La casa solar -por llamarla de algún modo- de Camilo Baskardo está en el Duranguesado y data del siglo XVII: no es más que un pobre caserío en cuya fachada Camilo se precipitó a colgar una placa de piedra con el escudo labrado de la familia. ¿Quién carece de genealogía? Todo nacido la tiene. Sólo hay que preocuparse de rastrearla y ennoblecerla con alguna hazaña, por ejemplo, una carnicería entre parientes, o un solo crimen, si no hay otra cosa a mano. Esto ocurrió al iniciar Camilo su gran andadura aportando capital a la siderurgia que ya funcionaba en las proximidades de Bilbao, la fábrica Virgen de Begoña, propiedad de algunos apellidos que empezaban a ser míticos. Fue su primer contacto con la gran burguesía bilbaína. De bien poco le sirvió el oportunista escudo nobiliario: era un socio, pero no un igual. Pretendió, inútilmente, casarse con una hija de cualquiera de aquellos grandes. «¿Por qué no?», se preguntaría. Había heredado de su padre importantes bienes, tierras, minas y ferrerías. Era uno de ellos, un hombre del hierro, como denominaba don Manuel a la nueva raza surgida de entre nosotros mismos. Dejó, por fin, de ser un advenedizo al matrimoniar con la nobiliaria Oiaindia, Cristina.
Camilo había llegado incluso a restregar en las narices de aquellos grandes apellidos Baskardo, no el de su casa del Duranguesado sino el de Sugarkea, a ver si se consolaban de antigüedad. Aquel habitáculo no ocupaba ni el más mínimo espacio en la memoria colectiva de Getxo. Habría que preguntarse cómo pudo recordar Camilo su existencia, o más bien cómo pudo saber que existía. «Ocurriría como en esa parte de la leyenda que dice que a lo largo de la historia los vascos siempre acudieron a los de Sugarkea en los momentos graves», decía don Manuel. Y añadía: «Para entender esto hay que conocerles, saber cómo son o, al menos, creer saber cómo son y lo que defienden. Y nadie lo sabe. Es decir, todos lo saben y su conciencia les ordena olvidarlo. Yo lo supe en 1907, cuando tu tío Saturnino recibió del Perú aquel rebaño de veintiocho llamas y Getxo se alzó en armas contra ellas. No pudo hacer otra cosa para ser coherente. Fue el macho quien me hizo saber cómo era aquella gente de Sugarkea. O al revés: fueron aquellos Baskardo los que me descubrieron el mensaje que nos traían el macho y su rebaño. Yo tenía catorce años… Lo supe, lo sé desde entonces, pero ¿qué he hecho?, ¿qué sigo haciendo? Supongo que ahora yo también las destruiría».
– No -le dije-. Usted es especialista en sostener hasta el delirio que las personas se estancan en una determinada edad. Usted sigue teniendo aquellos catorce años. No las mataría.
– ¿De qué me sirve tenerlos? Nunca podré abandonar la… la…
– La fe -dije.
– ¿Eh?… Bueno… Fe… Fe en mi pueblo…, aunque ya nada tengamos que ver con aquellos vascos que…, ¡Dios mío!, ¿por qué vascos?, ¿por qué no, simplemente, hombres? ¿Fueron los Baskardo de Sugarkea, a pesar de todo, vascos alguna vez?, ¿o sólo vascos?, ¿o menos vascos que otra cosa?, ¿o más vascos que otra cosa?… El mensaje que nos trajo aquel rebaño de llamas estaba por encima de estas menudencias. El macho no me eligió porque yo era un vasco de catorce años, sino un hombre de catorce años… Pero ¿es preciso mencionar estas evidencias? -dijo don Manuel.
– Sí, es preciso -dije-. Es preciso mencionarlas.
– Claro, claro…
– Es preciso mencionarlas.
– Hasta a nosotros mismos nos resulta difícil entendernos.
– Es preciso mencionar esas evidencias.
– Sí, es preciso, maldita sea -suspiró don Manuel.
Camilo Baskardo, pues, procedía de Sugarkea y es lo que convenía olvidar. No importaba en qué siglo la nueva línea bastarda abandonó el techo irreductible, no para inaugurar una línea más de las bastardas, sino quizá la más bastarda de todas. Porque no cabe imaginar un precedente más redondo de la culminación de la maldita era del hierro que las ferrerías que brotaron de las colinas a modo de excrecencias del subsuelo. Un ascendiente de Camilo montó una que heredó su sucesor, y éste se hizo con otra, pasando luego las dos a sus herederos, y cuando le tocó a Camilo el turno de heredar recibió ya siete, según parece. Y sobre todo heredó una tradición y un orgullo, lo que don Manuel llegó a denominar la roja peste metálica. A Camilo le iba a corresponder ser el eslabón entre la vieja fabricación del hierro y la nueva, aquellos hornos de la fábrica Virgen de Begoña, arranque del despegue industrial que estremeció a la provincia y en el que Camilo se constituyó en una de sus cabezas. El calificativo de chatarreros con que finalmente se conoció a aquellos desaforados fenicios lo inventó, posiblemente, don Manuel, y pronunciado por él no encerraba nada despectivo: pienso que nadie con más razones para aunar desgarro e ironía, por no hablar de precisión lingüística. Los principales méritos para ganarse ese título los sumaron en la época en que, a algunos de ellos, les dio por meterse a navieros y adquirieron a precio de chatarra viejos barcos que aún se mantenían a flote. Esta nueva y precipitada -todo el proceso industrial fue demasiado precipitado, algo así como una guerra ciega que había que ganar pronto y a costa de lo que fuera- creación de tinglados para la obtención de más y más beneficios se produjo a primeros de siglo, en los años jóvenes de don Manuel, en su época de descubrimiento y fijación e incluso toma de conciencia de lo que todo aquello estaba significando, pues también coincidió por entonces el episodio revelador de las llamas. Una de las nuevas navieras fue la Naviera Cantábrica, de Camilo Baskardo, que bautizó a sus barcos con nombres de personajes históricos que ostentaron gran poder: Napoleón, Alejandro Magno, Nerón, César… El César no era el mejor barco de la compañía, sólo el mayor, y fue el regalo de Camilo a su hijo Josafat por su vigesimoquinto cumpleaños, en 1907.
Decía don Manuel que la coincidencia era demasiado ostensible como para no pensar que se trató de un reconocimiento de su auténtica mayoría de edad, pues Josafat nació en agosto y dos meses antes del regalo había tenido lugar su esperado duelo con Efrén, el primero de los trece que seguirían -uno por verano- hasta 1919, es decir, hasta que Ella abandonó su amazacotada casona de Getxo y se trasladó, con todos los suyos, al Palacio Galeón, sin estrenar, de Camilo, y la paz volvió al cruce de Laparkobaso y cesó el lanzamiento de piedras de una casa a otra por parte de Ella todos los 25 de diciembre -aniversario de la procreación de Efrén, según las cuentas que sacaba el pueblo- y las amenazas de muerte proferidas, también de casa a casa, por Josafat a partir de 1904, meses después de la partida de Moisés a Ceilán.