Y empiezan a aparecer los siete saltando al jardín desde todos los huecos de la fachada. Gritan como niños asustados. A uno le han arrancado el cuero cabelludo; a otro, una mano. Los dos chorrean sangre como cerdos por San Martín. Y ellos y los demás con las ropas destrozadas. «Dios mío», dice Saturnino Altube. Cuando alcanzan la puerta del jardín y la carretera, se oye: «¡No ha salido el hijo de Camisón!». Sí, taita el rubio. «Ya tenemos al cura, sólo falta el médico, que alguien vaya a llamarlo», dice Saturnino Altube. «¡Ahí sacan las fieras a Camisón!», dice Juan. Sí, dos fieras arrastran al Camisón hasta la puerta de la casa, lo zarandean y lo dejan tirado como un trapo. «Estos bichos piensan», dice Aita. «¡Magnífico! ¡Magnífico!», dice Fabi. El Camisón no está muerto: se pone en pie, se tambalea, mira a su alrededor, gime y echa a correr por el jardín llamando a gritos a su madre: «¡Ama, ama, ama!». La gente de las tapias abandona las alturas y enseguida la puerta del jardín queda atascada y surge un griterío de odio: «¡Muerte a esos bichos! ¡Nosotros nos encargaremos de ellos! ¡Nos los comeremos! ¡Verán quiénes somos los de Getxo!». Aita y Román se dirigen a la puerta del jardín y yo les sigo. Aita levanta los brazos. «¡Quietos!», dice. «¡Este asunto es ahora de todo el pueblo!», dice la gente. «¡Este asunto lo llevaré a mi modo! No perdamos la cabeza. Ya veis en qué desastre ha acabado la intervención de atrevidos inexpertos. Nosotros sabemos cómo tratar a esas fieras», dice Aita. «¡Eran nuestros amigos y nos corresponde…!», dicen ellos. «Esto es cosa de profesionales», dice Román.
Aita y Román acarician sus rifles y yo también acaricio el mío. Los ojos de toda la gente se clavan en nuestros rifles, también en el mío. ¡Qué no daría cada uno de ellos por ser el gran Josafat de este momento! «Vamos», dice Aita, y él y Román van hacia la casa y toman posiciones a quince metros de la fachada, entre arbustos. «¿Qué haces ahí, Jaso?», dice Aita. «¡Mataré más fieras que vosotros dos juntos!», digo. «¡Retírate, imbécil!», dice Aita. «Esta vez está en juego el nombre de la familia. Quédate a un lado, observándonos, sin disparar», dice Román. «¿Por qué? Ya no me da miedo disparar», digo. Aita ni siquiera me mira. Llegan don Estanis y Saturnino Altube. «Conozco esos cacharros, he disparado con ellos», dice don Estanis. «Yo también los conozco. En América solían traernos algunos del norte», dice Saturnino Altube. «Seguro que no eran como éstos. Nadie, excepto la familia, ha disparado nunca armas semejantes», dice Aita. «Puede que tengas razón, Camilo. Escucha: soy cazador de toda la vida y en el birlocho han quedado…», dice don Estanis. Llega un criado de los arbustos y dice a Aita algo a la oreja. Aita mira a don Estanis. «Mi esposa me recuerda el escudo de la fachada y yo sólo puedo responder de mi yerno y de mí mismo. Compréndalo», dice Aita. Don Estanis se encoge de hombros. Luego mira hacia los arbustos. «Usted, tranquila, señora marquesa. Dios está con nosotros», dice. Se pone al costado de Aita. «¿Lo has oído, Camilo? Dios está con nosotros. Te lo suplico: un rifle de esos que…», dice don Estanis. «Mi yerno es un profesional de las armas y yo también. Usted sólo sabe matar pajaritos», dice Aita. «No es justo», dice don Estanis. «Apártese un poco», dice Aita, y toma posición y dispara, y al punto dispara Román, y primero se ve caer una fiera detrás de una ventana, y luego otra. La gente de la carretera grita de entusiasmo. Sí, será fácil matar al bastardo. Aquí tengo el rifle cargado, esperándole. Desobedecería a Aita si la terraza de Ella estuviera en el tejado de nuestra casa y yo sólo tuviera que alzar la mira de mi rifle hasta encontrar al bastardo y dispararle como se dispara a una fiera. Pero lo tengo a mi espalda, vigilándonos desde su terraza, no hay duda, y hoy la suerte también le acompaña.
Es de noche. Aita y Román han disparado toda la tarde a tiro seguro. El gentío de la carretera les pedía que› dispararan más, que mataran más fieras, todas las abatidas les parecían pocas, pero Aita marcó a Román el ritmo y no fallaron un solo disparo, ha sido una exhibición de la familia. El gentío quiso entrar en la casa para retirar las piezas muertas, pero Aita les dijo: «¿Queréis que os destrocen como a…? Aún quedan vivas la mitad». Saturnino Altube dijo al carnicero Braulio Apraiz: «Mañana las sacamos, las pesamos y me las pagas a tanto el kilo».
Ahora la gente está en la carretera asando en grandes hogueras las dos fieras que vinieron en el carro. Cantan y beben como energúmenos. Todo esto no había ocurrido nunca. Creería que estoy soñando si no fuera porque las balas que guardo en mi rifle para el bastardo no son ningún sueño. Me acerco a la casa y creo ver en la oscuridad que Fabi hace lo mismo. «Fabi», la llamo. Nada. «Fabi», la llamo. Nada. Me acerco más a ella y resulta que también me acerco a la casa, porque Fabi está yendo hacia la casa. «Fabi», la llamo. Su figura negra sube las escaleras del porche. «¡Amigos, amigos!», dice. Sí, es Fabi. «Fabi», digo. La manta cae de sus hombros. «Fabi», digo. Ahora el camisón queda enrollado a sus pies. «Fabi», digo. Entra desnuda en la casa. «¡Amigos, amigos!», dice. Veo las sombras de las fieras acercándosele a olfatearla. Fabi mueve las manos a un lado y a otro para acariciarlas. «Os quiero, os quiero», dice. Fabi y las fieras desaparecen en las profundidades negras de la casa. Esto no puede estar ocurriendo. Debo salvar a Fabi. Está en medio de las fieras. Debo salvar a Fabi. «¡Fabi! ¡Fabi!», digo. Mis pies no se mueven. Hay en el interior de la casa tal silencio que no le puede estar ocurriendo nada malo a Fabi. «¡Fabi! ¡Fabi!», digo. Lo mejor para Fabi es que las fieras no hagan ningún ruido a su alrededor. «¡Fabi! ¡Fabi!», digo. Mientras las fieras no hagan ningún ruido alrededor de Fabi… «¡Fabi, si me dices en qué parte de la casa estás, entraré a salvarte con mi rifle!», digo.