– Las guerras son las guerras -dice Román.
– Te viene ancha la única guerra que tenemos tú y yo en casa y te inventas otra -dice Fabi.
Román se retira unos pasos, pega su cara a los arbustos dándonos la espalda y dice:
– ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición!
– Fabi, no es el momento. Fabi… -dice Aita.
– ¡Observad qué fijamente nos miran! Si pudieran hablar nos comunicarían algo, estoy segura. Han roto los cristales de balcones y ventanas con sus magníficas cabezotas para que las veamos mejor y podamos leer en sus expresiones. Creo que soy yo la que más necesita conocer su mensaje. Como no éramos dignos de esa casa hemos sido desalojados de ella por esas criaturas que nunca engañarán a nadie. Nos miran desde su fascinante secreto. ¡Hablad, habladnos, habladme! -dice Fabi.
Camina hacia la casa. Román la alcanza y la trae de la mano.
– ¿Por qué me tocas? ¿Qué quieres demostrarles a ellas? -dice Fabi.
Román suelta la mano de Fabi.
– No dispondremos de nuestros rifles hasta primera hora de la tarde -dice Román.
Aita va hacia las caballerizas.
– ¡Aprisa, aprisa! -dice a los criados.
Suenan voces en las tapias: «¡Aquí llega el padre de los diablos!». Un carro se ha detenido al otro lado de la puerta de hierro. Es el mismo carro, el carro del carnicero Braulio, con la misma gente que el domingo, con el maldito bastardo. Aita se vuelve.
– Me va a oír el Saturnino -dice.
Camina hacia la puerta y yo le sigo. Se hace un gran silencio en las tapias. Aita llega ante el carro y yo detrás.
– Buenos días. Así que usted es Saturnino Altube, el dueño de esas fieras. ¡Buena la ha armado! -dice.
Saturnino Altube se había puesto en pie al acercarse Aita, y ahora abre la boca para hablar, pero no le salen las palabras. Aita hace una seña al jardinero, que anda por aquí, y el jardinero abre la puerta. Se hace mayor el silencio en las tapias. Es por la presencia del maldito bastardo en el carro que está a punto de entrar en el jardín de Camilo Baskardo. Aprieto los puños y miro al suelo a ver dónde hay buenas piedras para arrojárselas. Pero el maldito bastardo salta del carro antes de que se muevan las ruedas, y con él saltan dos perros, y los tres se alejan hacia la casa de enfrente. Todo sin que se oiga en el carro ni una sola voz. La espalda del maldito bastardo se está riendo de Aita, de nosotros, de mí. Lo mataré cualquier día, porque ahora ya soy un hombre. El cuerpo de Aita se ha quedado como un poste a partir del momento en que el maldito bastardo empezó a moverse para bajar del carro con los otros dos perros. Y de pronto veo en la terraza alta de la maldita casa de enfrente a Ella con los suyos, desayunando al primer sol de la mañana. Veo a Madia o Magda con sus hijos, a Roque Altube, pero no al Gordo, a quien nunca se le ve en esa terraza. Ella está de costado, fisgando de reojo cuanto pasa aquí abajo. Y cuando el carro se detiene en el jardín, veo que también han cruzado la puerta tres bultos, dos hombres cubiertos de pieles y un chaval. Saltan del carro don Estanis, Braulio Apraiz, Saturnino Altube y su sobrino Juan. Saturnino Altube mira hacia lo alto y manda un saludo con la mano a su otro sobrino, Roque, que se lo devuelve. Pero Juan Altube no hace ninguna seña a su hermano, ni le mira, y tampoco recibe de él ninguna seña ni mirada. ¿Quiénes son esos hombres con pieles y el chaval? ¿Qué hacen aquí? Aita los mira y se estará preguntando lo mismo. Aita y los demás se agrupan junto al gran macizo de geranios de la derecha, según se entra. Los dos hombres cubiertos de pieles suben al carro y se agachan sobre las dos fieras muertas que están en el fondo, una sobre la otra, y las tocan y parece que las acarician, todo en silencio. El chaval está junto a nosotros.
– ¡Hay que ser muy irresponsable para permitir que una manada de monstruos ponga en peligro vidas y haciendas de ciudadanos inocentes! -dice Aita.
– Ha sido un accidente…, se escaparon -dice Saturnino Altube.
– Camilo, me gustaría ir a darle los buenos días a Cristina, pero no sé si debo…, está en camisón -dice don Estanis.
– ¡Y se ha traído con usted un ejército de escopetas! -dice Aita.
– Yo no he empujado a nadie, los chicos han venido por su cuenta a ayudarme a cazar las llamas. ¡A mí no me hacía ninguna falta un rebaño de llamas! Me lo han enviado de Perú sin yo pedirlo -dice Saturnino Altube.
– Pues quien se lo ha enviado no le quería a usted muy bien -dice Aita.
– Estoy empezando a pensar lo mismo -dice Saturnino Altube.
– No haré valer mi derecho sobre esas bestias por tenerlas ahora en mis tierras -dice Aita.
– ¿Eh? -dice Saturnino Altube.
– Sólo me reservaré el derecho de cazarlas. Mi hijo tiene ilusión por acabar con todas con su rifle, ¿eh, Jaso? -dice Aita.
Saturnino Altube me mira de arriba abajo y dice:
– ¿Él solo?
– Habrá otros dos tiradores a su lado -dice Aita.
– Las pago a precio de vacuno -dijo Braulio Apraiz.
– ¿Y cuándo empiezan? -dice Saturnino Altube.
– A primera hora de la tarde, en cuanto lleguen los rifles de Éibar -dice Aita.
– Son muchas horas. A las llamas se les puede ocurrir darse otro paseo y sería una pena perder la oportunidad de liquidarlas ahí dentro. El pueblo las lleva sufriendo cuatro días y cuatro noches y estoy cansado de recibir reclamaciones por destrozos a los que habré de responder en metálico -dice Saturnino Altube.
Aita y Saturnino Altube se miran.
– Es una cuestión de honor -dice Aita.
– ¿Honor? -dice Saturnino Altube.
– Me han humillado y debo vengarme como un hombre. Las llamas son cosa mía. Nuestra -dice Aita.
Aita y Saturnino Altube se miran.
– Escuche ese terremoto que sale de mi casa. Ya no quedará mucho por destruir. Y alguien lo tendrá que pagar. Si usted me permite lavar mi honor, a mí se me olvidará cierta cuenta -dice Aita.
– Pero no seré responsable si salen los bichos y todas esas escopetas que nos rodean se ponen a disparar -dice Saturnino Altube.
– Sí, será responsable -dice Aita.
Nos llega la voz de ama: «Camilo». Aita dice: «Perdonen», y regresa a los arbustos, y yo detrás. «¿Qué estáis resolviendo? Debo saber lo que vais a decidir contra mi casa», dice ama. «Hay que acabar con esas fieras», dice Aita. «¿A tiros?», dice ama. «Tú me dirás», dice Aita. «¿A tiros de tanta escopeta como veo desde aquí? ¡Destrozarán el escudo de los Oiaindia de la fachada!», dice ama. Parece una gitana envuelta en esa manta de caballo. Es agradable que sufra su orgullo mostrándose así a medio pueblo. Mostrándose a Ella y al maldito bastardo. Aunque ni desde la terraza de la maldita casa podrá Ella verla a sus anchas, pues ama cuida de no perder la protección de los arbustos. Todo esto tiene que ser una pesadilla. ¿Se pueden tener pesadillas estando de pie? Ama dice a Aita: «Te lo prohíbo». Aita hace una seña a Román y regresa al grupo de Saturnino Altube, y Román le sigue, y yo también. Nuestros catorce deerhound no cesan de ladrar furiosamente en sus perreras, porque están oliendo a caza, y también a los caballos se les oye piafar, tan nerviosos como los criados que están tardando demasiado en enganchar dos al birlocho.
– Sí, y también será usted responsable de la destrucción de nuestro escudo de la fachada si esos bárbaros de las tapias se atreven a disparar contra la casa. Este punto tiene muy preocupada a mi esposa. Si hay que disparar, yo daré la orden…, mi permiso. Pero la familia sabrá resolver sola este conflicto. Mi yerno, el coronel Pérez de Angulema -dice Aita.
– ¿Cómo está Cristina?, ¿valiente? Siempre creí que al cielo se le habían acabado las plagas. Pero Dios nunca abandona del todo a su pueblo y ha metido a esos diablos en una trampa. ¡Vaya aventura que te ha caído del cielo!, ¿eh, Jaso? -dice don Estanis.
Don Estanis es coadjutor desde hace tres años y suele acompañar a don Eulogio del Pesebre a tomar chocolate en casa.