Pero ni siquiera Cristina se encontraba en el mejor de los casos; me refiero a que ni a ella le quedaba la memoria, el recuerdo, el dolor por lo perdido: se limitaba a defender lo único que había heredado y conocía. Había dejado de existir el viejo pueblo de los hombres de la madera, ocupando su lugar el nuevo pueblo de los hombres del hierro, más virulentos que nunca por presentir que, al cabo de tantos milenios de predestinación, se hallaba próxima la edad de su apoteosis. Hombres como Camilo Baskardo se habían quedado sin enemigo, de modo que hubo que reinventar una caricatura del perdido mundo de los hombres de la madera para tratar de frenar a los hombres del hierro. Fue la misión de Sabino Arana. Una cruzada, dirigida más contra algo que por algo; tan cargada de fe como todo nacionalismo acosado. Decía don Manueclass="underline" «Pero teníamos, tenemos derecho a defender lo nuestro, lo vasco». Y yo: «Lo poco o nada que queda de ello, y usted sabe a lo que me refiero». «Pero, ¡Dios mío!, aquello existió. Y si ahora lo queremos desenterrar…» Yo le cortaba: «Posiblemente sólo usted lo podría hacer, por haber recibido de aquel rebaño la revelación de cómo fue antes todo esto. Usted y los de Sugarkea, que siguen viviendo en lo de antes y, por tanto, no necesitan desenterrar nada». «¡Queremos salvar lo salvable!» «¿Ese triste residuo?» Y él se encendía: «¿Por qué te ensañas, si todos los pueblos del mundo han perdido lo mismo que nosotros?». «¿Acaso lo saben?» «Tampoco lo sabe nuestro pueblo.» «Pero usted sí lo sabe. Usted sabe que los suyos luchan por casi nada. Su último pecado fue la matanza de aquel rebaño de llamas.» «Pecadores o no, necesitamos salvar lo salvable.» «Ni siquiera eso. Su conflicto es el de los viejos pueblos que no saben evolucionar, que aceptan lo nuevo sin dejar de pregonar que pertenecen a lo viejo. Es jugar a dos barajas, engañarse con una coartada. Todos ustedes se inventan a sí mismos, Cristina se inventa a sí misma, cuando la verdad es que son ya hombres del hierro. ¿Tanto les cuesta desprenderse de esa fe? Cristina tuvo conciencia de su felonía. ¿Por qué, si no, le buscó a usted para pedirle perdón?» Sus diarios desplazamientos a Bilbao comenzaron hacia 1904. Getxo la veía pasar muy de mañana en su birlocho tirado por un caballo y el cochero de polainas rojas al pescante, y al principio se preguntó qué compras del demonio tendría que hacer tan temprano y con esa frecuencia; y si no eran compras sino visitas, aún resultaba menos explicable. Oía la misa de ocho de don Eulogio en San Baskardo y a las ocho y media ya rebasaba La Venta en dirección a Bilbao. «Ahí va la marquesa a barrer las calles de la capital», o cosas parecidas, decían las gentes. Hasta que se cayó en la cuenta de que ahora la familia disponía de dos birlochos. La culpa de que se tardara tanto en descubrirlo fue de Camilo, quien, al parecer, evitaba que su birlocho coincidiera en sus viajes con el de ella, y lo consiguió durante varias semanas. Habría cambiado de misa de haber sido su costumbre oír la de don Eulogio; tampoco tuvo que cambiar de iglesia, pues ya en la última década del siglo acudía a la de San Ignacio, en Algorta, huyendo de aquel cura que había hecho causa común con su esposa. Con el tiempo, el pueblo empezó a contrastar las noticias de quienes habían visto el birlocho de los Baskardo-Oiaindia a la puerta de San Ignacio con los que lo habían visto, a la misma hora, en San Baskardo; o las de quienes lo habían visto camino de Bilbao a las 8:45, con Cristina dentro, con los que lo habían visto, camino de Bilbao, a las 8:55, con Camilo. La gente se tomó en serio el asunto y, al fin, no necesitó ver juntos los dos birlochos para establecer la duplicidad. «Coño», dijeron, «ya no se aguantan ni dentro del mismo txintxorro.» Pero, exprimida la anécdota, quedaba la cuestión principaclass="underline" ¿por qué dos birlochos? El único existente hasta entonces era de uso casi exclusivo de Camilo, muy pocas veces lo necesitaba Cristina, sólo para ir a misa los domingos -el resto de la semana iba a pie- con toda la familia, incluido su esposo, o realizar algún viaje excepcional; era una vasca de su etxe, sus ocupaciones se centraban en el hogar. En cambio, él era un voraz trotamundos de la geografía local, viajes breves pero intensos, no dando tregua al birlocho desde primera hora de cada jornada laboral, pasando de uno a otro despacho de su poder para tomar decisiones que revulsionaban la vida de su pueblo. En muchos años la familia no necesitó dos birlochos. Saltaba a la vista que el cambio lo había traído Cristina. «Es ella la que ha traído el segundo birlocho», concluyó la gente.
Cuando Getxo descubrió esto se preguntó por las razones que la llevaban diariamente a Bilbao. Se descartó la de un amante (no habría sido descabellado a sus cuarenta y siete años, o quizá por ellos; más de uno aprovechó la oportunidad para comentar por qué había esperado tanto padeciendo un matrimonio como el suyo), por no vérsela en ese papel. Se empezó a sospechar la verdad cuando se celebraron en su casa las primeras reuniones industriales, a las que acudían prohombres del mundo nacionalista e ingenieros ingleses, la fusión dinero-técnica que tan buenos resultados estaba" dando en las últimas décadas. Cónclaves así no eran ajenos a aquella casa, pero hasta entonces sólo auspiciados por Camilo. El pueblo entendió pronto que la marquesa se estaba saliendo del tiesto.
El segundo birlocho, pues, delatando algo más que un capricho: un reto, un duelo, una rebelión y el estreno de un comportamiento insólito -en nuestra tierra en aquel tiempo- en una mujer, por muy marquesa que fuera. Al cabo de varios meses del descubrimiento de los dos birlochos, hubo la certidumbre de que, al menos, sus horarios eran compatibles, tanto a la ida como a la vuelta. Además, los marqueses habían cuidado siempre de ofrecer a Getxo una imagen de familia unida yendo toda junta a misa los domingos en el primer birlocho. La aparición del segundo sólo podía ser reflejo de una guerra abierta. Porque con frecuencia -especialmente, en el viaje de ida- los vehículos se encontraban y a veces habrían chocado de no mediar la pericia de sus respectivos cocheros, pues los esposos no desviaban un ápice sus miradas, dirigidas al frente como inmovilizadas por pernos. De modo que vino a recaer sobre los cocheros la responsabilidad no sólo de desviarse de la catastrófica línea recta que les marcaban inapelables los ojos a sus espaldas, sino también de simular que no se habían visto entre sí. Igualmente, en tales ocasiones los cocheros no se saludaban, aunque lo habían hecho poco antes en el jardín mientras esperaban a sus señores dando el último lustre a los metales. Sólo en los dos o tres primeros encuentros hubo vacilaciones por su parte, cuando aún no habían establecido las normas por las que se regirían en lo sucesivo; y las acordarían sin palabras ni, posiblemente, sin miradas ni gestos, extrayéndolas de las propias exigencias de la situación; ensayándolas unilateralmente, sin atreverse siquiera a comprobar si coincidían con las normas del otro, pero sabiendo que sería así. Se vieron tan atrapados por la novedad de la comedia que se contagiaron de la particularidad de sus protagonistas, llevando su celo más allá de su obligación de simples cocheros.