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– ¿Por qué ayudas a los… Baskardo de Sugarkea a salvar la vida de las… llamas? -dice Aita.

– No sé -dice el chaval.

– ¡Aquí nadie sabe nada, nadie comprende nada, empezando por mí! -dice Aita.

– Manuel querrá decir que no sabe cómo decirlo, porque él sí que sabe algo -dice Román.

Los Baskardo del carro se han vuelto a agachar junto a las llamas muertas. Aita los mira y luego mira al chaval.

– ¿Por qué lloras? ¿Con qué derecho comprendes tú más que yo? -dice.

Aquí viene el birlocho con dos criados en el pescante.

– ¡No os paréis! ¡Derechos a Éibar! -dice Aita.

Los criados, que iban a detenerse ante Aita, fustigan a los caballos y salen a la carretera y desaparecen entre una nube de polvo. Aita se dirige a los arbustos, y Román le sigue, y yo también. Aita se vuelve un momento.

– ¡Que nadie dispare un solo tiro sin mi permiso! -dice.

– No va a ser fácil, Camilo. A todos nos arde la sangre de cazador. Pero yo vigilaré. Mis saludos a Cristina -dice don Estanis.

– ¡Nunca he visto animales con mirada tan inteligente! Siento que hemos empezado a entendernos ellos y yo. Les hago señas y me miran muy quietos desde las ventanas. ¡Qué nobles cabezas tienen! -dice Fabi.

– ¡Que alguien traiga de cualquier caserío algo para desayunar! -dice Aita.

Dos criadas se ponen en movimiento. Ahora se paran.

– No tenemos dinero -dice una.

– ¡No faltaba sino que los marqueses no tuvieran crédito ni en su propio pueblo! ¡Largo, imbéciles! -dice Aita.

– ¡Con qué belleza tan potente han tomado posesión de nuestra casa! Quizá tengan más derecho a ella que nosotros -dice Fabi.

– ¿Qué tonterías dices? ¿Te has vuelto loca? -dice Aita.

– ¡Las metió el maldito bastardo! -digo.

– ¿Queréis calmaros los dos? -dice Aita.

– He criado a unos hijos humanos, no como tú. Su resistencia tiene un límite, no como tú -dice ama.

– No agravemos más esta guerra -dice Román.

– Jaso sabe leer en el cielo los terribles avisos del Señor -dice ama.

– ¡Esto ha sido cosa del maldito bastardo! ¿No lo ves, Aita? ¡El setter! ¡Él lo puso ante las fieras sabiendo que le seguirían y que el perro se refugiaría en la que siempre fue su casa! ¡El maldito bastardo! ¡Le mataré! -digo.

– Cálmate, cálmate -dice Aita.

– No son fieras, sólo son potentes. Son hermosas. Las amo -dice Fabi.

Miro a todas partes menos a Fabi. Lo que está ocurriendo ha de ser una pesadilla. ¡Qué pena si yo matara al maldito bastardo con el rifle que me traerán de Éibar y luego resultara que todo fue una pesadilla! Fabi sale de los arbustos y echa a andar hacia la casa, pero Román la coge de la mano y la lleva junto a ama y ama la rodea con sus brazos y le dice: «Ven, tú siempre serás mi niña», y Fabi y Román se miran y Román se aleja de ellas y viene donde estamos Aita y yo, y dice: «Nunca había tenido tantas ganas de matar algo».

Ahora nos llegan de las tapias unos gritos de alerta, y broncas y chistes, y momentos después cruza el birlocho la puerta del jardín. Ya tenemos los rifles de Éibar por los que hemos esperado una larga mañana, y ahora verá esa gente que no nos quita ojo quiénes son los verdaderos cazadores de Getxo. Ya hace cuatro horas que hemos desayunado talo con chorizo, manzanas y castañas. Las fieras siguen machacando de arriba abajo el interior de la casa, aparecen sus cabezotas en ventanas y balcones, como preguntando al maldito bastardo: «¿Lo estamos haciendo bien?», y él estará arriba, en su terraza, riéndose, y llevo horas sin levantar la cabeza por no verle y echar a correr a matarle. Y estará Ella.

– ¡Los rifles, Aita! ¡Con cada tiro, una abajo! ¿Eh, Aita? -digo.

– Calma, calma -dice Román.

La gente de las tapias calla al coger y desenfundar Aita el primer rifle. Sus metales brillan como diamantes a los rayos del sol.

– Te lo cambio por una misa, señor marqués -dice don Estanis.

– ¿Qué dice usted? -dice Saturnino Altube.

– Con don Eulogio como testigo, te lo cambiaría por una misa -dice don Estanis.

Don Estanis se acerca y quiere coger el rifle, pero Aita lo aparta de él y se lo pasa a Román, y luego coge otro y lo desenfunda y me lo pasa a mí, y el tercero se lo queda él.

– Respondéis de los otros cinco con vuestras vidas -dice Aita a los criados.

Los dos criados del birlocho se apresuran a tapar el gran estuche de roble barnizado del que han sacado los tres rifles. Nos entregan las municiones. La gente de las tapias reanuda la algarabía cuando ama sale de los arbustos en camisón.

– Te librarás muy bien de disparar contra mi fachada -dice.

La gente se ríe más. Se ríe en venganza por no tener rifles como los nuestros. Se ríen de la bruja y es lo justo.

– No puedo dejar de hacerlo -dice Aita.

– ¡Mi escudo!"-dice ama.

– Somos excelentes tiradores. No le rozará ni una bala -dice Aita.

– ¡Prefiero mi escudo a mi casa! -dice ama.

– Hemos sido humillados… ¡Bah!, las mujeres nunca entenderán las razones de los hombres -dice Aita.

– No se preocupe usted, Cristina. Es la única estrategia posible, dadas las circunstancias. Todos los problemas se resuelven a tiros -dice Román.

Fabi se me acerca.

– Suelta esa arma. No hagas sufrir a nuestra madre -dice.

– ¿Sufrir? ¿Sufrir? ¿Sufrir? -digo. Y digo-: Martxel también dispararía.

– ¡No quiero ser de esta familia de asesinos! -dice Fabi.

– ¿Y cómo, si no, me voy a poner mis pantalones? -digo.

Ríe Román y me palmea la espalda.

– ¡El honor de un soldado es lo primero! -dice.

Llega corriendo el jardinero.

– ¡Señor marqués, señor marqués, quieren hablarle! -dice.

– ¿Quién quiere hablarme justamente ahora? -dice Aita.

– Unos del pueblo. Esperan su permiso para entrar. Es sobre las fieras -dice el jardinero.

Aita asiente con la cabeza. El jardinero se vuelve y hace una seña con la mano y entran en el jardín siete hombres jóvenes y vienen hacia nosotros saludando con voces y gestos a los de las tapias, que les responden igual. Creen estar viviendo una de sus tontas romerías. Cada uno trae su escopeta, su pobre escopeta.

– Esto no es ninguna fiesta -dice Aita.

Los siete se ponen serios de golpe.

– No, no es ninguna fiesta -dice el más fuerte, que es rubio, aguantando la risa.

– ¡Buena zambra os traéis desde el domingo! -dice Saturnino Altube.

Los siete vuelven a soltar la risa hasta que Aita les habla.

– Escucho -dice Aita.

– Entramos por sorpresa en la casa y las echamos fuera y ustedes acaban con ellas en el jardín y dejan algunas para ésos -dice el rubio fuerte.

– Es una estrategia de niños. Las guerras no son tan simples -dice Román.

– Es una chapuza. Un buen cazador no tira al bulto del rebaño sino pieza a pieza y entre los ojos -dice Aita.

La bruja agarra el brazo de Román.

– ¡Que las saquen de ahí como sea! -dice.

Se miran Aita y Román. ¿Por qué no me miran a mí?

– ¡Si no entran ellos, entraré yo a sacarlas! -dice la bruja.

Don Estanis se adelanta.

– Que entren. Es lo más justo para todos -dice.

– Esto ocurre en mi casa y soy responsable de las consecuencias, pero las fieras son de Saturnino Altube y él es el gran responsable… ¿Deben entrar o no esos locos? -dice Aita.

– Que el diablo se los lleve -dice Saturnino Altube.

Don Estanis corre al carro y vuelve con su escopeta. Saturnino Altube y su sobrino Juan hacen lo mismo. Braulio Apraiz mira como tonto a unos y a otros. El gentío de las tapias saca bien a la vista sus escopetas que hasta ahora tuvieron medio escondidas. Román empuja a Fabi y a la servidumbre y a la bruja al mismo rincón entre arbustos, y allí los deja y regresa y empieza a situarnos a Aita y a mí y a don Estanis y a Saturnino Altube y a su sobrino Juan en puntos estratégicos del jardín, agachados y ocultos, atentos a la salida de las fieras por la puerta. Los siete locos echan a andar hacia la casa. Aita ya no ha tenido que hablar para que dejen de reír. Amartillan sus escopetas y las levantan y en las tapias estalla más algarabía y, de pronto, se paran los siete, porque ha dejado de oírse el estruendo de las fieras dentro de la casa. Nadie respira tampoco en las tapias. El rubio fuerte y los otros seis vuelven las caras para mirarnos. «Hasta ahora no se han dado cuenta de dónde se metían», dice Aita. Con el brazo les indica que sigan. Uno de los de la carretera coge el pellejo de vino que los siete dejaron a la puerta al llegar y se lo lleva y los siete beben varias rondas. Sus miradas recorren el jardín y las tapias: si medio pueblo no estuviera pendiente de ellos darían la vuelta ahora mismo. Continúan hacia la casa. «¿Por qué se han quedado quietas las fieras?», digo. «Están esperando una visita», dice Aita. Y dice: «Esto tampoco lo hacen nuestras fieras de África». El rubio fuerte lanza un grito y echa a correr, y los seis lanzan gritos y echan a correr. El rubio fuerte empieza a disparar su escopeta, y los seis empiezan a disparar las suyas. Y así, disparando, desaparecen dentro de la casa. Durante un rato se sigue oyendo su estruendo de gritos y disparos. «Es una chapuza, pero la están desarrollando bien», dice Román. «Espero que dejen para nosotros alguna presa…», dice Aita. «No te preocupes, Aita, no tienen nuestros rifles», digo. Y todo vuelve a quedar en silencio. Sólo que ahora con los siete dentro. Silencio. ¿Qué pasa allí? Miro a Aita, a Román, a Saturnino Altube, a su sobrino Juan, a don Estanis, y sus caras no me dicen nada. Silencio. Vuelven los gritos de los siete, pero ahora son gritos de pánico. Las fieras lanzan rugidos en forma de ladridos y vemos cruzar ante ventanas y balcones a los siete perseguidos por las fieras. «¡Dios mío, se los van a comer!», se oyen gritos de mujer en la carretera. «¡Qué lección de poderío nos están dando! ¡Quiero que sepan que soy su amiga!», dice Fabi. Román levanta la cabeza por encima de los arbustos para ver si Fabi corre hacia la casa, pero no la veo: sin duda, la bruja la retiene a su lado.