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»Llegó a resultar humillante aquel desprecio por mi ignorancia de lo que realmente la atormentaba. Sin embargo, Cristina no me había elegido sólo como oyente, quería mi opinión. La necesitaba. Me removí en mi asiento al empezar a sospechar que no era ella sino yo quien estaba haciendo difícil la entrevista por empeñarme en calificarla de insólita cuando quizá no lo fuera, pues ella daba por supuesto que nadie necesitaba de una aclaración sobre algo tan evidente, y menos uno de Getxo. Y entonces empecé a ver.

»- ¿Cuánto tiempo hace que no veía Sugarkea? ¿Lo ha visto siquiera hace un momento? No ha desviado su mirada -dije.

»- ¿Por qué me lo pregunta? -dijo Cristina.

»-En realidad, me lo preguntaba a mí mismo.

»-Prefiero no recordar a ningún Baskardo. Mi marido lo es.

»-Al menos, Camilo Baskardo no le ha hecho olvidar que procede de Sugarkea.

»- ¿Piensa el apellido con k? Ahora es con c, lo que ya es algo. Camilo Bascardo, sin k. Se la quitó él mismo en 1919, pero tenía que haberlo hecho mucho antes.

»-Usted no tiene ese problema, no tiene k en su apellido -dije.

»Por primera vez, volvió del todo hacia mí su rostro largo y blanco, y su expresión era de terror.

»-Piensa que pude haber evitado el hacerlo -dijo-. Lo piensa, ¿verdad?

»-El pasado de todos nosotros está lleno de profanaciones -dije.

»-Yo no hablo de los hombres sino de los vascos -dijo Cristina.

»-Piensa vascos con k de Baskardo, con k de Sugarkea.

»-Sí -dijo Cristina.

»-Sin embargo, lo hizo, tuvo que hacerlo. Lo hizo.

»Ya estábamos hablando el mismo lenguaje, utilizando los mismos despreciables códigos. Cristina y yo flotábamos entonces en una misma atmósfera y resultaba intrascendente que yo aún siguiera ignorando qué pecado concreto, de entre los infinitos que compartíamos ella y yo, le había traído a mí.

»-Era la única solución para que el futuro de los vascos no lo siguieran tejiendo ellos. He tenido la desgracia de vivir la industrialización desde una posición de poder que me cargaba de responsabilidades. Tuve que hacerlo -dijo Cristina.

»-Claro, la industrialización. De modo que era eso -dije. Y añadí-: Y, ahora, ¿qué espera?, ¿qué le entregue las palabras que le permitan dormir de noche?

»- ¡Y en qué circunstancias…! Sola… Sin Martxel ni Jaso… Y siendo mujer… Pero lo hice, porque tuve que hacerlo -dijo Cristina.

»- ¿Tuvo que hacerlo?

»-Y debiendo apoyarme en el único miembro de la familia que no era vasco, mi yerno. Se lo expliqué durante años a mis hijos, pero no me entendieron.

»-Ellos, pues, han quedado como los únicos limpios.

»Alcanzamos el faro en completo silencio. Cristina había acudido a mí para que la justificara, pero me negué a caer en la trampa común. Compartíamos tantos pecados que ella y yo seguíamos siendo una misma cosa, a pesar de que en la maldita industrialización ella fuera la activa y yo el pasivo.

»-Tuve que hacerlo, don Manuel -dijo Cristina.

»- ¡Cállese, por favor! ¿No comprende que ni siquiera puedo asumir mis propias contradicciones? ¿Por qué ha venido a desahogarse conmigo?

»-De pronto me sorprendí necesitando su comprensión -dijo Cristina-. Le aseguro que hace unas horas, esta misma mañana, no sospechaba que ahora me encontraría aquí. Conozco a personas de las que habría recibido el consuelo que ellas mismas necesitan recibir de otro. ¿Sabe por qué lo elegí a usted? Porque no le entiendo. Sé de usted no más que de cualquier vecino de Getxo. ¿Recuerda en cuántas ocasiones nos hemos cruzado en alguna calle o camino a lo largo de los años? ¿No? Yo sí: en cuatro. Y lo recuerdo a usted por su aire de infelicidad. Usted lee libros, y aquí pocos leen, yo tampoco. A usted se le tiene por un buen nacionalista vasco. Usted piensa. Su expresión amarga le viene de que piensa. Yo necesitaba el consuelo de alguien que fuera nacionalista vasco, leyera, pensara y tuviera cara triste… Y no se preocupe por mí: puede lanzarme la más dura de sus críticas. Porque dentro de media hora ya habré olvidado este encuentro. Lo habré olvidado definitivamente. Y usted lo sabe. He venido a usted, pero nunca más se repetirá.

»-Será como si no hubiera venido.

»-Pero ya es tarde para marcharme sin sus palabras de comprensión -dijo Cristina.

»- ¿Por qué no recurre, como hasta ahora, a las propias? Olvídese de que ha tenido este descuido.

»-Eso ocurrirá cuando me vaya. Aún no ha transcurrido la media hora -dijo Cristina.

»-Le advertí que ni siquiera yo tengo asumidas mis propias contradicciones… ¿Cómo espera que justifique las suyas? Además, lo que está en juego es algo tan innoble como el poder.

»-Tenía que hacerlo -dijo Cristina.

»-Tenía que hacerlo… Eso es lo malo, que tenía que hacerlo.

»-Al menos. Dios mío, maldígame.» Me contó don Manuel que lo vio por primera vez la mañana de un domingo, a sus diecisiete años, es decir, en 1910; es decir, al poco de su regreso de Ceilán, posiblemente el mismo día. Porque la imagen que siempre conservaría de él fue la de un hombre con la mirada devoradora de los que regresan y un aire desmayado en el resto del cuerpo. Vestía atuendo hindú, una túnica blanca que era un estallido, y tan descuidada que producía igualmente la impresión de acabar de salvarse de un naufragio. E iba descalzo. Por añadidura, le acompañaba su hermano. Y, bueno, decía don Manuel que aquello fue como tener ante los ojos la portada de un libro, todavía sin abrir, prometiéndonos una historia que resultaría ser exactamente la que anunciaba la cubierta.

Allí estaban los dos hermanos -parece que a su llegada Moisés sólo buscó a Josafat y que don Manuel los vio después de que hubieran pasado por Altubena a pedir la mano de Andrea, casada con Anselmo Delatorre más de un año antes-, muy juntos, el brazo de Josafat rozando el de Moisés, como queriendo convencerse de que le había recuperado, sin apartar los ojos de él, de modo que era Moisés quien guiaba los pasos de ambos. Josafat hablaba y el otro se limitaba a responder con monosílabos, e incluso esto daba la impresión de constituir un exceso por su parte, pues toda su vida se concentraba en sus ojos afiebrados que parecían perseguir ansiosamente algo en el horizonte.

Entonces nadie lo podía saber, pero la aparición de Moisés y de Josafat en 1910 en las calles de Algorta fue, sí, como la proyección de la primera escena de un inacabable drama que el pueblo contemplaría a lo largo de los veinte años siguientes: los dos hermanos viajando de aquí para allá, no sólo por Getxo sino por todo el país, en pos de lo imposible, aquel sueño a que finalmente quedaron reducidas -o sublimadas- sus existencias. Y si aquella escena fue la primera de la película, la que nos daría noticia fiel de su argumento fue la que se desarrolló inmediatamente en el portalón de Altubena.

– Regresó con la idea fija de reanudar el discurso sobre su amor. Suponiendo que recordara su propia ausencia de seis años -le decía yo a don Manuel.

– Sólo quiso saber si ella le había esperado. En realidad, no se atrevería a esperar de ella…

– No, partía de cero. Para él, nada había ocurrido desde la última vez que la vio. Acudió como si se hubiera despedido de ella el domingo anterior.

Se supo que no se presentaron directamente en el caserío; antes desaparecieron en el cañaveral del riachuelo. Y cuando alguien contaba el episodio se ahorraba el puntualizar que ocurrió en domingo, porque nadie olvidaba que, durante su noviazgo, aquel cañaveral era el punto de encuentro de los domingos de Moisés Baskardo y Andrea Altube. Mi familia los vio, supo que estaban allí, y no pudo realizar un solo trabajo en las dos horas siguientes, preguntándose qué buscaban. La razón sería Andrea, pero ¿qué más? Desde hacía más de un año ella no vivía en Altubena, aunque, por ser domingo, estaba allí de visita con su pequeña Roleta, de meses. Y estaba encinta de Calixto y León, los gemelos, que ya abultaban lo suyo. Andrea quiso huir, pero no era fácil abandonar el caserío sin ser vista por los del cañaveral, a no ser saltando por una ventana lateral, y ella no estaba para esos trotes.