí, tanto en la escuela como fuera de ella, aunque semejante agresión me habría puesto sobrealerta, estropeándolo todo. Supo acercarse a mí y supo iniciarme, supo hacerlo, o simplemente lo hizo tal como él mismo era.

Frecuentaba bastante Altubena para charlar con mi abuelo Zenón (sus aparentes cuarenta años de diferencia quedaban neutralizados con la sangre vieja que yo siempre sospeché corría por las venas del maestro). A mí me preguntaba sobre mi pesca o mi caza, y su visita se prolongaba si había ocurrido algo notable, como el encallamiento en la playa de aquel monstruo que nunca se supo si era tollo o tiburón, o la ola monumental que llegó hasta el edificio del Cable Inglés, o la granizada tardía que destrozó la cosecha de los frutales; también me hablaba de los temas inamovibles de nuestro acervo -me inició en ellos con más dramatismo que el abuelo, quien se limitaba a contármelos-: el Negro, aquel congrio gigantesco que parecía procrearse a sí mismo; temible, solitario y excesivamente irreal para nuestras luces, al que ya nadie intentaba siquiera capturar y en quien convenía que viésemos -decía don Manuel- acaso la última representación de la libertad que ya nos era dado imaginar, o al propio clan de los Baskardo de Sugarkea, los únicos descendientes incontaminados del Principio, no sólo descendientes del viejo vasco sino, esencialmente, del viejo Hombre -y esto me lo revelaba el don Manuel de la fe nacionalista con su irreductible honestidad-; y cosas así, nunca contadas fuera de la ocasión, aunque hubiera de esperar meses o años: ese instante que requiere cada tema y que don Manuel sabía elegir con exquisito acierto.

Y luego mi apellido: a lo largo de los años el sonido Altube no dejó de zumbar dolorosamente encima de don Manuel, desde la primera venta-despojo de Altubena de Santiago Altube a su hermano Zenón hasta el accidente, cuarenta y tantos años después, del más pequeño de los Altube, es decir, yo; pasando por el abandono de Isidora por Roque Altube, y la segunda venta-despojo de Altubena de Roque a su hermano Juan y la muerte prematura de mi padre, reventado sobre su propia tierra; y los dos Altube cautivos en la mansión de Ella: mis dos tíos, Santiago y Roque, desposeídos hasta de su identidad y coincidiendo ambos apóstatas tras aquellas rejas durante más de veinte años; por no mencionar la palabra asesinato manchando el apellido Altube partiendo de la hasta entonces desconocida rivalidad entre mis primos Eladio-Leonardo, ni la parte infinitesimal de culpa atribuible a la sangre Altube en la prostitución progresiva de la especie mamífera tenida a sí misma por superior. Al menos, no sería justo cargar a mi estirpe con la responsabilidad de aquel exceso de don Manuel en aras de nuestra santísima trinidad, aun habiendo allí un Altube sentenciado a sus quince años hasta el fin de los tiempos, minándole, también, el sosiego.

Y luego mi asombro al saber que don Manuel no sólo había igualmente descubierto a la señorita Mercedes sino que lo hizo antes que yo. Su relación, más o menos patente -más bien menos que más-; bueno, acabaría siendo patente menos por su intensidad que por su prolongación: hubo un comienzo, tres abandonos y dos reanudaciones a lo largo de doce años, aunque el final de toda esperanza para ellos no marcó una frontera entre dos comportamientos distintos, un antes y un después, pues de un noviazgo lánguido pasaban a una lánguida proximidad sin compromiso; incluso podría decirse que hubo entre ellos más pasión en las épocas de distanciamiento que en las otras, pues en las épocas de noviazgo había supuestamente que rebajar más peso de la pasión para alcanzar la languidez, y menos en las épocas de proximidad sin compromiso, así que en estas épocas de mera proximidad sin compromiso disfrutaría la pareja de más masa de pasión.

Para cuando descubrí a la señorita Mercedes, en 1929, hacía cuatro años que don Manuel la tenía descubierta. Ocurrió siendo él ya maestro en Algorta y ella empezaba la carrera. De modo que no fue la coincidencia de trabajar entre unas mismas paredes lo que puso en marcha sus relaciones, aunque sí el pertenecer a una misma comunidad -la señorita Mercedes había nacido y vivía también en Algorta-, pero esto pertenecía a la vulgaridad general y no se tuvo en cuenta, ni siquiera lo esgrimieron los detractores de don Manuel; sus defensores siempre airearon esta «decisión libre y personal de su voluntad» ya existente cuatro años antes de que ella se estrenara de maestra, mantenida durante esos cuatro años antes de que el destino los encerrara en la misma batidora.