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Totakoxe: los ojos de la muchedumbre giraron hacia ella, incluso los de Jaunsolo, y todos volvieron a recordar que tenían allí a quien los había precipitado al atolladero. Jaunsolo sintió que la responsabilidad que el pueblo le cargaba era como una masa de plomo que se le adhería a las ropas.

– Que alguien trepe a mi árbol a ver qué ve -dijo, ordenó Jaunsolo.

– Estaríamos en las mismas -saltó Ermo, los pies inquietos, como si quemase el Catafalco, recuperando la atención general-. Subir… ¿para qué? Querer ver al ángel… ¿para qué? Ya tenemos a alguien que lo ve: Totakoxe… ¿Y de qué sirve? Aunque muchos o todos de los aquí presentes lo viéramos, ¿de qué serviría? Totakoxe dice que lo ve, pero ¿quién la cree? Si cada uno de nosotros dijera que lo ve, los demás tampoco le creerían. Porque si no creen a Totakoxe, con el fervor con que jura que ve a su hijo, ¿cómo creerían a quienes ni siquiera son padres o madres de ese ángel? Para levantar una ermita no hace falta que el ser celestial sea visto por muchos, sino por uno solo: lo dicen esos predicadores. Una ermita es cosa buena -concluyó, perforando los ojos de Jaunsolo.

– ¿Cosa buena? -repitió Jaunsolo.

– Es un reclamo para la gente… Peregrinos, les llaman esos predicadores. Acuden como pajaritos al señuelo.

– A los vascos no nos gusta que nos visiten -mormojeó Jaunsolo.

– Sí, si nos vienen a dar.

– ¿A dar? -exclamó Jaunsolo, colgándose de la mirada incansable, demasiado apremiante y viva de Ermo: leyó en esos ojos una promesa tan cierta y atractiva que careció de voluntad para desviarse de la insondable ruta que le llevaba al precipicio; le vieron sudar copiosamente, aunque el día era fresco; pedir a sus escuderos un trapo para secarse el cuello y la cara; sin dejar de mirar a aquel maldito que ya se estaba rascando la cabeza, a sus ojos alucinados. Tuvo que ser él quien rompiera el trágico silencio expectante alrededor del roble con una propuesta-orden intermedia, en un furioso intento de pasar a cualquier otro, o a todo el pueblo, la maldita responsabilidad.-: Habrá que llamar a un entendido en apariciones, a uno de ellos, uno de sus jefes.

Partió un mensajero a caballo y, tres días después, regresó con el obispo de Iruña: tres días en los que el pueblo de Getxo no se movió del pie del roble; todo lo más, se relevaban los miembros de cada familia entre sí, manteniéndose así el número inicial de la muchedumbre, lo mismo que su angustia, su tensión y su miedo, pues Ermo se había apresurado a montar un buen servicio de txakolí, cobrándolo en moneda, y por primera vez los hombres dispusieron de una buena excusa ante sus mujeres para perder el tiempo en tertulia, y así estrenaron muy gustosamente la tertulia de la Campa del Roble, alrededor del Catafalco, anticipo de lo que con La Venta alcanzaría su sublimación.

La única que no admitió ningún relevo fue Totakoxe: no comió ni bebió en los tres días; sólo -y cada vez más espaciadamente- se alejaba tras unas zarzas a vaciar sus apremios. Sus desgarradas frases aludiendo al ángel que veía sonaron con una regularidad terrorífica.

El obispo de Iruña apareció sobre un caballo blanco, sin duda para impresionar de pureza a los paganos; su figurilla insignificante apenas se destacaba sobre la mole del percherón, pero en su mirada de santo se leía una indomable vocación de bautizar herejes; mostró una expresión de niño por encima de su barba poblada, un boscaje que ocultaba su tensa concentración interior: no quería desperdiciar la insólita oportunidad, llovida del cielo, de ganarse a aquella difícil gente de Getxo. «Ave María Purísima», pronunció. Jaunsolo le puso al corriente del ángel que sólo veía Totakoxe y el obispo realizó algo que no se les había ocurrido a los presentes: preguntó a la vidente dónde había enterrado a su hijo muerto. Y Totakoxe, llorando, se lo dijo: en el hayal de Uri. «Luego iremos a hacer algo por él, a acercarlo al Señor», dijo el obispo. Entonces descubrió el Catafalco. «¿Qué es esto?», preguntó. «Una cosa que se encontró en la playa», le respondieron. El obispo llegó hasta el Gran Bulto y lo tocó, «¿Cuándo?», preguntó. «Hace cuatro generaciones», le respondieron. «¿Tiene dueño?», preguntó. «Sí: Etxe o Larreko», le respondieron. «¿Los dos?» «No, uno de ellos.» «¿Cuál?» «Aún no lo sabemos.» «¿No lo sabéis después de un siglo?», exclamó el obispo. Permaneció con los ojos cerrados, pensando profundamente, cosa de media hora, y después se alejó del Objeto y se puso a dar vueltas alrededor del roble, mirando hacia arriba con ojos de experto. «Bien, bien», le oían murmurar. Ni Ermo ni Jaunsolo se despegaban de sus talones. «No hay duda», dijo finalmente el obispo, «los robles viejos son los árboles elegidos por las criaturas celestes para sus apariciones.» El señor de Getxo quiso saber si había visto ya realmente al ángel. «No, no importa. Eso queda para los puros», reveló el obispo. «¡Pero Totakoxe no es pura y lo ve!», exclamó el señor de Getxo. «Ella es más pura que todos nosotros, pues en el reino de Dios entran primero los arrepentidos.» Y, sin darle mayor importancia, como al desgaire, el obispo hundió un mimbre en un punto del suelo, añadiendo: «La ermita quedará muy bien aquí».