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– Solución para profesionales, no para civiles. El enemigo nos cortaría la retirada. Otearé el terreno -dice Román.

Abre la puerta y saca medio cuerpo.

– ¡Siempre vencerán a uno como tú esas potentes criaturas! -dice Fabi.

– ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! -dice Román.

Se olvida de la puerta abierta y se dirige a una pared y queda a un palmo de ella, mirándola, de espaldas a nosotros, quieto y en silencio. Luego regresa. Ni Aita ni ama se han movido ni dicho nada. Román coge el picaporte y abre del todo la puerta.

– Yo abriré la marcha -dice.

– ¡Vamos, todos! -dice Aita.

Tiene que empujar a las criadas hacia el pasillo.

– Y tú, Jaso, ¿qué haces? -dice Aita.

– Mi hijo sabe que es una señal más del Señor y quiere desvelar su mensaje. ¿Verdad que ya sabes, Jaso, quiénes son los culpables de los males contra nuestro pueblo que han provocado este castigo? -dice ama.

– ¡Despierta, Jaso, y corre! -dice Aita.

– ¡Seguidme a la carrera! -dice Román.

Todos le seguimos por el corredor hacia las escaleras. Las criadas corren gritando, Román se vuelve a ellas y les hace señas violentas para que se callen.

– ¡Maldita sea! -dice Román.

El trueno sobre nuestras cabezas lo tenemos de pronto a la espalda.

– ¡Maldita sea! ¡Han descubierto nuestra fuga y ahí las tenemos otra vez! -dice Román.

– Pero… ¿cómo?…, ¿cómo?… ¡Nunca lo comprenderé! ¡Las llamas eran vegetarianas hasta ahora! -dice Aita.

– Quizá nos creamos una cosa y seamos otra -dice Fabi.

¿Por qué hablan tanto con la muerte a un paso? ¿Será esto una pesadilla que nadie se toma en serio excepto yo? Alguien pisa al de delante los faldones del camisón y varios rodamos escaleras abajo. Y ahora ya hemos salido de la casa y estamos en el jardín, aunque no paramos de correr hasta los arbustos. Las fieras no nos han seguido, se han quedado en casa. Nos rodean los criados, todos igualmente en camisón. Salieron al jardín los primeros porque sus habitaciones están en el sótano. Siempre fue así; los criados duermen en el sótano y las criadas en el piso alto. El único que no está en camisón es Aita; estaba vestido y a punto de salir para su trabajo al llegar las fieras.

– ¿Se encuentran bien los señores marqueses? -dicen los criados.

– ¡Sí, pero no será por vuestra ayuda! -dice Aita.

– Fue todo tan rápido -dicen los criados.

– ¿Qué pasó?, ¿qué pasó? ¿Quién abrió las dos puertas, la del jardín y la de casa, para que entrara el maldito rebaño? -dice Aita.

Me llegan risas y carcajadas de algún sitio, y miro, y hay muchas personas al otro lado de las verjas de la puerta y otras subidas en la tapia, mirándonos. Se ríen de nuestros camisones.

– Pronto, tras los arbustos -dice Román.

– ¡Tener que esconderse de la gente en la propia casa de uno! -dice Aita.

– Han venido a comprobar que no somos dioses -dice Fabi.

– ¿Qué derecho tiene esa gentuza…? ¡Les arrojaré mis perros! -dice Aita.

Nuestros catorce deerhound ladran furiosamente en sus perreras. Huelen a las fieras. Llega el jardinero. Aita y él son los únicos que no están en camisón.

– Yo había abierto la puerta del jardín, señor marqués, para meter una carretilla de estiércol. El setter apareció de pronto y se me coló -dice el jardinero.

– ¿El setter? ¿Qué setter? -dice Aita.

– El suyo hasta hace poco, señor marqués -dice el jardinero.

– ¡El setter! ¡Maldito Ermo! ¿Quieres decir que el setter había elegido vivir en su antigua casa? -dice Aita.

– Bueno…, más o menos, señor marqués -dice el jardinero.

– ¡Habla más claro! -dice Aita.

– Que tenía que refugiarse en algún sitio y se metió aquí, señor marqués. Nunca he visto unos ojos más asustados -dice el jardinero.

– ¿Asustados? ¿De qué? -dice Aita.

– Le seguían -dice el jardinero.

– ¿Quién le seguía? -dice Aita.

– Los bichos -dice el jardinero.

– ¿Esas fieras tras un bocado tan pequeño? ¿Y dónde está ahora? -dice Aita.

– Dentro -dice el jardinero.

– ¿Dentro de mi casa? ¡Imposible! Le habríamos visto. ¿Le ha visto alguno de vosotros? ¿Por qué le seguían? ¡Es mi setter quien tenía que seguirles a ellas! Era un buen perro, alguien ha hecho de él una piltrafa -dice Aita.

Todos miramos a la maldita casa de enfrente, a su terraza, aún vacía por ser demasiado temprano. No está Ella riéndose de nuestros camisones. Pero nos estará vigilando oculta tras alguna cortina. Hace frío esta mañana. Me encojo dentro del camisón y veo que los demás también tienen frío. Bueno, la única que no ha mirado a la maldita casa es ama, sólo ha dicho: «Dios mío». El servicio se ha agrupado a varios pasos de nosotros, y Aita dice ahora:

– Pero ¿cómo entraron en mi casa?

El jardinero se encoge de hombros.

– ¿Quién les abrió la puerta? -dice Aita.

El jardinero se encoge de hombros y dice:

– El setter conocía el camino. Entró por alguna ventana medio abierta y luego entraron los bichos abriendo la puerta con sus cabezotas.

– Jaso, vete a ver si hay alguna ventana abierta -dice Aita.

– ¡No, que mi hijo no se acerque a esos monstruos! -dice ama.

– ¿Qué te pasa, Jaso?, ¿por qué no vas? Las bestias andan por los pisos altos…, ¿no las oyes? -dice Aita.

Va Román, caminando de puntillas, y sólo está unos segundos ante la fachada principal. Vuelve a la carrera.

– Sí, abierta una ventana. Reventada la cerradura -dice.

– ¡El setter entró por la ventana y las fieras por la puerta! ¡Saben para qué sirven las puertas de las casas! -dice Aita.

– ¡Las criaturas del Señor no necesitan llaves para cumplir Sus designios! -dice ama.

– ¡Son maravillosas! Estoy segura de que nos quieren decir algo y no sabemos qué -dice Fabi.

– Vamos a coger aquí una pulmonía -dice Román.

Hace una seña a los criados y se dirigen a las caballerizas y vuelven con mantas oscuras de los caballos, que reparten entre todos. Fabi ayuda a ama a echarse la suya por los hombros.

– Es terrible haber llegado a esto, pero, aunque soy inocente, aceptaré humildemente todas las humillaciones que me envíe el Señor -dice ama.

– ¿Por qué mi casa? -dice Aita.

Él y ama cruzan sus miradas.

– ¿Por qué nuestra casa? -dice Aita.

– ¿Por qué nuestra tierra? -dice ama.

– ¡Qué hermosas son sus cabezas! -dice Fabi.

Está mirando a dos fachadas de la casa y nosotros también miramos y allí están las fieras, asomándose por balcones y ventanas y desapareciendo para aparecer en otros huecos.

– Excelentes blancos -dice Román.

– ¡Ofrezco un lingote de plata a quien entre en la casa a por nuestros rifles! -dice Aita.

Lo ha dicho a voz en grito para que también lo oigan los de las tapias y la puerta de hierro. Nadie se mueve.

– ¡Un lingote de oro! -dice Aita.

Lo mismo.

– Los vascos no adoramos el becerro de oro -dice ama.

– ¡Mis rifles de Éibar, mis rifles de Éibar! -dice Aita.

Hace una seña a los criados y se le acercan dos y les ordena que preparen el birlocho y viajen a la fábrica de Éibar en busca de ocho rifles africanos. Y que luego vayan a Bilbao a cargar comida y una cocina de campaña.

– Y un depósito de agua, tiendas de lona y catres de hierro. Estamos sitiados, pero convenceremos a las fieras de que son ellas las que están en una trampa -dice Román.

– De momento, aquí estamos como fantoches sin casa -dice Fabi.

– Las abatiremos como a monigotes del pimpampum, ¿eh, Jaso? -dice Aita.

– ¡No quedará ni una! -digo.

– Nadie que humille a Camilo Baskardo sobrevivirá para contarlo -dice Aita.

– Pues yo no las odio… ¡Son tan maravillosamente distintas a cuanto he visto hasta hoy! -dice Fabi.