El primer alcalde -provisional- de los nuevos tiempos, Benito Muro, desde el primer día de la toma de poder arremetió contra Anaconda. «Es el pecado de la carne dejado por el enemigo para resquebrajar la moral en nuestra retaguardia», proclamaba. La señorita Mercedes se hizo fuerte en la escuela contra la pareja de municipales que enviaba el alcalde regularmente con orden de imponer a la nueva señora de la limpieza nombrada legalmente en un pleno municipal; la mujer, con su escoba, balde y trapos, permanecía tras los guardias mientras éstos llamaban a la puerta y eran rechazados por una furia con cierta semejanza con la maestra. Don Benito requirió la ayuda de don Eulogio del Pesebre del Niño Jesús, que no era párroco de Algorta sino de San Baskardo, y pertenecía a la raza inquisitorial de los que habían calificado de Cruzada nuestra Guerra.
Así como Benito Muro jamás traspasó el umbral de la escuela, don Eulogio sí, por permitírselo la maestra; no era un poder nuevo entre nosotros, como el alcalde: llevaba setenta y cinco años de párroco, era parte de nuestra comunidad (sus severidades religiosas nunca habían sobrepasado las habituales de los párrocos de nuestra tierra, no hicieron sospechar en qué extravagancias político-religiosas caería a partir de junio de 1937) y, además, acababa de cumplir cien años. Entraba en la escuela sin arma alguna, ni siquiera un bastón, trepaba trabajosamente a la tarima sin ayuda de nadie y se sentaba con un suspiro a la mesa de la maestra, en tanto la señorita Mercedes paseaba con expresión dura por entre los pupitres vacíos. «Hemos de salvaguardar la moral en todas partes y más en una escuela de niños», gemía don Eulogio. «Nadie ha pecado nunca dentro de estas paredes y ahora tampoco», decía la señorita Mercedes.
De un modo u otro, Anaconda solía estar presente en aquellos encuentros. El párroco se presentaba al término de las clases y, un rato después, la india dejaba su limpieza de otras partes de la escuela y entraba en el aula con sus trastos y se ponía a fregar el suelo o quitar el polvo sin, al parecer, ver a nadie. Siempre se cubrió con un sencillo vestido de tela rígida y floreada, que se lo cosían holgado para ahogar sus formas, aunque éstas acababan emergiendo. Jamás usó jersey ni abrigo, ni siquiera en invierno, algo insólito en quien procedía de un clima tropical; uno podría explicarlo imaginando a su carne emitiendo más calorías que la media; pero no: se trataba de su desvinculación de nuestras cosas, de su insobornable autosuficiencia, de hasta qué punto nos ignoraba; nos ignoraba tanto que ni siquiera advertía nuestra maldita humedad reumática. Si parecía mostrar cierto interés por las visitas de don Eulogio se debería al propio don Eulogio, a su estructura leñosa impropia de un vivo, que le recordaría los detritus podridos de sus selvas. De manera que el cura la solía tener ante sus ojos mientras la vilipendiaba; veía moverse con pesada armonía, a un palmo de sus narices, aquella materia de Satanás y pedía a la señorita Mercedes que la ordenara salir para que no se enterara de que hablaban de ella. «No se preocupe, no le escucha», decía la señorita Mercedes. «¡Pues algún día me tendrá que escuchar si usted no toma medidas!», gruñía don Eulogio. «¿Medidas? ¿Qué medidas quiere que tome contra una inocente?», silbaba la señorita Mercedes. A veces don Eulogio se incorporaba a cámara lenta. «¡Arrojarla de la escuela y devolverla a las monjas! ¡Y, de momento, ponerle un abrigo! ¿Por qué no me obedece usted? En este país siempre habíamos mandado los curas. ¡Esta mujer está dando escándalo!» «No es una mujer sino una niña», le recordaba la señorita Mercedes, «y no da ningún escándalo. Pero tendré que prohibirle la entrada a esta aula para que no se escandalice oyéndole a usted.» Se bastó para defender a Anaconda del párroco y del alcalde. Don Manuel no pudo entonces ayudarla porque lo tenían en una cárcel de guerra. Fue el segundo paso de la señorita Mercedes hacia nuestra santísima trinidad.
En cierto modo, don Eulogio no andaba descaminado con Anaconda; le dio la razón lo que ocurrió al desatarse el vendaval de sexo que arrasó Getxo, a sus hombres, en la primera semana de aquel agosto sofocante de 1938. Fue una auténtica cacería de la hembra, de Anaconda; como si la india hubiese liberado de su interior, en forma de estallido, la secreción perturbadora destinada a derramarse por todo el territorio buscando el órgano olfativo de los machos. En todo caso, sólo buscaba a un macho, al maestro, el desencadenante de la locura al salir de prisión aquel 3 de agosto y ser descubierto por Anaconda y provocar su enamoramiento. Resultó excesivo para nosotros; la especie había perdido el hábito de tan pulcra comunicación, quedó denunciado el abismo de milenios entre la indiferente lejanía con que vivió aquello Anaconda y el paroxismo con que lo vivimos nosotros. El delirante acoso a la hembra duró ocho días, los que duró la ola de calor, y don Eulogio pudo vanagloriarse de haber profetizado el advenimiento del reino de Sodoma y Gomorra de manos de la carne de la protegida de la maestra. Pero, en el fondo, se equivocaba: aquello no fue sexo -al menos, no todo; el sexo fue desbordado por la fascinación del enigma que escondía semejante comportamiento; el sexo sólo fue la coartada- sino inquietante presentimiento de una degradación. Por suerte para Getxo, al término de los ocho días de locura, nadie conservó vivencia clara de lo sucedido. La señorita Mercedes, pues, poniendo la ocasión; don Manuel maltratado por una guerra que desmanteló temporalmente su visión del bien y del mal, y yo esperando mi turno de testigo atónito de la escena en que desembocaría la gran confabulación, y ya por siempre mis cíclicas protestas: «¡Cásese con ella, no se destrocen los dos! ¡Ya he crecido y comprendo las cosas!». Y don Manueclass="underline" «Mi pequeño Asier, los ojos que contemplaron aquello tenían quince años y ya nunca dejarán de tener quince años». Y yo: «¡Deje de llamarme "pequeño"! ¿No quiere ver que ya no lo soy?».
Josafat Baskardo
Junio de 1907
Aita dice:
– ¡A cualquier cosa le llaman cacería estos aldeanos!
Estamos en el balcón Aita y yo solos. Me sonríe y yo le sonrío.
– Dicen que esos animales son llamas… ¡Bah, simples borricos! Contra nuestros leones querríamos verles a estos aldeanos, ¿eh, Jaso? -dice Aita.
– ¡Contra nuestros leones! -digo.
Es domingo. Getxo anda revuelto desde anteayer. Dicen que Saturnino Altube ha recibido de América un rebaño de fieras hambrientas… – ¿fieras?, ¡ja!…- que se le han escapado y están devorando los sembrados y atacando a las personas. Todos los cazadores de Getxo han salido a cazarlas y les vemos pasar en grupos ante nuestra casa con sus escopetas de perdigones.