Así como Anaconda luciría la nariz peñascosa de los Altube -algo rebajada por el mestizaje, de modo que casi sobraron los certificados de sangre-, Ángelo carecía de ella y apenas pesaron sus credenciales escritas. Vivió mi tío abuelo treinta y cinco años en la tribulación de no haber convencido a nadie -y menos a Abeliñe, su mujer, de quien se sospecha se negó a admitir al niño en el hogar por no ofrecer al pueblo la más patente prueba de la fertilidad del esposo-; entregó su hijo a una familia del interior y todos se olvidaron de Ángelo. Hasta 1907, en que reapareció en Getxo como empleado en la oficina de seguros que Efrén había abierto en el piso de Blasa, frente a La Venta: era tan despierto que, a pesar de sus diez años, supo llevar perfectamente los asuntos de la empresa creada por aquel otro precoz de dieciocho; parece que se entendieron muy bien, incluso que se admiraron, acaso movidos por su mutua condición de especímenes aparte de nuestra comunidad. En 1922 Ángelo alquilaría un piso no lejos de la iglesia de San Baskardo, en el que vivió con una gallega taciturna con la que se había casado, y abrió una frutería en Algorta. Pronto se supo que la lonja pertenecía a mi tío abuelo, quien había corrido igualmente con los gastos de instalación del negocio. Fue por entonces cuando el pueblo le empezó a llamar «Boniato», Ángelo Boniato.
Treinta y cinco años después, con Anaconda, la mujer de Saturnino repitió su comportamiento. «No tengo nada contra la extranjera», decía, «incluso me cae bien, tan hermosota… ¡Si fuera a meter en casa a todos los que me caen bien…! El cabezota de Satur quiere convenceros de que tiene en casa a una mujer podrida… ¡pero estoy más sana que san Periquito! ¡Él es el podrido! ¡Cualquier día me lo meten en la cárcel por andar comprando niños! ¡Nos va a llenar Getxo de indios!»
Las monjas del asilo se hicieron cargo de Anaconda y todo pareció ir bien durante varias semanas…, excepto que la india no soportaba el encierro ni la disciplina. Mi tío abuelo la visitaba un par de veces por semana, sin que ella manifestase ninguna emoción especial cuando la llamaba nieta. Siempre la vimos como una gran Buda, sin expresión. Quiero decir que era algo así como una mole indescifrable, sobre la que era preciso inventar cosas si se deseaba disponer del más mínimo informe, por equivocado que fuera, e incluso sabiendo que era equivocado. Es que resultaba desesperante aquella incapacidad suya por transmitirnos noticias de su interior (nunca caímos en la tentación de pensar que era desprecio hacia nosotros), más o menos perdonable en cualquier otra persona, incluso en la mayoría, pero no en ella, la hembra que no necesitaba ni siquiera andar, pasearse ante nuestras miradas para encender nuestra capacidad de creación y ponernos a inventar a la supuesta Anaconda real que se nos negaba. Se trataba del desajuste entre la cuantiosa oferta latente depositada en aquel organismo y la miseria que nos entregaba. Aunque, como sospechábamos unos pocos, la culpa era de Getxo, no de ella, cuyo advenimiento había ocurrido en un tiempo ya irrecuperable, había ocurrido demasiado tarde para sernos posible colocarnos a la altura de su mensaje. Me decía don Manueclass="underline" «Recuerda a las llamas, Asier, sobre todo al macho de la manada, y comprende que fue lo mismo». De entre los diversos machos posibles, Anaconda lo eligió a él, a don Manuel. Me gusta pensar que a la india le movió algo más seductor que la simple carne (y quizá lo indiquen así los cuarenta y cuatro años del maestro en aquel 1938; aunque Anaconda, con sus dieciséis, estaba en edad de sentirse atraída por un maduro de buen ver. Pero todo esto serían menudencias para una hembra que habitaba un plano nada convencional). Pudo elegirme a mí, o a cualquier ejemplar joven, incluso de entre los Baskardo de Sugarkea. Aunque quizá no deba hablarse de una elección por su parte, quizá no estuviera construida para ese esfuerzo. Hay que descartar, igualmente, que fuera elegida por don Manuel. De modo que sólo queda lo ilusionante: las nupcias de los elegidos.
Sea como fuere: don Manuel, el célibe. Le correspondió a él, precisamente. Una fugaz efusión perdida en una larga existencia rectilínea; unos segundos femeninos pesando más que la presencia eterna de sus dos únicas mujeres: su madre y su novia. Y el imbécil de quince años contemplándolo a través de la cristalera que separaba el aula del corredor. Y la desproporción entre las cortas palabras dedicadas al episodio y su apocalíptica repercusión: un inocente culpable como yo tratando, a lo largo de los siguientes treinta años, de convertir en palabras todo aquello para despojarle de su misterio y su terror, y don Manuel retrocediendo hasta la invisibilidad y el silencio porque entonces ni siquiera utilizó el lenguaje invisible, el no lenguaje, que solía utilizar para contarme sus inútiles meses en La Arboleda por causa de Teresa, o, a su vuelta a Getxo, la visita de mi tío Roque:
«-Tienes visita -oigo a la madre.
»Entra Roque Altube.
»-Es Roque Altube. Mira qué guapo está -dice la madre.
»Le hago pasar a mi cuarto y cierro.
»-Siéntate en esa silla -le digo.
»No se sienta. Se queda tan quieto como un árbol. No puede ni acordarse de la boina que sigue en su cabeza. No sé si me mira porque yo tampoco le miro a los ojos.
»-Mañana, lluvia -dice.
»Me siento a mi mesa y empiezo a ordenar mis libros y papeles que no necesitan que se ordenen.
»-Y va a estar lloviendo un mes -dice Roque.
»Se me cae al suelo el Quijote que estoy traduciendo al euskera.
»-No es ni más ni menos feliz que cualquiera de nosotros, pero está viva -digo, agachándome.
»- ¿Eh? -dice Roque.
»-Creo que es más bien feliz -digo.
»- ¿Eh? -dice Roque.
»-Es feliz. Se ha hecho socialista. Se las arregla bien para salir adelante -digo.
»En Roque no se mueve ni uno solo de los dedos que le cuelgan a sus costados.
»- ¿Eh? -dice otra vez.
»-Aquello es pequeño y yo la veía de vez en cuando. Está fuerte y tiesa -digo.
»Roque carraspea. Mete una mano en el bolsillo de su pantalón de pana gris y saca un pañuelo, pero no se seca las manos ni se limpia la nariz ni hace nada con él, y me mira como preguntándome para qué lo ha sacado.
»-Bueno -dice, y se da la vuelta para marcharse. Lo que hace finalmente con el pañuelo es secarse el cogote. Y sólo entonces, al levantarme para abrirle la puerta, tropieza con su boina y se la quita.
»Pudo encontrarme en La Venta o en el bar de la plaza, pero se ha atrevido a venir hasta mi casa para darle al asunto el peso que tiene. Me asomo a la ventana: ahí va, con su aire de viejo a pesar de sus cuarenta y siete años, camino del palacio de Ella. Ha venido a engañarse con su propio engaño. Nos conocemos bien entre nosotros.
»- ¿Qué quería Roque Altube? -oigo a la madre.
»-Nada -digo.
Y fue como si la señorita Mercedes hubiera preparado las cosas para cerrarle al destino toda salida que no fuera nuestra santísima trinidad: ella llevó a Anaconda a la escuela, liberándola de la disciplina de las monjas y poniéndola a vivir libremente en el seno de nuestra comunidad, esperando que adquiriera confianza, que se hiciera a nosotros, pues había llegado a saltar las tapias del convento y en dos semanas nadie supo de ella, hasta que la señorita Mercedes, en una excursión de la escuela, la descubrió en lo alto de un pino de La Galea. Consiguió que bajara del árbol y la albergó en su casa. No resultó fácil retenerla: la india sentía una aversión especial hacia las paredes, incluidas sus ventanas, aunque estuvieran abiertas, sabiendo que alguien las podría cerrar. La señorita Mercedes realizó con ella lo más parecido a una domesticación, aunque, con el tiempo, al irnos dando cuenta de la clase de criatura que era, de la manera perfecta como entendía la libertad, supimos que no fue domesticada ni una sola de sus células: simplemente, Anaconda la respetó, la amó, le cayó bien la maestra, permitió que se le acercara más que ninguna otra persona. La señorita Mercedes logró el milagro de sentarla en uno de los bancos de la escuela con las más pequeñas, y que empezara a asimilar arduamente los rudimentos del abecedario. Le dio cama y comida y, ya en plena guerra, al desaparecer la mujer de la limpieza (huyó a Santander horas antes de la entrada en Getxo de las tropas de Franco), la contrató para que se encargara de las dos aulas, pagándole el jornal de su propio bolsillo, por negarse a pedir favores a aquel Ayuntamiento que nos acababan de imponer.