– ¡Jaso, descuelga nuestra cabeza de león y tráela a que la vean esos valientes de ahí abajo! ¡Y que los criados vengan con baldes de agua para echársela por la cabeza cuando se desmayen! -dice Aita.
Dejo corriendo el balcón.
– ¿Adónde vas? -dice Aita.
– Al salón, a descolgar… -digo.
– ¿Por qué nunca entiendes una broma, Jaso? Déjalo, sería demasiado para ellos -dice Aita.
– ¡Ninguno se atrevería a venir con nosotros a África!, ¿verdad, Aita? -digo.
– ¡No están hechos de tu pasta, Jaso! Siempre supe que eras de mi misma pasta, que tú y yo haríamos grandes cosas juntos. ¡Siempre lo supe, maldita sea! Estoy muy orgulloso de ti, hijo. Tú mataste a ese león de abajo, no yo. Convéncete de ello. Disparamos a un tiempo los cuatro, pero fue tu bala la que le abatió, no las nuestras. ¡Un tiro maestro! Pocos conservan el buen pulso ante un gran león macho atacándole a uno. ¡El trofeo del salón te pertenece, hijo! -dice Aita.
Aita me habla sin volverse, apoyadas sus manos en el antepecho del balcón y mirando hacia fuera. Es como si me hubiera hablado su espalda… Veamos: estábamos en un claro de la selva y el león rugió antes de dejarse ver. «¿Qué te pasa, Jaso? ¡Es sólo un león!», dijo Aita. Los negros retrocedieron y nos dejaron solos al cazador blanco, a Román, a Aita y a mí. El cazador blanco recogió del suelo mi fusil y me lo puso en las manos, e incluso puse mi dedo en el gatillo. «Puede apuntar hacia aquellos matorrales, señor. El león saldrá por ahí», dijo al cazador blanco. Y añadió: «Apoye la culata en su hombro, señor, y apunte». «No se preocupe tanto. Mi hijo lo sabe hacer perfectamente. ¿No es verdad, Jaso?», dijo Aita. Se apartaron los matorrales y allí estaba… Como en los dibujos a plumilla de mi zoología… Miré a derecha e izquierda, al cazador blanco y a Aita, y allí estaban también, y Román detrás… «Apunta, Jaso, y espera nuestra orden para disparar», dijo Aita. Pensé en Martxel, en su carta, en los tigres que mata en Ceilán, y deseé tenerle a mi lado. ¡Martxel, Martxel! Pero estaba Aita, mirándome a mí y mirando al león. Y pensé en Martxel, mirando a los tigres y mirándome a mí. ¡Yo también, Martxel, yo también! «¿Qué te pasa, Jaso?», dijo Aita. «¡Apunta y dispara! ¡Apunta y dispara! ¿Qué te pasa, Jaso? ¿Es que vas a disparar de rodillas?» Bueno, y yo también disparé. Estoy seguro. ¿Verdad que disparé, Martxel? El gatillo quedó tan hundido en la carne de mi dedo que luego el cazador blanco no lo podía sacar. Aita y Román me agarraron por los sobacos y me levantaron. «Jaso, ven a ver el león que has matado», dijo Aita. Me sostuvo por la cintura para dar los primeros pasos y luego no sé qué les ocurrió a mis piernas, y el león estaba algo más cerca, muerto. Creo. «¿Qué te pasa, Jaso? ¿Por qué no vienes a tocar al león que has matado?», dijo Aita. Él ya lo estaba tocando, y también el cazador blanco, y también Román. «¿Te duele el hombro, Jaso? Estos rifles nuestros son de gran retroceso. Habrá que mejorarlos en el próximo modelo», dijo Aita. Me toqué el hombro, no me dolía. Tampoco recordaba haber apoyada la culata en él. Sin embargo, si yo maté al león, tuve que disparar, y para disparar hay que apoyar la culata en el hombro. Y no lo recuerdo. Es que era mi primer león. Estoy seguro de que Martxel tampoco se acordará de haber apoyado la culata en su hombro al matar a su primer tigre. «¿Estás contento, Jaso? No te hemos pedido permiso para tocar a tu primer león», dijo Aita. Abro el rifle: sí, he disparado, falta una bala. ¡Yo he matado al león!
«-¿Adónde te llevas a mi hijo? ¿Qué vas a hacer con mi pequeño? -dijo ama.
»-Pregúntale a él qué quiere hacer, al fin, de sí mismo -dijo Aita.
»Estamos en el taller del sótano, engrasando los rifles. Ama está en lo alto de la escalera de piedra, en el último peldaño, tiesa, aunque no tanto como antes de…
»-A veces, allí, la vida depende de una gota de grasa en un rifle -dijo Aita.
»- ¡Mi hijo no pertenece a tu mundo de suciedades y asesinatos! -dijo ama.
»-No hay música mejor que la del deslizamiento silencioso de un metal sobre otro -dijo Aita.
»-Sí, sí -dije-, me gusta hacer que resbalen las piezas cubiertas de grasa como los patinetes con los que ella siempre me prohibía jugar en la carretera… ¡Fiu, fiu, fiu…! -Y hago resbalar una pieza sobre otra, y si el roce hace ruido echo más grasa, hasta que ni siquiera se oye un seeeehhhhsssss, hasta que no se oye nada, hasta que todas las piezas del rifle que tengo entre manos parecen de seda. Ella está en lo alto de la escalera esperando de mí que arroje contra la pared los metales del rifle y huya del sótano y me deje conducir por ella a la habitación de mis juguetes de madera, ella siempre me los compraba de madera, mientras que Aita siempre me los compraba de metal. Únicamente con el metal se pueden matar fieras en África, no con la madera. Dice Aita que los negros de África cazan con lanzas y flechas de madera y que siempre mueren varios de ellos antes de cazar su fiera. Martxel también mata tigres con rifle, porque las partes más importantes de los rifles son de metal, y Martxel se encontró en Ceilán con el metal de esos rifles y por eso pudo escribirme aquella carta. Un día se la enseñé a Aita, la leyó y me dijo: "Así se expresan los hombres. Pronto tú también podrás escribir una semejante. Estoy seguro de que la podrás escribir, Jaso. Seguramente, ya podrías hacerlo en este momento". Si le pasé la carta es porque yo podía escribir una igual, siempre que en cada sílaba no dejara de pensar en Martxel.
»-Destrozarás a nuestro hijo. Él es distinto a todos. No le conoces como le conozco yo -dijo ama desde lo alto de la escalera, tiesa, aunque no tanto como antes de…
»-El futuro de la humanidad está en los metales. Los hombres más poderosos serán los que controlen más metales -dijo Aita.
»-No conduce a nada amar a la madera ni que la madera te ame a ti, porque es blanda y débil y llorona como un niño -dije, y ama suspiraba en lo alto de la escalera.
»-Recuerdas mis palabras, ¿eh, Jaso? -dijo Aita.
»-Pero sí tiene sentido amar a los metales y que ellos lleguen a amarte, porque son duros y fuertes se valen por sí mismos y su natural es no amarte, hasta que les demuestras que eres más fuerte y entonces se te doblegan y te aman -dije, y ella seguía en lo alto de la escalera, tiesa, aunque no tanto como antes de…
»-Veo que no perdiste una sola de mis palabras, Jaso, y que calaron muy hondo en ti, lo que habla mucho en favor de tu futuro -dijo Aita.
»- ¿Tienes más grasa, Aita? -dije.
»-Sí, en ese anaquel, en ese tarro. La grasa es para los metales como las flores para las mujeres… ¿Por qué enrojeces, Jaso? -dijo Aita.»
Miserables escopetas de caza llevan esos aldeanos. Sí, están fabricadas con algo de metal, pero no pueden compararse con nuestros rifles. Y no me refiero al enfrentamiento escopetas-rifles en general, sino a la comparación entre todas las escopetas y nuestros rifles fabricados en la fábrica de Éibar de Aita. «Te contaré un secreto», me dijo un día Aita. «No monté mi fábrica de armas de Éibar para ganar dinero, como sería lo natural, sino para crear un nuevo tipo de rifle. Contraté a dos armeros alemanes, hermanos, los mejores del mundo, y les dije: "Pongo esa fábrica a vuestra disposición. Meteos en ella y conseguidme el mejor rifle que el hombre haya podido soñar. Hasta el último tornillo que se fabrique aquí será para ese rifle". Pero, Jaso, que no lo sepa nadie, que no sepan los otros grandes que puse una empresa para no ganar dinero…, ¡perdería mi prestigio!» Y Aita rió hasta desgañitarse y yo también reí. Nunca vamos a África con los rifles del año anterior, siempre llevamos los últimos modelos que nos entregan nuestros armeros alemanes.
– Mira esas escopetas, Aita, sólo sirven para matar pajaritos. ¿Qué harían esos aldeanos con sus escopetas ante nuestros leones? ¡Echarían a correr con el rabo entre piernas! -digo.