– Estaban asustados -oí comentar alguna vez a don Manuel-. Se veían en el centro de un drama que desbordaba la vulgaridad de unos simples esposos irreconciliables.
– ¿Estamos pensando usted y yo en el mismo drama? -le dije yo.
– ¿Puede pensarse en otro que no sea el de aquella mujer lanzándose como una walkiria a la defensa de su pueblo?
– El mío es un drama dentro de otro drama. Es un drama por el que alguien tuvo que pedir perdón a alguien.
Cristina y Camilo anegaban su casona de una atmósfera irrespirable, a pesar de ellos mismos; se trataba de encubrir con malos parches -como el de mostrarse la familia unida en la misa del domingo- la verdad de su profunda ruptura; y lo hacían, en gran parte, por las lenguas de la servidumbre, y ésta, la servidumbre, sabía que era así, como también que se esperaba de ella que chismorreara. Pero estos convencionalismos saltaban por los aires en la carretera al encontrarse los birlochos, al desentenderse los señores de sus mirones, despreciando incluso a sus cocheros, instalándoles abruptamente en una situación insoportable y sobre todo nunca imaginada. Porque una cosa era poner a caldo a unos amos que incitaban a ello intentando ocultarles la verdad -o jugando a ese juego-, y otra recibir de pronto de esos amos una confianza tan extrema que hasta desnudaban crudamente ante ellos sus miserias, y una actitud así era capaz de transformar de raíz a los desprevenidos. En el primer estupor, los cocheros clausurarían sus lenguas y se sentirían orgullosos de sí mismos, sin saber exactamente por qué. No intercambiarían un solo comentario, asombrándoles el poco esfuerzo que les costó conseguirlo. Es posible que esa satisfacción personal la disfrutaran ya con lucidez a partir de las preguntas lacerantes de los otros servidores de la casona acerca del comportamiento de los birlochos, y cuando los cocheros descubrieran el desconocido placer de callar.
Pero sólo era una parte. Luego vino el descubrimiento de que los señores se les habían entregado sin condiciones, que eran ahora como niños desvalidos a los que era preciso salvar de su propia ciénaga, que esperaban de sus cocheros un lubricante que hiciera mínimamente viable la colisión entre los dos orgullos, algo así como una ley de tráfico para birlochos. No se trató de servilismo sino de piedad. El pueblo se preguntaba en qué momento de cada jornada empezarían los cocheros a aplicar su normativa, si al emprender el viaje o esperarían al encuentro -que no siempre se producía- en la carretera, y finalmente se inclinó por esta opción, dado que los birlochos tomaban rutas diferentes ya ante la misma puerta exterior de la finca (el de Cristina, hacia la iglesia de San Baskardo, y el de Camilo, hacia la de San Ignacio), de modo que lo que ocurriera antes importaba poco por ocurrir en el jardín, pertenecía al régimen interior de la casa, es decir, a la servidumbre en general y no sólo a los cocheros. La responsabilidad de éstos se ponía en marcha al término de la misa, o incluso minutos antes, cuando debían hacer cálculos acerca de la velocidad laboral de los oficiantes, para averiguar en cuánto tiempo concluía su misa cada uno y el respectivo birlocho tomaba la salida. Don Eulogio del Pesebre solía ser el más lento, excepto si había cambio de cura en San Ignacio y al viejo le daba aquel día por madrugar y relevaba al joven y su misa se prolongaba aún más que la de San Baskardo. Así, pues, resultaba posible saber con cierta antelación qué birlocho alcanzaría el primero la carretera general, o cuándo confluirían en ella casi al mismo tiempo, incluso tan al mismo tiempo que se rozaban los morros de los caballos. Era, claro, una incitación a las apuestas, y durante varios años las mañanas contaron con un motivo de excitante evasión que aliviaba un poco el comienzo dramático de cada jornada de trabajo. Siempre había algún vecino que pasaba por allí y podía hacer de juez ocasional. Las apuestas para cada carrera empezaban a cruzarse la víspera ante los mostradores de poteo, y se cerraban cuando las dos misas iban por los ofertorios, o sólo la más retrasada, dando entonces pie a las ventajas.
Durante algún tiempo, las gentes no cayeron en la cuenta de que el desenlace de la carrera se producía ya en el mismo Getxo, que sobraban los restantes trece kilómetros hasta Bilbao; se producía cuando el primer birlocho, o los dos, pisaba la carretera general; el ganador en Getxo -siempre lo había: incluso en una competición o guerra o destrucción o lo que fuera como aquélla, imperaba la lógica- lo sería igualmente en Bilbao; el birlocho que tomaba la cabeza no la perdía hasta el final, y se empezó a sospechar la verdad al advertir que ni siquiera había de esforzarse para ello. Algún tiempo más de observación reveló la existencia de aquella ley de tráfico que se sacaron de la manga los dos cocheros, por la que no sólo no se adelantaban jamás el uno al otro sino que mantenían una distancia constante de los vehículos a lo largo de todo el viaje, imponiendo algo así como una tierra de nadie o una garantía de incontaminación. La chispa que convertía cada centímetro de la carrera en materia apostable era la ocasional detención del birlocho que iba en cabeza -era indistinto que fuera el de la marquesa o el del marqués-, bien para cruzar unas palabras con alguien o para resolver cualquier gestión; o la no menos ocasional desviación por una ruta secundaria para lo mismo. Estos imprevistos proporcionaban a las apuestas un incentivo adicional.
Hasta que un día el birlocho de la marquesa apareció ocupado por dos viajeros. Fue hacia 1906, es decir, dos años después del comienzo de sus viajes. Resultó un alivio ver a Román sentado junto a su suegra, suavizando la imagen de una mujer metida en cosas de hombres. Porque se tuvo la seguridad de que algo iba a cambiar. Antes de un año viajaba ya Román solo en el birlocho.
«Así está mejor», suspiró Getxo.
Quedó claro que Cristina había delegado en su hijo político la dirección de sus empresas: los altos hornos, el astillero, el banco, la naviera y las minas que ya poseía con otros nacionalistas; si no la dirección, al menos su representación. Sus socios también se tranquilizarían viendo que así terminaba su salida del tiesto. Al fin, pues, la propia Cristina lo comprendió, supo que no sólo su esposo le acusaba de vestir pantalones, y recurrió a Román. No disponía de otro hombre en la familia: Josafat no sólo era, cuando menos, incompetente, sino que había desertado de ella y abrazado la causa del padre; y Moisés -en quien, sin duda, tanto el padre como la madre depositaron durante años sus esperanzas- vivía su destierro en Ceilán. Román vino a solucionarle a Cristina su problema. Aunque sólo a última hora se acordaría de él, la verdad es que resultó un camuflaje para su pecado de industrialización, como decía don Manuel; la cortina de humo que trata de ocultar lo que salta a la vista, o siquiera nublar los contornos de la contradicción, y así pudo parecer que, al final, quedaba a salvo lo único que importaba. Me refiero a que sobre los hombros de Román Pérez de Angulema, «el Roto», el maketo, cayó justicieramente el estigma de aquel nuevo atentado a nuestra tierra, esta vez traído de la mano de una ostentadora de la pureza vasca, dando opción, a quien necesitara eximirla de pecado, a que lo hiciese.
– Quieres decir que fue como si cada cosa retornara a su sitio en nuestra repisa, ¿no? -decía don Manuel.
– Así sería, en el supuesto de que ninguno de ustedes ignorara la verdad, quién estaba detrás del pelele. Y entonces, ¿cómo…?