– ¡Fue el hijo de Ella, en La Galea!
– ¿Por qué lo he preguntado? -dice Román.
– ¡Ah! ¡Ah!
¿Quién ha hablado? Ahí, en la terraza de enfrente, está la maldita mujer, cubierta de puntillas negras hasta el suelo y dándose sombra con la sombrilla, también negra.
– ¡Ah! ¡Ah! -dice otra vez.
El maldito bastardo se pone en pie y la saluda con la mano.
– Cuidado -dice la maldita mujer.
A su lado está Madia o Magda con su último crío en brazos y los otros seis a su alrededor, incluidos los gemelos: no se mueven ni hablan. Nunca ha habido críos más silenciosos. Del interior de la casona sale ahora la voz aflautada de Santiago Altube: «¿Son de carne de comer esas llamas?». Pasa el carro, pasan los cazadores de a pie, pero allí se queda la maldita mujer, sin dejar de mirarnos a nosotros desde su terraza.
– ¿Adónde vas, Aita? -digo.
Sale silenciosamente del balcón.
– ¿No te gustaría ir con ellos a cazar esos bichos, Jaso? -dice Román.
– Aita dice que no es una cacería como las nuestras de África -digo.
– Y tú, ¿qué dices? -dice Román.
– Si esos aldeanos nos vieran por aquí con nuestros rifles creerían que están en una verdadera cacería -digo.
– Sin embargo, no te preocupa lo que piensen los aldeanos cuando salimos con escopetas de perdigones a cazar gorriones y conejos -dice Román.
– Es que a Martxel le gusta que mate cualquier cosa, incluso animales de nuestra tierra. Creo que lo que más le gusta ahora es que mate animales de nuestra tierra -digo.
– Y a ti, ¿qué te gusta, Jaso? -dice Román.
Al marcharse Aita, he quedado entre Fabi y Román. Hace tres años yo me encargaba de pasarles las cartas. ¿Lo haría ahora? ¿Por qué no, si ama se sigue mereciendo todo lo peor que yo haga contra ella? Llevo varios minutos sin hablar, sin moverme, sin hacer nada, para no estorbarles. Sería mejor que vivieran en casas distintas y se escribieran cartas, como antes, para yo seguir pasándoselas. ¿Por qué no se las escriben ahora? La gente no se escribe cartas dentro de una misma casa. O sólo los que, antes de vivir juntos, no se escribían cartas. Porque parece como si Fabi y Román las echaran de menos. Estoy seguro de que si Fabi o Román tuvieran para el otro una carta escrita en su bolsillo y aprovecharan que yo estoy ahora entre ellos para entregármela y así reanudar su comunicación contra ella, volverían a estar unidos. Llevan dos años como atontados, siempre lejos el uno del otro. Es como si no supieran hablarse, o se les hubiera olvidado, o prefirieran las cartas que tan felices les hicieron no hace mucho, gracias a mí. ¿Por qué no se escriben?, ¿quién les impide hacerlo? Saben que podrían contar conmigo, que ella sigue siendo mi enemiga. Porque no hay duda de que es ama la que aún está en el centro de todo. La obligaron a aceptar su boda y no les perdona. Es una bruja y les sigue martirizando, quizá con su sola presencia, su rostro agrio, su tiesura, aunque no tanta como antes de… Ellos saben lo que piensa y no se atreven a ser como quisieran. Incluso la pobre Fabi juega el papel de esposa resentida, confiando en que así ella le perdone mejor. Su única esperanza han de ser las cartas. Sólo podrán ser ellos mismos volviendo a las cartas.
A Martxel también lo destruyó. Martxel también ha vuelto a ser él mismo a través de aquella carta. Y yo también. Seguimos los tres en el balcón, yo en medio de Fabi y de Román. Román silba por lo bajo una habanera, sin mirar ya a los cazadores, que suben a lo lejos hacia Algorta, y ni uno mira hacia la terraza donde está Ella con la sombrilla, ahora sola. Ha hecho huir a Aita, pero no a mí. Sé que algún día la mataré, después de haber matado al maldito bastardo. ¿Lo has oído, Martxel? ¿Qué te parece? Tu hermano Jaso lo habrá arreglado todo para cuando tú regreses. ¿Te sientes orgulloso de mí? Y tampoco te preocupes de la bruja: entre Aita y yo la estamos venciendo; es como una cacería, la mejor de las cacerías… ¡Si vieras cómo la acosamos! ¡La estamos dejando sin terreno! Esta selva ya es toda de Aita y mía. Yo dirijo el salan y Aita es mi ayudante. Tu carta me hizo ver que tengo en mis manos todos los gatillos de esta selva. Soy tan fuerte que hasta el propio Aita me pide debilidad. Como aquel día en que Aita me entregó mi nuevo rifle: «¿Qué te parece, Jaso? Es el mejor de todos. Lleva tus iniciales en la culata de caoba». Me puse tan contento que corrí al jardín a matar todos los gorriones de los árboles, y empecé a disparar antes de haber visto uno, y me llegó la voz de Aita: «¿Olvidas, Jaso, que desde hace mucho tiempo los pájaros ya no se atreven a visitar este jardín?», y vi a ama en su balcón y oí su lamento: «Euskaria, ¿qué están haciendo de ti?», y entré en casa y corrí escaleras arriba y vi a la bruja ante su alcoba y le apunté con mi rifle. «¡Atrás, a tu cueva!», y ella, entre gemidos, se precipitó a encerrarse, y luego Aita me dijo: «No te excedas, Jaso, sigue siendo tu madre».
Descolgué el cuadro de mi dormitorio y encendí una fogata de leña en el salón para quemarlo, y vino Aita y me arrancó el cuadro de las manos. «¿Estás loco?», dijo, y vació una jarra de agua sobre las llamas y llamó a los criados para que las apagasen del todo, y cuando ama vino a por el cuadro, se lo entregó, y yo no hice nada por arrebatárselo, porque fue más terrible para ella que yo lo despreciara.
Por mucho que espero, ni Fabi ni Román hacen otra cosa que estar como estatuas en el balcón. No hablo, no hago ruido, no me muevo. Miro de reojo a uno y a otro, a sus ropas, por ver si descubro las esquinas de alguna carta sobresaliendo de algún bolsillo. Sin embargo, sé que las tendrán escritas.
– Entregádmelas de una vez, que ella no os ve ahora -digo.
– ¿Eh? -dice Román.
– Me gustaría volver a oler el perfume de las cartas de Fabi -digo.
– ¿Y a quién no? ¡Era un tiempo aún no traicionado! -dice Fabi.
– Sigo siendo el mismo mensajero. Confiad de nuevo en mí -digo.
– Pero, hermano, ¿podrías también restituirme a la Fabi de entonces? -dice Fabi.
– Era un feo animal el que llevaban en el carro -dice Román.
– No permitáis que ella os enmudezca. A ti también te estoy hablando, Román -digo.
– ¿Qué? Si te explicaras claro, cuñado -dice Román.
– Os juro que en este momento se encuentra muy lejos de este balcón. La siento debajo de su cama, asustada de mí -digo.
– ¿Debajo de la cama? -dice Román.
– ¿Cómo me llamo? -dice Fabi.
– Fabi -digo.
– No, yo no soy Fabi -dice Fabi.
– ¿Debajo de su cama? -dice Román.
– No os descubriría. Aunque es una bruja, sé que no ve a través de las paredes -digo.
– Las llamas, o como se llamen, son bichos antipáticos. Me ha bastado ver una para… ¿Debajo de la cama? -dice Román.
– No permitiré que ella os venza -digo.
– ¿Vencernos? -dice Román.
– ¡No permitiré que ella os venza! -digo.
– ¿Cómo me llamo? -dice Fabi.
La maldita mujer sigue en su terraza, mirándonos. No la seguiría llamando maldita mujer si no fuera porque ha hecho huir a Aita. Tampoco llamaría maldito bastardo al maldito bastardo si no fuera por la repentina palidez de Aita al verle en el carro, después de todo un invierno sin saber de él. Quiero que sepa la bruja que ya no es por ella por quien los odio a muerte.
– ¡Los diablos! ¡Los diablos! ¡Los diablos!
Estos gritos me despiertan.
– ¡Los diablos! ¡Los diablos! ¡Los diablos!
No es una pesadilla más de las que me atacan. Estoy en mi dormitorio, sentado en la cama y despierto y sigo oyendo los gritos… ¿de quién?, ¿del jardinero? ¿Y si los gritos y yo en mi dormitorio y sentado en la cama y la luz que ya se filtra por las cortinas y los bultos familiares que me rodean y la insoportable certidumbre de que la bruja me acecha al otro lado del tabique son prolongaciones de la pesadilla de esta noche en la que alguien se reía a carcajadas viéndome atado a la pata de una cama? Pero resulta que no estoy llorando ni tengo miedo, como en otros tiempos. Ahora, al despertar me siento un hombre. Aunque la pesadilla de turno mantuviera el sudor frío sobre mi piel durante mucho tiempo, soy capaz de secarme las lágrimas a manotazos y saltar de la cama y descorrer las cortinas a tirones para mirar el mundo a plena luz, sin miedo, como un hombre.