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– Cuando empieces a matar fieras con tu estupendo rifle ya dejarás alguna para mí, ¿eh, Jaso? ¡Qué gran ocasión te depara el Señor para que te reconcilies con tu madre! Mira a la pobre, igual que un judío en el Éxodo. ¿No te da pena? Ve a su lado y pídele perdón por estos tres años de hijo desnaturalizado -dice don Estanis.

Miro el carro.

– ¿Quiénes son ésos? -digo.

– No es justo que os reservéis las mejores piezas de caza que se hayan visto en Getxo en los tiempos contemporáneos, dejándonos a los pobres las avefrías y las palomas de paso -dice don Estanis.

– ¿Decía usted algo? -dice Aita.

– Es la más grande ocasión de caza que vieron los siglos -dice don Estanis.

– ¿Quiénes son? -dice Aita.

Yo lo había preguntado antes, pero Aita también está mirando a los del carro.

– Los Baskardo de Sugarkea, los herejes -dice don Estanis.

– Los Baskardo de Sugarkea. Sí, claro -dice Aita.

– Son nuestra otra peste. Pero a ésta no la podemos matar con escopetas -dice don Estanis.

– ¿Qué hacen aquí? -dice Aita.

– Lo de siempre en ellos: ir contracorriente. Si todo el pueblo caza a los diablos, pues ellos les ayudan a escapar. Hace sólo unas horas hemos tenido un encuentro en los bosques con esos diablos y los Baskardo y el crío que los acompaña y que no es Baskardo, y Efrén, perdón, ha perdido uno de sus perros ingleses y ha gritado a esos herejes: «Y ustedes, ¿con quién están?» -dice don Estanis.

– No vuelva usted a pronunciar ese nombre en mi presencia -dice Aita.

– No volverá a ocurrir -dice don Estanis.

– ¿Qué te parece, Jaso? No sólo son Baskardo, como nosotros, sino que… Debería de alegrarme de estar ante la raíz viviente de nuestro apellido, pero no me alegro -dice Aita.

– Viven a un tiro de piedra de la iglesia, pero nunca van a misa -dice don Estanis.

Los Baskardo, los Baskardo de Sugarkea. Martxel y yo los hemos visto alguna vez. Recuerdo que les teníamos miedo. Parece que Aita también les tiene miedo. Pero Martxel y yo les teníamos miedo de niños. Si ahora Martxel estuviese aquí no les tendría miedo. ¿Por qué les tiene miedo Aita, si Aita y Martxel son iguales? ¿Es que yo también he de tenerles miedo, como Aita, porque a lo mejor Martxel también les tendría miedo? Recuerdo que la ama de antes también les tenía miedo. Siguen acariciando con sus manazas a las dos llamas, colocando sus patas y sus cabezas en posiciones cómodas para evitar las esquinas de la báscula. ¿Nos miran? No, nunca nos miran. ¿Por qué? Parece que no nos tienen miedo. Estoy seguro de que no nos tienen miedo. Entonces, ¿por qué no nos miran?

– Nunca he sabido cómo son estos Baskardo, pero ahora creo que lo sé. Son como estas llamas. Pero ¿cómo son estas llamas? -dice Aita.

– ¿Eh? -dice don Estanis.

Aita se acerca al carro.

– Ustedes también son Baskardo, como yo -dice Aita.

Don Estanis llega a su lado y traduce al euskera para los Baskardo lo que ha dicho Aita. Y habla el más viejo de los Baskardo y don Estanis lo traduce al castellano:

– Dice que no, que eres tú el que también te llamas Baskardo… ¡Su lengua es difícil, es una lengua demasiado vieja, incluso para mí!

Aita se ha quedado mirando y los Baskardo se ponen de pie en el carro y ahora sí que nos miran. Son grandes y con largos pelos, y con las pieles parecen más grandes.

– El tiempo no existe. Uno crea riqueza y poder, piensa que está transformando el mundo, que se ha alejado definitivamente de los orígenes, y de pronto descubre que nada ha cambiado, que el tiempo no existe -dice Aita.

– ¡Vaya si existe! Ayer no había diablos en su casa -dice don Estanis.

– Escucha, Baskardo: te compro Sugarkea -dice Aita.

– ¿Comprar Sugarkea? -dice don Estanis.

– Dígaselo. Y que diga el precio. Todas las cosas tienen un precio -dice Aita.

– ¿Comprar Sugarkea? -dice Saturnino Altube.

Don Estanis habla en euskera a los Baskardo. Los Baskardo sólo hacen que mirar a Aita. Aita habla una y otra vez, ofrece cantidades de duros cada vez más altas y don Estanis las va traduciendo al euskera para los Baskardo. Pero los Baskardo sólo hacen que mirar a Aita. Hasta que a Aita se le va poniendo la cara roja y se ahoga al respirar y lo deja. Y de pronto habla el viejo Baskardo y habla también el chaval, traduciéndolo:

– Pregunta que a cómo sale cada muerto, los tuyos y los de él.

– ¿Eh? -dice Aita.

– Bueno…, resulta que bajo el piso de Sugarkea los Baskardo entierran a los suyos desde… desde… ¡desde que las gallinas ponen huevos! -dice Saturnino Altube.

– ¿De quién eres tú? -dice don Estanis.

– De Agustina, la de Etxabarri -dice el chaval.

– ¿Y qué haces por aquí en compañía de…? -dice don Estanis.

– Preferiría no haber tenido nunca tan cerca a esta gente de Sugarkea -dice Aita.

– Son como animales -dice Román.

– Sí, como las llamas -dice Aita.

– Si me los tropezara en un bosque los mataría tomándolos por fieras. ¿Por qué se puede matar a las llamas y no a los Baskardo? ¿Sólo porque hablan esa lengua que también parece de animales? -dice Román.

– A ti no te han hecho nada -dice Aita.

– No sé por qué los odio. Nada sabía de ellos, pero ahora los veo y los odio. Y a usted, ¿qué le han hecho? -dice Román.

– ¿Te parece poco que se llamen como yo? -dice Aita.

– Sé de muchos que darían un ojo de la cara por lucir un apellido tan viejo -dice don Estanis.

– Porque no los han visto de cerca -dice Aita.

– Son como animales -dice Román.

– Las llamas y los Baskardo, los Baskardo y las llamas… ¿Qué dice la Iglesia en casos así? -dice Aita.

– ¿Qué casos? -dice don Estanis.

– Y tú, Jaso, ¿qué piensas? -dice Aita.

– Estoy seguro de que Martxel mataría a las llamas y mataría a esos Baskardo -digo.

– ¡Por Dios!, ¿qué pimienta te ponen en la salsa últimamente? -dice don Estanis.

– En todo esto hay algo que no comprendo… Que Saturnino Altube nos confiese que sabía que iba a recibir ese rebaño -dice Aita.

– ¿Saberlo? ¡No, no! -dice Saturnino Altube.

– Quizá hubo un error, quizá iba destinado a otros -dice Aita.

– En las jaulas que trajo el barco había unas chapitas con estas palabras: «Saturnino Altube. Getxo». No hay duda -dice Saturnino Altube.

– Sin embargo, parece que el rebaño es cosa de ellos. ¿No pondría en las cajas «Baskardo de Sugarkea. Getxo»? -dice Aita.

– ¡Imposible! No leo como un marqués, pero sé leer mi nombre -dice Saturnino Altube.

– Tan animales son unos como otros -dice Román.

– Sin embargo, ellos defienden la vida de las llamas por sentirlas como hermanas, como de la familia… Entonces, ¿por qué ellos nunca se han puesto a defender la vida de todos los animales de Getxo que cazamos yo, tú, mi hijo y los otros cazadores? ¿Por qué este rebaño es diferente? -dice Aita.

– Nunca se habían visto llamas por aquí -dice Román.

– Es la más grande ocasión de caza que vieron los siglos -dice don Estanis.

– ¡Pero ellos hacen suyo ese rebaño, a pesar de no haber visto nunca animales semejantes! -dice Aita.

– ¿Por qué le da miedo a usted pronunciar «Baskardo» y «llamas»? -dice Román.

– ¿Me da miedo? ¡Necesito tener cuanto antes los rifles de Éibar! Creo que he estado demasiado cerca de los… Baskardo de Sugarkea, y no podré olvidarlos. Pero tú, pequeño, creo que no eres Baskardo… -dice Aita.

– Es el hijo de Agustina, la de Etxabarri -dice don Eulogio.

– ¿Cómo te llamas? -dice Aita.

– Manuel -dice el chaval.

– ¿Y qué haces con los… Baskardo de Sugarkea? -dice Aita.

– No sé -dice el chaval.

– ¿Qué tienes tú que ver con las… llamas? -dice Aita.

– No sé -dice el chaval.