– ¡Más fuerte, imbécil! -dice el maldito bastardo.
Su carne quema y suena a metal. Jamás la olvidaré mientras viva. Supe de siempre que jamás la olvidaría mientras viviera. Ahora mis puños se cierran y van otra vez al encuentro de esa carne. Me doy cuenta de que he de avanzar para que mis puños al bajar encuentren esa carne, de modo que… ¡está retrocediendo! Ahora nos agarramos y rodamos por el suelo.
– ¡Te lo contaré, Martxel! -digo.
Al fin sé lo que hace la gente que nos mira de lejos: está apostando.
Asier Altube
Por muchos esfuerzos que hizo Camilo Baskardo (en 1910 aún era Baskardo con k) por encubrir la realidad, ni él pudo evitar que un acontecimiento tan sonado como el encallamiento de un barco en Punta Galea dejara de registrarse entre nosotros en lugar preferente. Y más tratándose de un barco de la Naviera Cantábrica. Y no de cualquier barco de esa compañía sino del César, el de mayor tonelaje y, sobre todo, el que Camilo había regalado a su hijo Josafat por su cumpleaños un año antes. Por no mencionar que lo capitaneaba el propio Josafat. Demasiadas circunstancias reunidas en un solo episodio como para que el pueblo lo pasara por alto.
Ocurrió en junio, una madrugada con fuerte viento, mar rizada y niebla transparente, de regreso con carbón de un viaje a Inglaterra llevando mineral de hierro. Se supo que Josafat había montado un buen drama una singladura antes de avistar El Abra. Sostenía discusiones casi diarias en el puente con el primer oficial por cuestiones de rumbo. Todos en el César sabían por qué el primer oficial se atrevía a enfrentarse e, incluso, salir airoso en todas las disputas: el marqués le había nombrado algo así como tutor marítimo de su hijo, con plenos poderes para dirigir el barco por encima de las ineptitudes del capitán pelele. En los dos anteriores regresos a Bilbao -Josafat había recibido su bautismo de mar en marzo, que fue, al mismo tiempo, su bautismo como capitán; es decir, no cumplió los preceptivos viajes de prácticas como agregado, primero, ni como primer oficial, después: su padre movió hilos para que los de la Escuela de Náutica le eximieran de ellos, y, en cuanto a los exámenes de los textos, los catedráticos fueron también en exceso benévolos; lo que Camilo no consiguió es que pasara con sobresaliente. Comentaba don Manuel que, en el fondo, estaba Cristina, la necesidad del esposo de mostrar a la madre un hijo viril, modelado por él a su imagen y semejanza-, Josafat tampoco se había salido con la suya en su propósito de empuñar él mismo el timón para entrar en el puerto, por habérselo impedido el primer oficial con la ayuda del segundo y del telegrafista, que lo sacaron del puente y cerraron la puerta.
Al conocer Camilo Baskardo lo sucedido, se encogió de hombros y dijo al primer oficiaclass="underline" «Para cosas así le pago a usted el sueldo de capitán». En el tercer viaje, ellos quedaron fuera del puente y Josafat dentro, pues en la víspera de aquella madrugada Josafat irrumpió en el puente con su rifle y ordenó salir a todos. Le advirtieron en los ojos una debilidad tan enloquecida que no se atrevieron a llevarle la contraria. Los sacó a punta de cañón y echó el pestillo por dentro. Se aferró a la rueda del timón y dirigió el barco durante aquella singladura hasta la madrugada. «La proa se le iba a babor y a estribor como una veleta», contaría el primer oficial, «y habríamos necesitado una mar diez veces más ancha para estar tranquilos. Tardó el triple en recorrer aquellas ochenta millas.» Una vez que la versión del primer oficial hubo transitado por tertulias, mostradores y cocinas, y finalmente desinflada y más próxima a la realidad, lo que quedó fue lo siguiente: media tripulación pegó su nariz a los cristales del puente por ver al loco timonear sin soltar su rifle, más alarmados a medida que se acercaban a puerto. Pensaron en romper el cristal de la puerta, meter la mano y descorrer el pestillo, pero no se atrevieron, convencidos de que al loco le daría tiempo de disparar contra ellos; la duda no era si dispararía o no, sino cuántas veces lo podría hacer antes de ser reducido. «Tendrá que ordenar parar para que suba el práctico», dijo el calderetero. «Suponiendo que recuerde cómo se hace», dijo el primer oficial. «Y si sube el práctico, querrá entrar en el puente y él tendrá que abrirle», dijo el calderetero. «No sé por qué le va a abrir a él si no nos abre a nosotros», dijo el telegrafista. El primer oficial habría dado orden de parar las máquinas, pero el peligro de ser arrastrados por el viento contra la costa habría sido mayor.
Alcanzaron la frontera de El Abra bajo esa niebla diáfana que permitía ver los destellos del faro de La Galea, aunque no la costa. Josafat enfiló el barco hacia la luz. «¿Qué hace usted?», le gritó el primer oficial. «Para pasar por entre los morros he de localizar primero la luz del segundo morro», dijo Josafat. «¡Esa luz no es de ningún morro sino del faro de La Galea!», gritó el primer oficial. Lo de menos fue que Josafat creyera que la luz de uno de los morros de entrada al puerto quedaba por la proa, pues muchos de Getxo sostendrían que no fue su propio criterio sino los gritos del primer oficial los que endurecieron su postura. Cuando surgió el acantilado al otro lado de la niebla, la tripulación empezó a romper los cristales, pero Josafat disparó por dos veces por encima de las cabezas, aunque algunos asegurarían siempre que tiró a matar. «¡Todo a babor!», gritó el primer oficial. Y la tripulación: «¡Todo a babor!». El encallamiento resultaba inaudito: la mar, el tiempo eran casi mediterráneos y el barco no iba averiado. «Naturalmente, el hijo del jefe viró a estribor», contaría el primer oficial. No lo podían creer, parecía un juego sólo un poco pesado, sin consecuencias. El encuentro del casco y las peñas no fue realmente un choque. Para entonces, el primer oficial ya había parado las máquinas. El barco quedó oscilando y sin una sola vía de agua. «Ese txirulo sabe hacer las cosas», dijo Cirilo Sarria, el engrasador. Alrededor del puente se encontraba ya toda la tripulación, contemplando a Josafat para ver su cara tras el desaguisado. Le vieron empinarse para mejor mirar hacia proa, por encima de la rueda del timón, levantar las cejas sin excesivo asombro, colgarse el rifle del hombro, sacudirse una mano contra la otra y dirigirse a la puerta. Corrió el pestillo y salió. No miró a nadie, suponiendo que les viera. «¿Le parece bonito lo que ha hecho? ¿Qué dirá su padre?», le preguntó el primer oficial. «Llevo toda la vida en barcos y nunca había visto un encallamiento tan chulo. ¡Sin tempestad, sin viento y con los ángeles dándose un baño en la piscina!», dijo el calderetero. «El barco es mío, ¿no?», dijo Josafat, pasando de largo. Solía decir don Manuel que, a veces, el destino nos ayuda corriendo el velo del olvido sobre hechos que es mejor olvidar. «¿Quién podría sospechar hoy que la genealogía de Camilo Baskardo hunde sus raíces en Sugarkea? ¿No es de agradecer que lo hayamos olvidado?», decía. Dábamos por sentado que ningún viejo techo podía competir con Sugarkea como solar del apellido -nombre, en el lejano Principio- Baskardo, de todos los Baskardo que circulaban por ahí. Había en Getxo y otros municipios casas antiquísimas levantadas por sangre de Baskardo, y de no existir Sugarkea, entre ellas se disputarían el ser la originaria de la estirpe. Todas fueron construidas por líneas colaterales de la familia, parientes desgajados del tronco central («cuenta la leyenda», decía don Manuel, «que por falta de espacio en Sugarkea, aunque habría algo más: un desacuerdo con la filosofía que imperaba bajo aquel techo, una rebelión contra aquellas leyes del Principio, con mayúscula, que padres, abuelos, bisabuelos y más -allí era raro que no murieran centenarios- defendían, irreductibles… Supongo que en Sugarkea no siempre se quedaría el primogénito, el mayorazgo: no seré yo quien atribuya a la irreductibilidad de esos Baskardo un proceso milenario tan perfecto. A veces el testigo de la irreductibilidad sería recogido por el segundo, el tercero, el séptimo hijo, abandonando los demás paulatinamente el nido, el agujero, el chamizo, el cobertizo, el caserío, el fuego… Pero tampoco quiero imaginar que habría un predestinado, o un hijo más dócil que, sencillamente, aceptara sumisamente aquella dura tradición -a los vascos que hoy reclaman honestamente tradición, yo les diría: "¿Queréis tradición? Ahí la tenéis, la de esa gente de Sugarkea, mantenida intacta desde los Orígenes, con mayúscula, y con la que nada tiene que ver la bastarda tradición que reclamáis hoy. No os conforméis con menos"- porque aquella filosofía estaba en la casa, ni siquiera en la sangre: era la casa. De modo que bastaría una casualidad, un descuido…, un hijo que se adelanta a sus hermanos en tomar mujer y la lleva a Sugarkea porque en la vivienda de ella hay goteras, o carece de medios para levantar una nueva; o todos los hijos, menos uno, tomando mujer y marchándose, quedando ese uno; o hijos aventureros o insanamente ambiciosos alistándose en guerras extrañas, o, ya en la actualidad, metiéndose a conquistar América… Ese uno miraría a su alrededor, suspiraría, se encogería de hombros y se diría: "Bueno, pues aquí", y no sólo quedaba para la casa sino poseído pronto y definitivamente por ella, hasta acabar siendo Sugarkea») para tomar su propio rumbo.