Al cabo, los vieron salir y acercarse subiendo el sendero entre los maizales de agosto. El abuelo y el padre metieron a las mujeres en casa y se enfrentaron a ellos en el portalón.
– Buenos días -dijo Moisés.
– Buenos -dijo el abuelo.
– Cuando les explique a qué vengo comprenderán mi atrevimiento y me perdonarán -dijo Moisés.
A pesar de su actitud respetuosa, algo había en su expresión que no encajaba en el momento, cierto fuego interior que implantaba una alarma en lo que tenía que haber sido nada más que un encuentro apenas incómodo.
– Acaso haya sido mejor que Andrea no acudiera a nuestra cita en el cañaveral, pues así la novia no está presente.
El abuelo y el padre le miraban sin entender nada, aunque tampoco tomaban la iniciativa; simplemente, le soltaban estacha a ver en qué acababa aquello. Coincidirían ambos después en que bien pudo no existir la palabra novia, que ellos hubieran oído mal.
– Vengo a pedirles la mano de Andrea. Ella ya me aceptó hace mucho tiempo -soltó Moisés.
El asombro del abuelo y del padre se vio desbordado por la cara de mármol que se le quedó a Josafat. «¿Qué?», gritó Josafat, y contarían el abuelo y el padre que las piernas no le sostenían y que fue el único sonido que logró pronunciar durante el tiempo que permanecieron en Altubena los dos hermanos.
– ¿Qué me contestan ustedes? -preguntó Moisés. Su tono era muy seguro. Saltaba a la vista su convencimiento de la acogida favorable que merecería su petición-. ¿Por qué no me contestan? ¿Es que hubiera tenido que venir también mi madre? ¿Siempre han de hacerse así estas cosas? A fin de cuentas, yo soy el que se casa con Andrea. Siento como si llevara años sin verla.
No hay duda de que fue sincero. ¿Cómo no iba a sentir que llevaba años sin verla si llevaba años sin verla? Si lo sentía así es porque no creía en esos años de ausencia, no existieron. «Regresó loco», exponía yo. Y don Manueclass="underline" «Me nombraste el amor. Amaba a Andrea. La amaba por encima de todas las cosas. Por encima, incluso, de las frases. Parece mentira que seamos de una misma tierra y no acabes de entender esto. Lo nuestro no puede ser explicado con palabras». Y yo: «Tampoco la fe o la locura. Él estaba loco. Siento como si llevara años sin verla no tiene más que una interpretación». «Sencillamente, Asier, la amaba. ¿Acaso tu generación ha perdido los valores? ¿Puedes entender todavía lo que es un gran amor?» Al reponerse del susto, el abuelo y el padre le dijeron (no importa quién de ellos hablara e incluso que hablaran los dos): «Ha pasado un año desde que Andrea se casó». Moisés movió la cabeza, sonrió y dijo: «¿Cómo iba a olvidar mi boda con Andrea?». Los míos habrían tomado todo aquello como una imperdonable broma de no tener a la vista el rostro atónito de Josafat. «Que salga, sácala», ordenó entonces el abuelo al padre. Y mi padre entró y tardó en salir con Andrea y con la abuela y la madre detrás de ambas. La madre estaba encinta de mi hermano Esteban y llevaba de la mano a mi otro hermano, Marcos, de dos años. No le resultó fácil al padre convencer a Andrea para que se dejara conducir al portalón, en el que apareció con los ojos enrojecidos. Moisés no vio -o no quiso ver- ni la criatura en brazos de su novia ni su montañosa preñez; pronunció «Andrea» con una dulzura que conmovió a todos y fue hasta ella, la tomó por los hombros y la miró, pero no encontró la otra mirada. No obstante, la abrazó por encima de la criatura, en un gesto tan absurdo y aparatoso que dejó un sabor de boca casi insoportable.
– ¿Qué hace usted? -exclamó la abuela, y lo apartó, metiéndose pesadamente entre los dos cuerpos. Hubo en su desplazamiento, en su expresión y, sobre todo, en su voz la punzante carga de dramatismo que suelen implantar las mujeres en situaciones aún sin definir.
– Lléveselo usted -dijo el padre a Josafat. Y Josafat miró a todos con cara de alelado y el padre hubo de repetir-: Lléveselo usted -para que Josafat se acercara a Moisés y le tomara del brazo.
– Ella no ha cambiado nada, ¿verdad, Jaso? -dijo Moisés.
– Tenemos que irnos -dijo Josafat.
– Siento como si no la hubiera hablado en años -dijo Moisés.
– Tenemos que irnos -dijo Josafat.
– ¿Por qué tenemos que irnos? -exclamó Moisés. Miró en rededor y algo percibiría, pues añadió-: Lo he hecho mal. ¿Cómo me he atrevido a saltarme nuestras costumbres? Jaso, ¿por qué no me recordaste cómo debe ser una petición de mano? -Volvió a tomar a Andrea por los hombros y esta vez ni siquiera la abuela acertó a moverse-. Al menos, Andrea, ya sabes lo que he venido a pedirles a los tuyos. Volveré, pero con ama. -Al retirarse, se detuvo ante la abuela-. He estado irrespetuoso. Perdóneme usted -concluyó.
El principio, pues, del escándalo sin fin de los sucesivos escándalos. Fueron cinco los más sonados: en 1910, 1922, 1930, 1936 y 1955. Por no mencionar la primera petición de mano, la que no se produjo, la de 1904, a la que le correspondía haber sido la más acabada (nada estaba pervertido aún) y la que pudo servir de modelo a todas las demás; en ella no hubo ocasión para el no; digamos, el no oficial, puesto que tampoco respetó las normas, no hubo una madre -o unos padres- recibiendo el no de la otra madre -o de los otros padres-, ni siquiera un miembro de la familia peticionaria se personó en el hogar de la novia para cumplir, al menos, con algo parecido a un formulismo. La presencia anticipada de Cristina en Altubena fue para todo lo contrario. Además, el no que recibió Moisés no procedió de los padres de la novia sino de la propia Andrea, y ni siquiera en el escenario debido. De modo que jamás existió un modelo que marcara alguna pauta; no se trató de una ceremonia deficiente: simplemente, no hubo ceremonia. Y fue como si quedara algo pendiente y las posteriores apariciones de Moisés en Altubena a lo largo de los siguientes cincuenta años sólo buscaran una legalización de la fatalidad, el no emanando de una ceremonia como Dios manda.
Y siempre su hermano junto a él, no como simple acompañante sino participando de la misma locura; no de la locura de Moisés sino de la que él mismo padecía. Porque eran dos locuras en una, o una misma para ambos, con la única diferencia de sus manifestaciones, y aun éstas tenían una inspiración tan idéntica que el mejor criterio llegaría a ser el de admitirlas como una sola. Pues si Moisés perseguía a la Andrea eterna, Josafat perseguía a la modelo de aquel cuadro del pintor Aurken que era, también, eterna. Dos eternidades, dos sueños, pero una misma demencia. Dos -una- incesantes, ridículas y patéticas persecuciones durante más de medio siglo: Moisés y Josafat visitando Altubena cada cierto tiempo para pedir a Andrea en matrimonio y, en las pausas, acechando a la Andrea de turno en crecimiento, en espera de que alcanzara la edad debida y entonces provocar en el portalón de Altubena el siguiente escándalo; pasando inadvertidamente de una generación a otra, de una Andrea a otra (aunque no siempre Andrea se llamaría Andrea: en 1910 y 1922 no sólo se llamaron así sino que en las dos ocasiones fue la misma; pero en 1930 su nombre ya era María Antonia, su hija; y en 1936 Mirena, su nieta; y en 1955 otra nieta, de nombre otra vez Andrea), un movimiento caleidoscópico cerrado sobre sí mismo; ni siquiera dos trayectorias paralelas en ciego avance sin la más mínima esperanza de encontrarse, sino una dispersión, un irremediable alejamiento sin retorno, el fracaso absoluto del delirio del loco, pues mientras Moisés mantenía estancada a Andrea en sus veinte años, no utilizaba consigo mismo ninguna fórmula contra el tiempo, ni siquiera la única conocida, es decir, la reproducción de la especie: el mismo conjunto de células envejeciendo al paso de las generaciones, aceptando las primeras arrugas, la erosión de los dientes, la aparición de la primera cana, la flojedad de las rodillas, el vencimiento de la espalda, el debilitamiento de los ojos, la agonía del corazón…